gran marcha heróica
Arriba,
un atrevimiento de águilas, abajo, el pecho del pueblo y en la línea
definitiva, entre los altos y anchos candelabros de la Humanidad, y las
trompetas que braman como vacas, entre naranjos y duraznos y manzanos
que, como caballos, relinchan, entre barcos y espadas, rifles y banderas
en flor, al paso de parada negro y fundamental de los héroes, tú y tu
ataúd de acero.
La
multitud descomunal y subterránea, abate en oleaje su ímpetu de
serpiente y ataca su fantasma y su palabra, como un toro la estrella
ensangrentada.
Caemos
de rodillas en el gran crepúsculo universal, y lloran las sirenas de
todos los barcos del mundo, como perritas sin alojamiento; se acabó la
comida en los establos contemporáneos y el último buey se destapa los
sesos, gritando; el bofetón del huracán, partiendo los terciopelos del
Oriente, araña el ocaso y le desgarra el corazón a puñaladas, cuando el
fusil imperial de la burguesía pare un lirio de pólvora y se suicida.
Al
quillay litoral le desgarran la pana los relámpagos de las montañas, y
tremendamente da quejidos de potrillo recién nacido en el estercolero,
porque su conciencia vegetal naufraga en el aroma a sangre.
Canto
de estatuas, grito de coronas, llanto de corazas y bahías, y el
discurso funeral de los cipreses que persiguen eternamente lo amarillo,
te rodean; nosotros, entre lenguas de perro y lágrimas elementales, no
somos sino sólo fantasmas en vigencia; lo heroico, lo definitivo, la ley
oscura de la materia en la cual todas las cosas se levantan y se
derrumban con el único fin de engendrar padecimiento, emerge de ti,
porque de ti, porque tú eres la realidad categórica; y cuando los
pollitos nuevos del mar a cuya orilla enorme te criaste, pían al
asesinato general del ocaso, los huesos de Tamerlán echan grandes
llamas; escucho el funeral de Beethoven ejecutado por setecientos
maestros de orquesta, frenar la tempestad, sujetándola, como el desnudo
adolescente los caballos rojos de Fidias y el cielo está negro lo mismo
que mi corazón; las espadas anchas, las anchas espadas que abrieron los
surcos profundos que no cavaron los arados, las espadas embanderadas de
historia, se te someten y te lamen como el perro del mendigo; cuadrigas y
centurias, haciendo estallar el sol sonoro, al golpear la tierra
hinchada con el eslabón de la herradura, levantan polvaredas de
migración y el bramido de las lanzas es acusatorio y terrible debajo de
la lluvia oscura como la mala intención o un cobarde; adentro de las
campanas choca la luciérnaga rota con su farol a la espalda, llorando;
huyendo del incendio general, leones y chacales se arrojan a la mar
ignota y las serpientes repletas de furor se rompen los colmillos en las
antiguas lanzas; un gran caballo azul se suicida; borrachos de sol y
parición en generaciones del Dios pánico y dionysíaco, los
sacerdos-escarabajos están gritando la maternidad aterradora en miel de
pinares y resinas de gran potencial alcohólico, que debaten entre
ramajes la violencia tremenda de la naturaleza; el Clarín del Señor de
los Ejércitos empuña la espuela de oro de la gran alarma y los soldados.
Cargado
por nosotros, marcha el féretro como una rosa negra o un pabellón
caído, con espanto aterrador de fusilamiento; rajados a hachazos los
pellines encadenados al huracán aúllan; tú eres lo único definitivo,
hundida en tu belleza de pretéritos y de crepúsculos totales, caída en
todo lo solo, herida por el resplandor de la eternidad deslumbradora,
mientras errados, nos arrinconamos adentro de nuestras viejas negras
chaquetas de perros.
Por
el camino real que va a la nada marcharé (caballo de invierno), en las
milenarias edades; hoy, mi espada está quebrada, como el mascarón de
proa del barco que se estrelló contra lo infinito y soy el animal
abandonado en la soledad del bramadero; perteneces al granero humano,
tétrico de matanza en matanza, y te robaron de mis besos terribles;
braman las campanas pateando la atmósfera histórica en la cual se
degüellan hasta las dulces violetas que son como copitas de vino
inmortal; la tinaja de las provincias echa un ancho llanto de parrones
descomunales, gritando desde el origen.
