Hechicerías

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1
Que no me falten las ganas ni la fuerza
para cortar tus pies.
Que ate el manto de la noche
con un nudo de sombras.
Y te quedes adentro.
Que festeje la esclavitud de tus labios.
Que celebre el silencio de tu voz.
Así como tiembles no volverás a hacerlo.
Las manos en las manos.
Mi pecho sobre el tuyo.
Y la fusión fantasma para comer tu espíritu.
Quizás adviertas
que un goce semejante no lo has sentido nunca.
Cuando me haya hecho humo de madrugada,
recordarás apenas,
como los peces ciegos
entre los arrecifes.
Yo escribiré la historia.
Serás Nadie.
2
Claro que no me conociste en un día de sol.
Por supuesto que estabas distraído.
Obviamente no viste la mirada cazadora.
Cada frase del libro era un anzuelo
y vos te lo tragabas.
Yo, mientras tanto,
miraba a través de tus órganos
el polvo de tus huesos.
Le pasaba la lengua.
Dijiste “Ella no habla”.
Y no.
Está mordiendo lo que va a destellar.
Está masticando lo que va a crecer.
A esto te lo hice con la sonrisa viva.
3
Viniste a mí sin soltarme los ojos.
Yo cabalgaba una ola
revolcada de arena y malos pensamientos.
Sobre el acantilado,
un nido minúsculo era tu alma.
Quería alcanzarla en el oleaje.
Fui llegando a la cima.
Las fuerzas naturales desconocen la pena.
El pecado también.
Desde entonces te fue dada la sabiduría.
Lo demás ya me pertenece.
Soy tu ama ahora.
Llamáme Wanda.
4
Habrías cruzado la galaxia para venir a verme.
Suplicaste.
Buscabas en mi sexo
las semillas que te dieron origen.
¿Por qué iba a devolvértelas?
En vez de eso
dejé que te durmieras sobre un vidrio opaco.
Yo velaba
igual que un puma sobre una gacela muerta.
Metí la mano al río de tus sueños.
Cada sensación volcada al libro.
¿Lo leíste?
¿Cruzó por tu mirada un signo de interrogación?
No había secreto que pudieras guardarme.
Al despertar, hablabas una lengua extranjera.
6
Cuántos años caminaste esta tierra
sin saber qué eras,
de dónde viene el tedio,
de qué tan lejos un domingo a las seis de la tarde.
Te habías alistado en la vida de todos.
Eso fue antes de que pisaras la trampera.
Donde hubo un cielo sin sentido,
el mismo sol quemándose,
la misma luna tornadiza,
ahora hay un par de ojos
que miran a través de tu carne.
Una boca que habla y dice lo que ve.
Hay signos desperdigados en tus células
que todavía permanecen ilegibles,
por eso los quemo con un clavo.
No habrá alivio.
Ni en la hoguera, ni en la lluvia.
No me sigas.
Tengo el paso ligero.
Los siervos que me escoltan van borrando mis huellas.
Cuando los suelto, son cáscara vacía.
16
Tu peso sobre el mío
como una plaga a punto de ser vencida.
No es amor.
Sólo ganas de hundirse.
Un celo salvaje es mejor que una droga.
No quedan ni vestigios de una vida trivial
¿Escuchás a los lobos?
Te están llamando desde sus piedras huérfanas
…
Lidia Rocha nació en Trenque Lauquen, provincia de Buenos Aires. Publicó en poesía: Aves migratorias en 2006, Roma en 2010, Así la vida de nuestra primavera, en 2016, y Soltar la casa, en 2020. En ensayo El lenguaje del amor en la poesía de San Juan de la Cruz. Realizó el ciclo Poesía en el Living de Recoleta. Realiza con Gerardo Curiá, el encuentro literario Literatura Viva y el programa de radio Moebius. Coordina talleres literarios. Los poemas publicados pertenecen a su reciente libro Hechicerías (Sigamos enamorada, 2024).
(Fuente: Música Rara)
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