Tres poemas de
Cartas de cumpleaños,
Traducción de Luis Antonio de Villena
Becarios Fulbright
¿Dónde era, en el Strand? Una muestra
de noticias varias, con fotografías.
Por alguna razón la vi.
Había una foto tomada ese año
de los Becarios Fulbright. Recién llegados
o ya aquí. O de algunos de ellos.
¿Estabas entre ellos tú? La fui mirando,
no demasiado aprisa, divagando
sobre a quienes podría llegar a conocer.
Recuerdo ese pensamiento. No
tu cara. Sin duda escudriñé especialmente
a las chicas. Acaso me percaté de ti.
Quizás te sopesé. Sin sentimientos.
Me di cuenta de tu pelo largo, ondulado y suelto.
El tupé a lo Veronica Lake. No te escondía. Resaltaba lo rubio. Y tu sonrisita.
Tu exagerada sonrisa americana
ante las cámaras, los jueces, los amedrentados, los extraños...
Luego olvidé. Pero aún recuerdo
la foto: los becarios Fulbright.
¿Con equipaje? Seguro que no.
¿Vendrían en equipo? Fui andando
con los pies cansados, con sol caliente y adoquines calientes.
¿Compré el melocotón entonces? Me acuerdo de eso.
En un puesto cerca de la Estación de Charing Cross.
Era el primer melocotón fresco que probaba.
Me costó darme cuenta de cuán delicioso era.
A mis veinticinco años estaba anonadado otra vez
ante mi ignorancia de las cosas más sencillas.
*
El búho
Vi mi mundo de nuevo a través de tus ojos
como lo volvería a ver a través de los ojos de tus hijos.
A través de tus ojos todo era extraño.
Los sencillos espinos eran peculiares alienígenas.
Un misterio de sabiduría y singularidad.
Cualquier cosa salvaje, con patas, brotaba
en tus ojos con el signo de la exclamación
como si hubiese aparecido entre los invitados
a cenar en medio de la mesa. Los ansares comunes
eran para ti artefactos con algo extraterrestre,
su cortejo una soporífera película
desembobinada por el río. Imposible
comprender la comodidad de sus patas
en el agua helada. Eras una cámara
grabando reflejos que no podías profundizar.
Hice mi mundo se rindiera al máximo a ti.
Tú lo tomaste con una incrédula alegría
como la madre cuando recibe el nuevo bebé
de manos de la comadrona. Tu frenesí me aturdió.
Despertó mi extática y estúpida infancia
de quince años atrás. Mi obra maestra
llegó aquella noche negra en la carretera de Grantchester.
Imité el sonido delgado y ronco de un conejo
con los nudillos mojados, al lado de un arbusto
donde un búho pardo andaba indagando.
De repente apareció volando, sus alas extendidas
sobre mi rostro. Me había confundido con un poste de telégrafos.
*
Ouija
Malas noticias siempre en la Ouija.
Deletreamos el alfabeto, decoramos el circo
de tu mesa de café con letras.
Dos metas: «Sí», a un extremo. «No», al otro.
Entonces nos inclinamos, nuestros dedos corazón
reclinados sobre el vaso puesto del revés. La frivolidad
haciéndose oscura para convertirse en solemne aprensión.
Respetuosamente convocamos a un espíritu.
Fue tan fácil como pescar anguilas
en la cálida oscuridad del verano. Apenas un minuto
y el vaso comenzó a husmear las letras, dando vueltas pensativamente. Al fin, «Sí».
Algo había allí. Un espíritu se ofreció a ser nombrado.
Ella elaboró su nombre con empujoncitos. Y estaba
desesperada, deprimida, patética. Inventó
respuestas macabras y sombrías. Cada respuesta
era putrefacción o gusanos o sencillamente huesos.
Quedó un peculiar sentido de culpa. Un sucio
sentimiento de peligro, la sensación
de que harían falta días para limpiarnos
de la polución. Algún oculto carterista
había hecho un corte en la seda del alma y nos la había manoseado.
Pero lo explicamos fácilmente: alguien marginado
de otro sueño había encontrado el camino al vaso
y ese poder entonces se le subió a la cabeza.