Arde
tu alma grande y deslumbradora como un fusil en botón y a la persona
muerta la secunda la ciudadanía universal otorgándole la vida épica como
a una guitarra el sonido; como un solo animal, acumular la eternidad,
triste y furioso a tus orillas, es mi ocupación de suicida; como ola de
sombra, el comercio-puñal de la literatura nos ladra al alma cansada y
los cuatreros, los cuchilleros, los aventureros y el gran escorpión de
la bohemia nos destinan su sonrisa de degolladores, echada en sus ojos
de cerdo.
Sobre
el instante, la polvareda familiar gravita y empuña el pabellón de los
antiguos clanes; tu eres el escudo popular de los de Rokha: tronchados,
desorientados, conmigo a la cabeza de la carreta grande, tirada por dos
inmensos toros muertos, hijos e hijas, nietos y nietas, yernos y nueras
dan la batalla contra la mixtificación tenebrosa y estupenda de los
viejos payasos convertidos en asesinos; a miel envenenada hiede el
ambiente o a calumnia y perro; los chacales se ríen furiosamente y
tremendamente arañan la casa sola como sombra en el arrabal del mundo,
allá en donde remuelen el pelele y la maldición, tierra de escupos y
demagogia, llena de lenguas quemadas; porque mi desesperación se
retuerce las manos como un reo que enfrenta los inquisidores, a cuya
espalda chilla, furiosa la Reacción, como negra perra vieja en celo;
andando por abajo, los degenerados nos aceitan y nos embarran el camino,
a fin de que el cegado por las lágrimas dé el resbalón mortal y
definitivo del que se desploma en el mar rabioso que solloza echando
espuma y se derrumbe horriblemente.
Juramos
pelear hasta derrotar al enemigo enmascarado en el enemigo del pueblo,
al calumniador y al difamador con ojo pequeño de ofidio y las setenta
lenguas ajenas de los testigos falsos, a la rana-pulpo-sapo del
sabotaje; juramos solemnemente cortarnos y comernos la lengua antes de
lanzarle al olvido; juramos los látigos de la venganza, porque es
mentira la misericordia y no tememos atacar la eternidad frente a
frente, ensangrentados como pabellones.
Tranco
a tranco en el pantano del horror, vi destruir a la naturaleza en ti el
esquema total de lo bello y lo bueno; como un niño loco, el espanto se
ensañó en tu figura incomparable, que no volverá a lograr nunca jamás la
línea de la Humanidad, y caíste asesinada y pisoteada por lo infinito,
tú, que representabas lo infinito en la vida humana, y el sol de "Dios"
en la gran tiniebla del hombre; caías, pero caía contigo el significado
de lo humano, y en este instante todas las cosas están sin sentido,
gritando, boca abajo, solas, y es fea la tierra; como a aquel infeliz
cualquiera a quien le revuelven la puñalada en el corazón, el perro
idiota de la literatura, vestido de obispo o caracol, levanta la pata y
orina mi tragedia de macho, porque como todo lo hermoso, todo lo
vertical, todo lo heroico se hundió contigo en el abismo, yo soy el
viudo terrible, y acaso la bestia arcaica sublimándose en el intelectual
acusatorio que da lenguaje a las tinieblas; como la naturaleza es
descomunal y sólo lo monstruoso le incumbe íntegramente, su injusticia
fue tenebrosa con tu régimen floral de copa y el destino te cavó de
horror como a una montaña de fuego; sin embargo, como soy humano, no
acepto tu muerte, no creo en tu muerte, no entiendo tu muerte y el
andrajo de mi corazón se retuerce salvajemente y se avalanza contra la
muralla inmortal, contra la muralla desesperada, contra la muralla
ensangrentada, contra la muralla despedazada, que se incendia entre las
montañas y sudando y bramando y sangrando, me revuelco como un toro con
tu nombre sagrado entre los dientes, mordido como el puñal rojo del
pirata; a la espalda aúllan las desorbitadas máscaras gruñendo entre
complejos de buitre aventurero y trajes vacíos, en los que respiran las
épocas demagógicas.
