
(Los borrachos van al cielo)
Terrible Juan: vos fuiste el no-maestro
que me enseñó que lo eterno es lo puro
y ahora ya no me importa aquel oscuro
escondrijo en lo triste y el ancestro
que en el fin de tu noche puso un muro
para desesperarte pero juro
que Gardel supo amar el vino nuestro
porque nos hermanamos enseguida
y me abrigaste la frágil frescura
desde que mi dolor entró en tu herida
y hoy te agradezco aquella pateadura
que me ligué por perseguir la altura.
Aquel desprecio me humildó la vida.
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