ÁMBAR
ÁMBAR
Nunca importó que alguna vez hubiera un duelo enorme:
cayendo por las estaciones y los siglos al suelo–
hasta hoy.
Esta tarde preciosa de septiembre de la que estás ausente,
tengo en la mano –como si ella pudiera preservarlo–
un adorno de ámbar
que vos me regalaste.
Lo advierte la razón:
los muertos no pueden ver a los vivos.
Los vivos nunca volverán a ver a los muertos.
El aire diáfano que necesitamos para encontrarnos
ya se fue para siempre, pero
esta resina alguna vez
almacenó semillas, hojas e incluso plumas al caer
y caer,
que ahora en esta atmósfera soleada parecen más vivas
que nunca,
como si el pasado pudiera ser presente y la memoria misma,
miel del Báltico:
el roce de los bordes de lo visto, la jactancia de cuánto
se puede conservar
dentro de algo traslúcido, imperfecto.
.....
traducción de Ezequiel Zaidenwerg.
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