Entre
los grandes peñascos apuñalados por el sol, sudando como soldados de
antaño, roídos por inmenso musgo crepuscular y lágrimas de antiguas
botellas, tú y la paloma torcaz de los desiertos lloran; mar afuera, en
el corazón de flor de las mojadas islas oceánicas, en las que la
eternidad se agarra como entraña de animal vacuno a la soledad de la
materia y el gemido de los orígenes gravita en la gran placenta del
agua, tú das la majestad al huracán por cuyos látigos ruge la muerte su
secreto total, tremendo; encima de los carros de topacio del crepúsculo,
tirados por siete caballos amarillos, cruzados de llamas como Jehová,
tú eres el balido azul de los corderos; aquí, a la orilla de tu sepulcro
que ruge, terrible, en su condición de miel de abejas y de pólvora,
haciendo estallar el huracán sobre los viejos túmulos que tu vencidad
obliga a relampaguear, tú empuñas una gran trompeta de oro, tal como se
empuña una gran bandera de fuego y convocas a asamblea general de
muertos, a fin de arrojar la eternidad contra la eternidad, como dos
peñascos; emerges de entre toneles, como la voz de las vasijas, y la
gran humedad del pretérito, que huele a fruta madura y a caoba
matrimonial, enarbola su pabellón en el corazón de las bodegas, cuando
yo recuerdo tu virginidad resplandeciente...
Condiciona
sus muchedumbres la mar-océano del Sur y tu multitud le responde
terriblemente; yo estoy sentado a la orilla del que tanto amabas mar, y
la oceanidad da la tónica al gigante dolor que requiere inmensidades
para manifestarse y el lenguaje de la masa humana o la montaña
incendiándose; remece sus instintos la inmensa bestia oceánica y el
crepúsculo ensangrienta la bandera de los navíos y el cañón funeral del
puerto; el mar y yo bramamos, el mar, el mar, y crujen los huesos
tremendos de Chile, cuando con mi caballo nos bañamos solos en la gran
soledad del mar y el mar prolonga mi relincho con su bramido por todas
las costas, desde las tierras protervas de Babilonia al Mediterráneo
celestial de las tuyas glicinas y a los sangrientos mares vikingos, o
arrastra mi voz tronchada y sangrienta como un capitel roto y mi
lenguaje de campanario que se derrumba en la gran campana del mar, con
tu recuerdo gimiendo adentro; rememoro nuestro matrimonio
provincial-marino y la carrera desenfrenada, desnudos, sobre la arena y
el sol; es la mar soberbia, la mar oscura, la mar grandiosa en la cual
gravita el estupor horizontal de humanidad que azota los vientres de las
madres y relumbran las panoplias huracanadas de los viejos guerreros de
hierro, que ascienden y descienden por las arboladuras como un tigre a
una antigua catedral caída; lagrimones de acordeones, de leones y
fantasmas dan al pirata el relumbrón de los atardeceres y el tajo del
rostro atrae el sable crepuscular hacia la figura agigantada; el ron
furioso da gritazos y mordiscos de alcohol degollado a la tiniebla
aventurera y la pólvora roja es rosa de llamas rugiendo con perros y
espadas entre la matanza histórica, adentro de la cual nosotros dos
rajamos el cuaderno de bitácora sobre el acero acerbo del pecho, que es
pluma y rifle, Luisita; asomándome a la descomunal profundidad heroica,
veo lo eterno y tu cara en todo lo hondo; naufragios y guitarras y el
lamento del destierro en los archipiélagos sociales del Tirreno y el
Egeo, se revuelve a la bencina cosmopolita de los grandes Imperios de
hoy, con sus navíos y sus aviones sembrando la sangre en los mares: pero
el tam-tam de los tambores ensangrentados me desgarra el cerebro; sin
embargo, hay dulzuras maravillosas, y te vuelvo a encontrar en esta gran
agua salada por el origen y el olor animal del mundo, con tu melena de
sirena clásica y tu pie marino de conchaperla y aventura.
Braman las águilas del amor eterno en nosotros...
