sábado, 8 de julio de 2023

Richard Aldington (Reino Unido, 1892 - Francia, 1962)

 

I n f a n c i a 
 
I

La amargura, la tristeza, la miseria de la infancia
extinguieron mi amor por dios.
No puedo creer en su bondad,
pero sí creo en muchos dioses vengadores.
Sobre todo, creo
en dioses de implacable monotonía,
crueles dioses locales
que marcaron mi infancia.
 
 
II
He visto a personas poner
una crisálida en una caja de fósforos,
“para ver”, me decían, “en qué tipo de mariposa nocturna se convertiría”.
Pero cuando rompía su cáscara
resbalaba, tropezaba y caía en su prisión,
intentaba trepar hacia la luz
en busca de espacio para secar sus alas.
Así era yo.
Alguien encontró mi crisálida
y la encerró en una cajita de fósforos.
Se golpearon mis alas marchitas,
sus colores se convirtieron en escamas grisáceas
antes de que abrieran la caja
y la mariposa pudiera volar.
Y para entonces ya era muy tarde,
porque la preciosidad que tiene un niño,
y las cosas buenas que aprende antes de nacer
cambiaron, así como cambiaron las escamas de la mariposa.
 
 
III
Odio esa ciudad;
odio la ciudad en la que vivía cuando era pequeño;
detesto pensar en ella.
Siempre había nubes, humo, lluvia
en ese sombrío y pequeño valle.
Llovía, siempre llovía.
Creo que nunca vi el sol hasta que cumplí nueve años—
y para entonces ya era muy tarde;
después de los primeros siete años, todo es demasiado tarde.
Esa calle larga en la que vivíamos
era tan opaca como una alcantarilla
y casi igual de sucia.
Estaban la universidad grande,
y el edificio pseudo-gótico de la municipalidad.
También estaban las miserables tiendas de provincia—
la tienda de abarrotes, y las tiendas para mujeres,
la tienda donde compraba los boletos para el bus,
y la tienda del piano y del gramófono,
en donde usualmente me quedaba parado
mirando fijamente los inmensos y brillantes pianos, y la imagen
de un perro blanco que miraba dentro de un gramófono.
¡Qué aburrido, mugriento, gris y sórdido era!
En días húmedos —siempre estaba húmedo—
me arrodillaba en una silla
y miraba desde la ventana.
Los sucios tranvías amarillos
se arrastraban ruidosamente
con un estrépito de ruedas y campanas,
y un zumbido de cables se escuchaba en lo alto.
Vomitaban la asquerosa agua de lluvia desde los rieles vacíos,
y luego el agua regresaba
llena de burbujas de espuma café.
No había nada más que ver
—todo era tan aburrido—
excepto por unas cuantas piernas grises bajo brillantes paraguas negros,
corriendo por el pavimento gris y reluciente;
a veces había una carreta,
y sus caballos, con los cascos, hacían un ruido fuerte, hueco y extraño
mientras llovía silenciosamente.
Y había un museo gris
lleno de pájaros muertos, insectos muertos y animales muertos,
y unas cuantas reliquias de los romanos —también muertos.
Había una costanera,
un largo paseo de asfalto con un inhóspito camino a su lado,
tres muelles, una fila de casas,
y un asqueroso olor a sal que provenía del puerto.
Yo era como una mariposa nocturna—
como una de esas mariposas emperador de color gris
que revolotean por las viñas en Capri.
Y esa maldita y pequeña ciudad era mi caja de fósforos,
dentro de la cual me golpeaba y me golpeaba
hasta que mis alas se desgarraron y se destiñeron, se marchitaron
como esa maldita ciudad.
 
 
IV
La escuela era tan aburrida como esa monótona calle principal.
Me enseñaron garabatos—
quería estar solo, aunque era muy pequeño,
solo, lejos de la lluvia, lo sombrío, lo monótono,
lejos, en otra parte—.
El pueblo era aburrido;
la costanera era aburrida;
la calle principal y las otras calles eran aburridas—
y recuerdo que estaba el parque,
el que también era horriblemente aburrido,
con sus camas de geranios que nadie podía coger,
y el césped cortado sobre el que no podías caminar,
y el estanque de peces de colores en el que no debías meterte,
y la reja hecha de los huesos de la mandíbula de una ballena,
y los columpios, que eran sólo para “niños de colegio privado”,
y sus senderos de piedrecilla.
Y los domingos tocaban las campanas
de las iglesias bautista, evangélica y católica.
tenían el ejército de salvación.
Me llevaron a una iglesia anglicana;
el apellido del párroco era Mowbray,
que “es un buen apellido, pero al que le da mucha importancia—”,
eso es lo que decía la gente.
Llevé un librito negro
a esa fría, gris, húmeda y apestosa iglesia,
y tuve que sentarme en un banco duro,
levantarme del banco y arrodillarme cuando cantaban salmos,
y levantarme y arrodillarme cuando rezaban—
y después no había nada que hacer,
excepto jugar a los trenes con los libros de cánticos.
No había nada que ver,
nada que hacer,
nada con que jugar,
a excepción de una pieza vacía en el segundo piso,
donde había una inmensa caja metálica
que contenía reproducciones de la carta magna,
de la declaración de la independencia,
y una carta de Raleigh después de la armada.
También había varios paquetes de estampillas:
loros de Guatemala amarillos y azules,
ciervos azules y mandriles rojos, y pájaros de Sarawak,
indios y buques de guerra
de los Estados Unidos,
y los retratos en verde y en rojo
del rey “francobollo” de Italia.
 
 
V
No creo en dios.
Creo en dioses vengadores
que nos atormentan por pecados que nunca cometimos,
pero que aun así cobran venganza por nosotros.
Es por eso que nunca tendré hijos,
nunca encerraré a una crisálida en una caja de fósforos
porque la mariposa se dañaría,
se apagarían sus brillantes colores,
cuando sus alas se golpearan contra las sombrías paredes de esta prisión.
 
 
(Fuente: La Parada Poética)

 

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