sábado, 13 de mayo de 2023

Mario Arteca (La Plata, Argentina, 1960)

 

La luminosidad de los sábalos muertos





Esperando al delivery

Este es el momento elegido por nadie para hablar
de unas cuantas cosas, todas muy interesantes.
Como hay cantidad de tiempo para decirlas,
el instante se vuelve una simple partícula
de adhesión al infinito. El imán pegado
en la puerta de la heladera no se equivoca
y enseguida llaman a la puerta. De ninguna
manera se presenta un muchacho en moto,
enfundado, semidormido, con una mochila repleta
de elementos perecederos. Tomamos contacto.
Sus ojos asoman como asteriscos negros en la piel
blanca de frío, esa mirada de ratón paseándose
entre los desperdicios sin lugar a otra cosa que
abandonar de pronto el apetito. Como no se trata
de un joven en busca del porcentaje diario, sino
de su pasado, le advierto que yo no llamo porque sí,
que lo que pienso a solas, entre muebles envueltos
por telarañas de inquilinos anteriores, nunca servirá
de alimento a nadie. De todos modos, deja su pedido.
Era una bolsa de supermercado vacía con un mensaje
escrito en tinta china, que decía: “Buena suerte”.

de Falso vivo


Encuentro de una mañana de verano

en un hotel sindical de la costa atlántica bonaerense
Si este es el mar, yo nunca estuve
allí. Las aguas promedian su novedad
en los ojos de los viejos visitantes. Qué es un océano hasta bien entrada
la temporada que año a año me sostiene
como súbdito del descanso? Aunque
no haya mar, él está allí. Se parece
a él, pero nunca sube como la pleamar,
como cuando quien está frente a una playa
despejada de la masa proletaria y ocupa
el lugar que corresponde por mérito propio.
Es como si un perro salchicha (el que tuve
y regalé porque no podía más con él,
definitivamente no podía) estuviera
también de frente y me guiñara el ojo.
No es posible que eso suceda. No sé
otros, pero esos perros no ejecutan
semejantes gestos hacia sus ex amos,
están impedidos de hacerlo, así de sencillo.
La naturaleza es sabia cuando renuncia
a darle signos de complicidad
a los animales comunes. Sin embargo,
mi perro salchicha no es un animal
común, y puede hacer lo que quiera.
Por ejemplo, orinar en la arena fresca,
imaginando que se trata del tronco
de un árbol que una vez plantáramos
en nuestra pequeña casa.

de Un mal sueño sin sonido


En la antigua Tolosa, las mil casas…

En la antigua Tolosa, las mil casas
se lavan con la lluvia de un día
contemporáneo de recogimiento.
Las aguas arrasan los cruces
de los arroyos, acabaron sobre
los sin nombre en las bocas
de tormenta. Ahora el cielo
de la ciudad rasca las nubes,
acechantes, un intento por despejar
las aguas que reposan boca arriba,
espejo donde cierta sincronía imprime
cualquier signo adherido a las peores
consecuencias. En Santiago de Chile,
la torre de Entel dibuja la silueta
de nuestro primer celular (1999).
La telefonía se encuentra paralizada
por la ausencia de señal, después
del retiro de las aguas y la emergencia
de los edificios públicos. “Comunicate,
porfi” (4-4-2013), decías en un mensaje
rápido, cuando nadie de los conocidos
sabía del paradero de este mortal.
Estaba oculto en mi madriguera,
a la espera de una bandera blanca
que indicara el camino a seguir.
Las viviendas se volvieron sacos
de calamar, o regueros de aceite
para motores fuera de borda.
Y así los coches, como toritos1
en la cruzada final por darse
vuelta; y así también los árboles
desplomados por el cataclismo,
compusieron sin orden un sermón
de puentes levadizos. Es realidad.
Cuatrocientos milímetros en pocas
horas hace la diferencia. Amanece.

de Nevermore

1. Toritos: escarabajos con cuernos. Los llaman comúnmente cascarudos, en Argentina.


El Arroyo El Gato ataca de nuevo

Y de pronto, por si no lo supieran, se abrieron
las aguas del arroyo, y una implacable mácula
de aceite para frenos se engulló el oxígeno y acabó
con el plancton. Las gaviotas venidas del Náutico,
antes obesas, ahora anotan nuevas coordenadas
donde aterrizar kilómetros más allá. Se afirma
un cementerio de antiguos terraplenes. El lecho
parece un cascabel de latas de 350 mililitros
de la más ordinaria de las ordinarias de las cervezas:
los zorzales pestañean ante el desperdicio, pero
recogen con náusea la provisión de profilácticos
desdeñados por la debacle nocturna. Cierta vez,
el activista Javier Prol echó sus maldiciones
por un réquiem servido en bandeja. La calle 526
lleva su nombre. Para quienes la transitan, se trata
sólo de una señal rumbo a la boca de la nueva
autopista. Por ahora, lo que queda del macadán
siquiera propone un stock para cerámicas.
Y aquellos que aseguran el pronto surgimiento
de las napas, desconocen de un cúmulo de razones
para detener la caravana del riacho. Oscuro.
Más de 30 ordenanzas no pueden detener el avance
de las aguas, mientras el arroyo es una pastilla
sublingual que se desliza por debajo de la city,
a la busca de cuidados menos intensivos. Nadie
cruzó el lecho legamoso, y hasta los dioses
y el insigne Rocha, aguardaron en vano la llegada
de nuevos mandamientos. No innovar. Se regresa
al punto en que una nueva denuncia, será
pregunta en la respuesta. Quien crea de ahora
en más, deberá vadear la orilla de los vivos
y cuidarse (en puntas de pie, sobre superficie líquida).

