miércoles, 12 de julio de 2023

Eugenia Cabral (Córdoba, Argentina, 1954)

 

LA PESTE
 

Mujeres de aceite cabecean bajo el sol y sus gorros parecen las flores de amapola.
Corre por los ministerios una espesa emanación de adormideras.
Humedad, tú traes la epidemia. Subviertes el trabajo de las lenguas, las haces mascar lo indiviso, lo que trepa por escaleras de auxilio.
El aceite de opio inunda las cesuras cerebrales, como a un sótano.
Los efectos de su toxina derriten la carrocería, la muñeca de plástico observa que su pelvis aumenta de volumen.
En la lenta tarde del harem las gacelas africanas van ungiendo a las perras arias de porcelana mientras estas giran el torso y se ponen a masajear la espalda de codornices orientales. La orgía es interminable. Aspersión de zumo opiáceo. Blanco y rojo de amapolas.
 
Mammón, demonio de las riquezas, ha convocado a sus huestes.
Hay un derrame incontenible de flores de adormidera.
Humanidad sin bordes. El láudano infiltra la corteza.
La maldición hace trastabillar a los Centauros.
Mammón recoge el tributo de la peste.
La civilización quiere astillarse y que el aceite de opio unifique las astillas. Que vengan los bufones a lidiar con los Centauros.
La peste infiltra láudano en la corteza cerebral.
El tiempo recoge sus fracciones como el viajero reúne los bártulos cuando pernocta en hosterías y gasolineras con restaurant. Acaso sea cierto que el extranjero ignora los hostales en el país de la belleza.
 
 
Eugenia Cabral, en La ciudad de Amapolas,
1° Premio de la Fundación Victoria Ocampo, 2021

 

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