El
huracán del amor nos arrasó antaño, y ahora tu belleza de plenilunio
con duraznos, como llorando en la grandeza aterradora, contiene todo el
pasado del ser humano; truenan las grandes vacas tristes del amanecer y
tú rajas la mañana con tu actitud, que es un puñal quebrado; fuiste "mi
dulce tormento" y ahora, Winétt, como el Arca de la Alianza o como
Dionysos, medio a medio de los estuarios mediterráneos y el de los
sargazos mar, entre el régimen del laurel y el dolorido asfodelo diluído
en la colina acumulada de los héroes, hacia la cual apunta el océano su
fusilería y desde la que emergen los pinos solarios, tú, lo mismo
exacto que a una gran diosa antigua de Asia, la eternidad bravía te
circunda; galopan los cuatro caballos del Apocalipsis, se derrumban las
murallas de Jericó al son de las trompetas que ladran como alas en la
degollación y el Sinaí embiste como el toro egipcio, cuando tu paso de
tórtola hiende los asfaltos ensangrentados de la poesía, gran
poetisa-Continente; y las generaciones de todos los pobres, entre todos
los pobres del mundo, te levantan bajo los palios llagados del sudor
popular en el instante en que tu voz se distiende, creciendo y
multiplicándose como el oleaje de los grandes mares desconocidos, a cuya
ribera los hombres crearon los dioses barbudos del agro y los sentaron y
los clavaron en las regiones acuarias, que eran el llanto de fuego de
los volcanes; como fuiste tremendamente dulce, graciosamente fuerte,
pequeñamente grande con lo oscuro y descomunal del genio en un régimen
de corolas, el hijo del pueblo te entiende; tenías la divina atracción
del átomo, que, al estallar, incendia la tierra, por eso, adentro del
silencio mundial, yo escucho exactamente a la multitud romana o
babilónica, arreada y gobernada a latigazos, a las muchedumbres
grecolatinas que poblaron Marsella de gentes que huelen a ajo, a
prostitución, a guitarra, a conspiración, a sardina y a cuchilla, a
tabaco y a sol mojado y caliente como sobaco, a presidio, a miseria, a
heroicidad, a flojera o a tristeza, al vikingo ladrón, guerrero, viril y
sublime en gran hombría y a los beduinos enfurecidos por el hambre y
los desiertos del simoum, áspero y trágico, y te adoro como a una
antigua y oscura diosa en la cual los pueblos guerreros practicaban la
idolatría de lo femenino definitivo y terrible; forrado en cueros de
fuego, montado un caballo de asfalto, yo voy adentro de la multitud,
como una maldición en el cañón del revólver.
Románico de cúpulas y óperas el atardecer de los amantes desventurados me encubre, y cae una paloma negra, Luisita-azúcar.
Soplan
las ráfagas del dolor su chicotazo vagabundo y la angustia se clava
rugiendo, en fijación tremenda, como un ojo enorme que quemase, como una
gran araña, como un trueno con el reflejo hacia adentro y la quijada de
Caín en el hocico; es entonces cuando arde el colchón con sudor oscuro
de légamo, cuando la noche afila su cuchilla sin resplandor, cuando el
volcán destripa a la montaña y se parte el vientre terrible, que arroja
un caldo de llamas horrendo y definitivo, cuando lloran todas las cosas
un llanto demencial y lluvioso, cuando el paisaje, que es la corbata de
la naturaleza, se raja el corazón de avena y pan y se repleta de leones;
sin embargo, medio a medio de la catástrofe, se me reconstituye el ser a
objeto de que el padecimiento se encarne más adentro y la llaga,
quemada por el horror, se agrande; con tu ataúd al hombro, resuenan mis
trancos en la soledad del siglo, en la cual gravita el cadáver de
Stalin, que es enorme y cubre el Oriente en mil leguas reales a la
redonda, encima de un carro gigante que arrastran doscientos millones de
obreros; semejante a una inmensa cosechadora de granjeros, la máquina
viuda de los panteones degüella las cabezas negras y la Humanidad brama
como vaca en el matadero; yo arrastro la porquería maldita de la vida
como la pierna tronchada un idiota y espero el veneno del envenenador,
la solitaria puñalada literaria por la espalda, en el minuto crucial de
los crepúsculos, el balazo del hermano en la literatura, como quien
aguarda que le llegue un cheque en blanco desde la otra vida; me da
vergüenza ser un ser humano desde que te vi agonizar defendiéndote,
perseguida y acosada por la Eternidad como una dulce garza por una gran
perra sarnosa; como con asco de existir, duermo como perro solo encima
de una gran piedra tremenda, que bramara en el desierto, hablo con
espanto de cortarme la lengua con la cuchilla de la palabra y quisiera
que un dolor físico enorme me situase a tu altura, medio a medio de este
gigante y negro desfile de horror del cual estalla mi cabeza
incendiándose como antigua famosa posada de vagabundos; no deseo el sol
sino llorando y la noche maldita con la tempestad en el vientre; por
degüellos y asesinatos camino, y ando en campos de batalla, estoy
mordido por buitres de negrura, y es de pólvora y de lágrimas,
Luisita-Amor, el gran canasto de violetas, con el cual me allego a tu
sepulcro humildemente; a mi desesperación se le divisa la cacha del arma
de fuego, Luisita-Amor, cuyos grandes frutos caen...
Éramos
Filemón y Baltis de Frigia y el grito conyugal del mundo, pero se
desgarró una gran cadena en la historia y yo cruzo gritando a la siga
del mí mismo que se fue contigo para siempre nunca, esta gran sonata
fúnebre de héroes caídos...
***
(Fuente: La comparecencia infinita)

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