El blues de Terrance
Si le restás las pérdidas menores, vos también podés volver a tu infancia: el pizarrón con cruces de tiza, el anillo en el dedo del pie de la maestra de matemática. Podés ser el chico negro que ni a las dientudas de la clase les caía bien: la cajita de fósforos, estos huesos en su máquina de ritmos, este dedo gordo gastado y alisado como la panza de una pala. Pum. Pum. Pum. Todo lo que agarro echa raíces. Me acuerdo de cómo era el mundo antes de escuchar la marea montar la orilla hasta dejarla lisa, y la letra de esa canción que preguntaba: “¿Cuánto hace que tenés cerrada la puerta?”. Me acuerdo de una liga enroscada como una víbora alrededor de un muslo a la sombra de un vestido de novia antes que la tiraran a la parte más azul de la noche. Imaginate si no fueras más que una canción en un parlante roto. Imaginate que tuvieras que secarle el sudor de la frente a una mujer muy recta, pero sólo tuvieras un trapo sucio. Por eso el blues jamás puede pasar de moda: ese olor medio a podrido, las octavas inyectadas en sangre y su aire de importancia; por eso cuando oís su llamado, nene, estás en problemas. Especialmente si te encanta, como me encanta a mí caer a la tierra. Especialmente si sos un globo un poco tirante y un poco desinflado. Me encanta mirar el cielo no arrepentirse de nada, sólo de sí mismo, aunque sólo mi amante sepa que es así, y sólo después haberme visto sentarme a contemplar lo que hay más allá del paraíso. Me encanta la palabra “No” por su prudencia, pero me gusta todavía más el romántico que se entrega al sexo en una casa en llamas. Por eso no hay nada más romántico que hincarle el diente al músculo. No hay nada más romántico que la falta que a veces sabe hacer un buen amor. Por eso estoy tan solo, Nena, solo y triste.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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