A medio siglo,
el bautismo de fuego
en el Hotel Savoy.
Sus vidrieras húmedas
y esmerado servicio de té,
servilletas y puntillas,
y esas viejitas pitucas,
no muy ricas y cenizas
que danzaban nostalgia
de ida y de vuelta,
en descubierto y cabeza gacha.
Con el Caco,
que fuera custodia del General,
cagándome de miedo
a las primeras trompadas
y los tiros al techo
que bordeaban
el Congreso Nacional Justicialista.
"¡Metánle! ¿Dónde están los machos?
¡Le partieron la cara al Brito!
¡Dale, pibe!"
De pechito en el piso.
La UOM, la CGT,
el Consejo Superior,
la mar y revoltijo que se sumaba,
y la joda que se venía.
Volando
las masas finas horneadas en el subsuelo,
alguna botella
estrellada contra las paredes,
los cuadros bucólicos garcilasos
a la miseria,
y la simple ortodoxia
que la farsa alimenta
vacilante como tobillo de borracho,
el acabóse, vea.
Con el Caco
rompiendo sanitarios,
enfurruñando las sillas tapizadas
y las copas de cristal no muy muy,
un billetera recogida
en el zafarrancho
p'al bolsillo,
a codazos y dientes rotos,
los pedazos de cielorraso
que caían sobre las mesas
y el alboroto de corazones palpitantes.
Pasmo en el salón acoquinado,
no había alcanfor
que restañara.
Después
un teléfono directo a Madrid,
el culo que no la escapaba a la jeringa,
un ojo que guiñaba
y otro que no dejaba payaso
sin albayalde.
Después,
la joya más preciada
a manera de corcho quemado,
la sangre y los truenos,
la maravilla
en casa de muerte,
odio contra odio,
sin consuelo los harapos.
- Inédito -
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