A golpes cruzados
y el infatigable
martillo del verdugo,
quien expira
y demora el aire
en el aire,
abriga la oscuridad.
Esa huella,
ese anfiteatro,
ese bautismo
esa ingrávida
mano y su ligadura.
Aquí no hay jueces,
tornados o zarzales,
tapices amarillos,
soplos,
cunas con niños que berrean;
nuevas ruinas
en estas vaguedades
sin sol
y pura tenaza.
- Inédito -
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