UN POEMA DE LUNA NUEVA
QUATROCCENTO
La serpiente entra en tus sueños a través de pinturas:
ésta, de un jardín formal
en el que siempre hay tres:
el hombre delgado de piel verdiblanca
que lo marca como vegetariano
y la mujer con su balanceo y sus pechos duros
que parecen pegados
y la serpiente, vertical y con una cabeza
que tiene un color de cara y cabellos como los de una mujer.
Todos parecen tristes,
incluso los pocos animales de zoo, con manchas de sol,
incluso el ángel que es como una mesa de plancha
de lavandería que arde, flotando
allí con su espada de fuego
todavía sin poder golpear.
No hay amor allí.
Quizá es aburrimiento.
Y no hay manzana, sino un corazón
sacado de alguien
en este mito que de pronto es azteca.
Ésta es la posibilidad de la muerte
que la serpiente ofrece:
muerte sobre muerte, todas prietas,
una bola de nieve de sangre.
Devorar es caer
de la luna inacabable y quieta
a una tierra dura con un horizonte llano
y ya no eres más la
idea de un cuerpo, sino un cuerpo,
entras en tu cuerpo como en barro caliente.
Sientes las membranas de la enfermedad
que se cierran sobre tu cabeza, y la historia
te ocurre a ti y el espacio te envuelve
en sus armas, en sus noches, y
debes aprender a ver en la oscuridad.
Aquí puedes bendecir la luz,
teniendo tan poca:
es la muerte lo que llevas contigo
roja y cautiva, la que hace que el mundo
brille para ti
como nunca lo hizo.
Así es como aprendes a rezar.
Margaret Atwood
Luna nueva
Traducción Luis Marigónez
Icaria Poesía
(Fuente: Papeles de Pablo Müller)

No hay comentarios:
Publicar un comentario