Mucho mejor
que pescásemos una clarividencia desacreditada,
asumir que tarareamos en todas las frecuencias de la creación,
sincronizar la Ouija a las frecuencias
de la omnisciencia o de la profecía.
En caso de localizar al espíritu adecuado.
Una vez más nos inclinamos
sobre el borde de las letras y gritamos hacia abajo,
al pozo de la Ouija. Esta vez
anunciamos los requerimientos en tonos firmes,
y a medida que el vaso comenzó a merodear, repetimos
con claridad las cualificaciones pedidas.
De repente el vaso, en un silbante floreo,
casi fue arrancado de debajo de nuestros dedos hacia el «Sí».
Como si hubiésemos enganchado un pez justo en la superficie.
Este prometió tan sólo la verdad. Para demostrarlo
ofreció rellenar la quiniela de fútbol de esa semana
y hacer nuestra fortuna en sólo cinco minutos.
Eligió trece empates. «No son muchos».
«Los suficientes», replicó. Y tenía razón.
Pese a lo largo de la columna de partidos,
sus trece empates certeramente marcados,
el grupo entero quedaba a la deriva por un solo partido
pendiente de resultados futuros. «¿Demasiado afanoso?» «Sí».
Pidió disculpas. Juró que se corregiría.
Cinco días entonces de interno silencio de puntillas.
Por fin, al acecho, dispuestos a apuntar.
Y otra vez, entonces, sacó el número entero,
dieciocho, precisamente. Perfectamente adivinado
si no hubiera sido rajado
y en su deriva por dos grupos de sentido opuesto.
Dos delante, tres detrás ― cayó
a través de la red de seguridad que había preparado para sus errores.
La fiebre del juego le está empezando a poner nervioso.
Se toma demasiado interés en algunos equipos.
Busca ganadores y perdedores, y pierde
la solidaridad natural con la verdad.
Hay una lección en ello, pensé, observando
semana tras semana, su colapso con el azar
malbaratando esperanzas y fantasía, humano y ansioso.
Prefirió hablar de poesía. Hizo poemas.
Deletreó uno:
«No tendrá nombre.
La miríada de hijas
ocupándose de su imagen
lavando con lágrimas las laderas de la montaña
para satisfacer la sed de las resecas llanuras».
«¿Le parece un buen poema?»
pregunté. «Este poema», declaró,
«es un gran poema.» Su poeta preferido
era Shakespeare. Y su poema favorito El Rey Lear.
¿Y su verso favorito de El Rey Lear? ―«Nunca
nunca nunca nunca»― pero
no pudo recordar lo que venía después.
Nosotros lo recordamos, él no lo pudo recordar.
Cuando le presionamos, dio vueltas, confuso, entonces:
«¿Por qué me aturden siempre así?
Me cortaría el brazo a hachazos como una rama podrida
si me hubieran traicionado como mi memoria».
¿Dónde lo encontró? ¿O lo inventó acaso?
Era una broma rara. Le gustaban las bromas.
Pero normalmente era serio. Una vez, inclinados ambos, pregunté:
«¿Seremos famosos?», y tú apartaste la mano hacia arriba
como si alguien la hubiese agarrado desde abajo.
Destellaron tus lágrimas, tu cara estaba conturbada.
Tu voz se hendió, trueno y relámpagos juntos:
«¿Entregaros a la publicidad? ¿Es eso lo
que queréis? ¿Por qué queréis ser famosos?
No lo veis ― la fama lo arruinará todo».
Me quedé atónito. Pensé que me había unido
a tu asociación de la ambición para complacerte a ti y a tu madre,
para cumplir la ambición de tu madre
de que fuéramos ambiciosos. De otro modo
estaría en el oeste de Australia
pescando desde una roca. Así pareció de repente. Y lloraste.
Te negaste a seguir con la Ouija. Nada
de lo que pude pensar explicaría
tu extrañeza y tu llanto. Quizás,
tan sólo, que tú habías captado un susurro que yo no alcancé,
antes de que vuestro vaso se moviera, alguna quieta vocecita:
«Vendrá la Fama. Especialmente para ti la Fama.
La Fama no puede evitarse. Y cuando llegue
la habrás pagado con tu felicidad, con tu marido y con tu propia vida».
(Fuente: Eldesaguadero)

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