viernes, 22 de octubre de 2021

Jaime Sabines (México, 1926 - 1999)

 

 

 



DOÑA LUZ XVII

 

Lloverás en el tiempo de lluvia,

harás calor en el verano,

harás frío en el atardecer.

Volverás a morir otras mil veces.

 

Florecerás cuando todo florezca.

No eres nada, nadie, madre.

 

De nosotros quedará la misma huella,

la semilla del viento en el agua,

el esqueleto de las hojas en la tierra.

Sobre las rocas, el tatuaje de las sombras,

en el corazón de los árboles la palabra amor.

 

No somos nada, nadie, madre.

Es inútil vivir

pero es más inútil morir.

 

ALLÍ HABÍA UNA NIÑA

 

En las hojas del plátano un pequeño

hombrecito dormía un sueño.

En un estanque, luz en agua.

Yo contaba un cuento.

Mi madre pasaba interminablemente

alrededor nuestro.

En el patio jugaba

con una rama un perro.

El sol -qué sol, qué lento

se tendía, se estaba quieto.

Nadie sabía qué hacíamos,

nadie, qué hacemos.

Estábamos hablando, moviéndonos,

yendo de un lado a otro,

las arrieras, la araña, nosotros, el perro.

Todos estábamos en la casa

pero no sé porqué. Estábamos. Luego el silencio.

Ya dije quién contaba un cuento.

Eso fue alguna vez porque recuerdo

que fue cierto.

 

Boca de llanto, me llaman

tus pupilas negras,

me reclaman. Tus labios

sin ti me besan.

¡Cómo has podido tener

la misma mirada negra

con esos ojos

que ahora llevas!

 

Sonreíste. ¡Qué silencio,

qué falta de fiesta!

¡Cómo me puse a buscarte

en tu sonrisa, cabeza

de tierra,

labios de tristeza!

 

No lloras, no llorarías

aunque quisieras;

tienes el rostro apagado

de las ciegas.

 

Puedes reír. Yo te dejo

reír, aunque no puedas.

 

EL LLANTO FRACASADO

 

Roto, casi ciego, rabioso, aniquilado,

hueco como un tambor al que golpea la vida,

sin nadie pero solo,

respondiendo las mismas palabras para las mismas

cosas siempre,

muriendo absurdamente, llorando como niña, asqueado.

He aquí éste que queda, el que me queda todavía.

Háblenle de esperanza,

díganle lo que saben ustedes, lo que ignoran,

una palabra de alegría, otra de amor, que sueñe.

 

Todos los animales sobre la tierra duermen.

Sólo el hombre no duerme.

¿Han visto ustedes un gesto de ternura en el rostro de

un loco dormido?

¿Han visto un perro soñando con gaviotas?

¿Qué han visto?

 

Nadie sino el hombre pudo inventar el suicidio.

Las piedras mueren de muerte natural.

El agua no muere.

Sólo el hombre pudo inventar para el día la noche,

el hambre para el pan,

las rosas para la poesía.

 

Mortalmente triste sólo he visto a un gato, un día,

agonizando.

Yo no tengo la culpa de mis manos: es ella.

Pero no fue escrito:

Te faltará una mujer para cada día de amor.

 

Andarás, te dijeron, de un sitio a otro de la muerte

buscándote.

La vida no es fácil.

Es más fácil llorar, arrepentirse.

 

En Dios descansa el hombre.

Pero mi corazón no descansa,

no descansa mi muerte,

el día y la noche no descansan.

 

Diariamente se levantan los montes, el cielo se ilumina

el mar sube hacia el mar

los árboles llegan hasta los pájaros.

Sólo yo no me alumbro, no me levanto.

 

Háblenle de tragedias a un pescado.

A mí no me hagan caso.

Yo me río de ustedes que piensan que soy triste

como si la soledad o mi zapato

me apretaran el alma.

 

La yugular es la vena de la mujer.

Allí recibe al hombre.

Las mujeres se abren bajo el peso del hombre

como el mar bajo un muerto,

lo sepultan, lo envuelven,

lo incrustan en ovarios interminables,

lo hacen hijos e hijos…

Ellas quedan de pie,

paren de pie, esperando.

 

No me digan ustedes en dónde están mis ojos,

pregunten hacia dónde va mi corazón.

 

Les dejaré una cosa el día último,

la cosa más inútil y más amada de mí mismo,

la que soy yo y se mueve, inmóvil para entonces,

rota definitivamente.

Pero les dejaré también una palabra,

la que no he dicho aquí, inútil, amada.

 

Ahora vuelve el sol a dejarnos.

La tarde se cansa, descansa sobre el suelo, envejece.

Trenes distantes, voces, hasta campanas suenan.

Nada ha pasado.

 

 

(Fuente: La Parada Poética)

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