Cuando mi párpado
finalmente caiga en el fondo de la noche,
y las estrellas me resulten vacíos cofrecitos amarillos.
Cuando mis pájaros estén guardados,
y mis perros ovillados a los pies de la cama,
con los hocicos vencidos.
Cuando no importe el calor ni el viento,
ni la sed de la hiedra,
ni el malvón y su ciclo,
ni el desmadre obsceno de los filodendros.
Cuando la radio no sepa dar la última noticia,
y salgan
del cuarto con esa sonrisa,
la cuadrilla mansa de los enfermeros.
Cuando el fracaso sea apenas una mísera metáfora
incapaz de emular a la muerte,
y el reloj un grillo afónico y benevolente dejando
caer su dádiva de élasticos segundos
en el pozo del tiempo.
Cuando hayamos despedido a todos los amigos,
besado a nuestros hijos, cerrado la llave del gas y trabado los cerrojos dejando allá afuera los recuerdos.
Cuando ya no tenga para darte más palabras, ni me auxilie la voz, ni el viejo hábito de la esperanza,
cuando
ya todo me aburra y me asombre del mismo modo y en un mismo momento
quiero que me mires
con esos ojos.
Esos que contienen el agua de la vida,
esos que fueron y serán nuestros ojos,
esos que una vez me descubrieron,
esos,
que una,
y otra vez me desnudaron,
esos,
que una única vez
me comprendieron.
Esos, por donde me mira todo lo que he amado,
tus ojos del mundo en tus ojos
y la infinita pupila que atravesando siglos
vino hacia mi encuentro.
Así quisiera irme yo,
y que me beses.
(Fuente: Mariana Carabajal)
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