madre o el retrato de lo insular
Madre sentada al pie de la cama:
Una
isla pensando en otra isla. Nacer sobre una tierra que se parte eso es
llevar el apellido materno. Como un cargamento de liebres que al caer al
mar vuelan mantarrayas. He pensado siempre en la sonrisa de Madre como
una abertura en un cartílago sin nombre. Pronuncio su nombre en el
idioma de los erizos de mar, único vínculo entre sus vísceras y mi
lengua, para preguntar la caída del imperio inexistente.
Hablar
es hacer territorio insular sobre la cama, dijo. Hablar es gestar un
volcán dentro de la nueva isla inserta en el mar como un ojo devorable.
Madre
abre la boca: Limones se hace y rehace en una construcción impecable
de génesis-éxodo y apocalipsis. Madre dice que todo trayecto es
circular o no es: por ello aguardo con las piernas atadas. Me quito a
diario la necesidad de lo recto como única posibilidad del tránsito.
Pero no puedo visualizar mi cuerpo: bailarín sufi elevando un vuelo
imperceptible.
Nos espera el incendio de las máscaras antes de habitarnos mutuamente.
*
Retornar a la Madre es hacerse añicos:
He
querido ocuparle otra casa que no sea esta de piel de perro y mentira
¿Qué es lo que no ha sido palpado? Habías dicho que solo a través de
los dedos podemos mirarnos con certeza por eso me dejabas repasar los
poros de tu pecho uno a uno. Doce millones de estrellas durmiendo en la
constelación de tu plexo. Madre dormida es una isla en el borde del
continente de la cama. Una prolongación de la metástasis del mundo.
Una piel que no es negra ni blanca ni amarilla. Un color todavía no
dicho por ello existente.
Retornar
a la Madre es un acto involutivo. Entonces cada vez que meto mis dedos
en mi cráneo invisible, retorno al nombre del primer poblado de la isla
de donde vinieron los míos. Si acaso algo me pertenece es el aullido
de los que murieron devorados por el incesto, el hambre y los mosquitos.
Nos espera el incendio de las máscaras antes de habitarnos mutuamente.
*
Nunca te he hablado de la belleza que posees ni de todas las veces que me soñé comiendo de tu carne:
Devorar
a la Madre es el único acto involutivo. Tampoco he abierto la puerta
de mi vientre para guiarte al mausoleo de los nuestros. Todos los que
murieron se encuentran aquí. Abuela construyó un palacio de aguamala y
barro de mangle. Abuela baila dentro como una hélice en principio de
elevar un algo pesado y tú, doblemente viva, eres ese adentro-afuera
que no consigo nombrar. Aún no estoy segura si en esta bóveda vives
tú o soy yo la bestia aislada. Aún no he podido atravesar mi piel para
mirarme por dentro. Temo encontrar mi propio rostro incrustado en tu
rostro es decir, tiemblo por saberme isla. Madre e hija: una isla en el
medio de otra isla.
Nos espera el incendio de las máscaras antes de habitarnos mutuamente.
*
Madre come mientras se derrite el hielo sobre el océano de vidrio de la mesa:
En sus molares transitan los pulmones de la bestia negando su condición alimentaria.
Madre
no es asesina, sus molares no destruyen; transforman las piezas del
animal en un cúmulo de tierra que será pronto una isla nadando en
peróxido de hidrógeno. Una isla nadando en otras islas que me niego a
ver. Solo si atravieso a Madre con las yemas de los dedos podré verla
realmente, como una víscera sin agua en una isla no descubierta.
También quisiera ser comida y triturada. Habitar los intersticios de
sus molares. Me urge ser comida, triturada y digerida para saberme isla.
Nos espera el incendio de las máscaras antes de habitarnos mutuamente.
*
Conozco de memoria la cartografía inscrita en las palmas de sus manos:
Sé
por ejemplo que esa línea dibujada un dedo abajo del dedo meñique es
el camino que me lleva de vuelta a Pangea. Única isla en mitad de todos
los mares. También sé que el remolino de líneas dibuja un mar
subterráneo. Música que se escucha a través de los ombligos. He
recorrido tus manos tensas y debilitadas por el miedo de que las bocas
de tus hijas no digan amor, como un globo de helio infinito apilado para
siempre sobre la cama.
Conozco
tus manos cuando se hacen puño que rompe una red que no sostiene nada:
en eso también se parecen tus manos y las mías: nunca hemos podido tomar
las riendas del todo-mundo y del caos que nos otorgaron.
Conozco
tus manos que trenzan caminos a través de la hiedra. Tus manos que
guardan direcciones que no puedo reconocer por la imposibilidad de mis
piernas atadas. Madre me ha enseñado que para caminar en círculos no
hacen falta piernas sino dejar que la lengua construya su propio
universo a través de las bocinas. Madre me ha enseñado que para
caminar en círculos no hace falta más que lengua, una docena de hijas
estériles
y un vientre inflable: cadáver de la edad que nos asignan.
Nos espera el incendio de las máscaras antes de habitarnos mutuamente.
*
Desde
el otro lado de mi cráneo han venido los parientes a hablarme de mi
condición de ancla pero no han dicho una sola palabra, al contrario,
han comunicado silenciosamente que soy lo único que tiene a Madre (isla
por excelencia esclavizada) atada aún a este océano que es el mundo.
He
decidido soltarte Madre, te dejo que flotes. He decidido soltarte y ya
no obligarte a que seas tierra. Aquí todavía te necesitan el plancton,
las conchas y las anguilas, sin embargo dejo de anclarte al universo
del cual nunca recibiste una palabra legible.
Amar es permitirle al otro no ser para siempre una isla.
Todavía. Y eso es lo terrible.
Nos espera el incendio de las máscaras antes de habitarnos mutuamente.
Zenda Libros
(Fuente: La comparecencia infinita)

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