de Cuando salí de La Plata


Clorindo Testa, por Julio Llinás

Transcripción de la aventura
Llámese Langlois, Matta, Asger
Jorn, Götz, Testa vive su espacio
en la aventura que fecunda.
Buceador no siempre afortunado,
a pesar suyo mantiene una distancia
protectora, higiénica hacia el espíritu.
La andanza se convierte como si
nada en isla, y en la que fabrica
su propio oxígeno Clorindo.
Igual si fuese un orador acercándose
a un buen discurso, ya reconocido,
y de oídas se aproxima a la palabra
sin demasiada conmoción, porque sólo
basta con pronunciarla.
Vaho polar su alfabeto de tejido.
Eliminará de la obra lo superfluo,
alejará hacia un constante rondín
la tragedia entre sus pieles de loción.
La textura igual que un campo de batalla,
fragor de cañones se alimentan bajo
el humo de la pólvora, rebosando los pulmones.
Cierto pudor en testimoniar el cadáver
del pintor. Lo mismo del saqueo,
la concentración, digo, de Clorindo.
Oleo sobre tela, con cierto grado de abstinencia.
La posesión decante en él
ninguna gracia.

de La impresión de un folleto


La canción del salbutamol

Esta madrugada salí a buscar una farmacia
de turno y encontré una en medio de un barrio
que a determinada hora es más una invitación
al asalto seguro que un panorama del costumbrismo.
Todo estaba detenido. Ni un alma, salvo la mía,
o un tipo con un bolso saliendo a laburar a esa hora.
Compré el medicamento, lo utilicé y me sentí mejor.
Pero caminar diez cuadras en esa soledad de la noche
(ida y vuelta, es decir, 20 cuadras), donde todo puede
pasar, jamás volvería a hacerlo. Sólo un pecho agitado
logra volverte un bibelot inconsciente que camina
entre los despojos de una nada que siempre parece
amenazante. El farmacéutico me atendió. Es más,
abrió la puerta de su negocio, a sabiendas que era un loco
desesperado que a esas horas lo que quería era sólo
calma en la noche. No había otro plan, porque
dada mi desconfianza natural los últimos recursos
son los que se abandonan, se extinguen, no necesitan
de visitantes inesperados. Pero ahí estaba, limpia,
aséptica y ordenada mi solución. Y el hombre
me escuchó en guardapolvo, como todo maestro.

de Deje un mensaje después del tono

***

 

Miño y Dávila Editores estrena la Colección Estaciones con La luminosidad de los sábalos muertos (2022), una antología de la poesía de Mario Arteca, hecha por Carlos Battilana y Mario Nosotti, también directores de la colección. El libro está compuesto a partir de una lectura que los compiladores trazan en el prólogo, la agrupación conceptual de los textos y la entrevista que cierra el volumen. La obra de Arteca, difícil de condensar, luce en todos sus aspectos, formas y modulaciones. De esta manera, la selección reconoce de modo singular a uno de los proyectos fuertes de la poesía argentina que empieza a ser leído a finales de los años noventa. Publicamos poemas y fragmentos del prólogo y de la entrevista que cierra el volumen.


Prólogo

(Fragmento inicial)

Imaginemos el momento en el que, allá por los comienzos del 2000, la poesía de Mario Arteca irrumpió en el ya por entonces renovado –por una parte de la llamada “poesía de los noventa”– panorama de la poesía argentina. Su primer libro salió en el 2003 y en pocos meses se le sumaron dos más; desde allí –como César Aira, a quien dedica uno de los títulos– nunca paró de escribir y publicar. “Antes de eso escribía poemas que empezaban y terminaban, que tenían un sentido, pero que no funcionaban porque yo no era un escritor de poemas sino de libros; yo hacía libros, no poemas”, dirá en una entrevista. Y aquí nos enfrentamos a la primera dificultad: es difícil, casi imposible antologizar a Mario Arteca porque muchos de sus libros quedan mutilados, sin poder exhibir plenamente su juego y su funcionamiento si se presentan en un mero recorte. Afortunadamente hay muchos libros (más de veinticinco al día de hoy), incluidos algunos con poemas relativamente breves, “acabados”, lo que en conjunto nos ha permitido realizar esta selección que –aunque seguramente sesgada– esperemos conforme una especie de friso que dé cabal dimensión de los alcances y peculiaridades de su trabajo. Collage de la obra total y collage –o mejor, acumulación de materiales– que se da hacia adentro de cada libro, e incluso hacia adentro de cada poema. De algún modo los poemas de Mario Arteca son fractales de esa acu­mulación de restos de discurso, diálogos entre disciplinas, articula­ciones semióticas que engendran artefactos de ritmo y de sentido, siempre prestos a un nuevo encadenamiento, una nueva sinapsis, una nueva expansión discursiva.

* * *

Los poemas de Arteca suponen muchas veces un saber previo. La intertextualidad real o apócrifa es uno de sus juegos preferidos. Cada lectura promueve una investigación de nombres, fechas y referencias, pero sobre todo, ese sistema onomástico propicia un clima. El conjunto de infinitas menciones refiere la existencia de una eventual información precedente. No obstante, el poema y el libro que lo completa transfiguran esas referencias en favor de una autonomía textual. Los poemas se saturan de signos ajenos para construir uno propio y singular. También esta poesía supone la frecuentación de lenguas extranjeras. Aunque a decir verdad, la extranjería y el extrañamiento son impulsados desde el principio. Las citas en otros idiomas (inglés, alemán, francés, etc.) no hacen más que confirmar la extranjería de esta poesía, como si se inscribiera en una genealogía de la perplejidad de la que se alimenta la propia lengua de Arteca.

 

(Fuente: op.cit.poesía)

 

 

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