LA DESPENSA
¡Manzana y uva juntas se me vuelve
la infancia sumergida en la despensa!
Entre polvo y arañas reconozco
su cautiva humedad en luna llena.
Mi corazón es una ardilla joven
que brinca por los sacos costaleros
y desparrama arroz, harina, azúcar
y unta su lengua en la manteca.
Día y noche tiznaron en sus muros
la señal vagarosa del misterio:
artesas, palanganas y jofainas,
arcas, cofres, baúles, candeleros,
azadones, rastrillos, hachas, chuzos,
regaderas, pizarras, recipientes,
entre armarios, toneles y repisas,
gatos, perros, gorriones y murciélagos.
La llave que discurre por el balde
con pausado gotear tamborilea.
El canario a lo lejos trina y salta,
las hormigas enfilan a la leche.
Cómo anuncian las sólidas mamparas
la carga episcopal de las carretas.
Todo el campo de Ninhue
y de Recinto
viene ardiendo en la lenta polvareda.
Rojez de las manzanas en las jabas,
cajones de uva blanca y uva negra.
Rubia miel invernal de las barricas
que aguaita por las tapas hacia afuera.
Gruesos quesos de cáscara turquesa,
charqui en tiras, jamón, fuentes
de pebre.
Guirnaldas de cebolla, trenzas
de ajo,
que cuelgan desde vigas
y traviesas.
Mantequilla estilando en las vasijas,
con escarcha de sal largos arenques.
Pejerreyes de plata y aceitunas,
bacalao vizcaino, salmón seco.
Camarones y jaibas y centollas
y pancoras de vientre iridiscente.
Y tocinos, chorizos, longanizas,
en grandes azafates y bandejas.
Pipas de vino oscuras, con el acre
perfume del alcohol en la madera
que gotean el mosto por las llaves
a una charca de púrpura tiniebla.
Aguardientes dorados en garrafas,
luminoso espesor de las mistelas.
Vino añejo, coñac, pisco, cacao,
centellear de etiquetas y botellas.
Cherry, oporto, jerez, ron, curazao,
sidra, bitter, anís, jarros de clery.
Embudos, damajuanas, litros, cuartos,
y quintales, almudes y fanegas.
Leña pellín amontonada en cerros,
arrobas del vinagre y del aceite.
Todo un vaho nutricio se abalanza:
papas, berros, tomates, ají verde.
Perejiles, albahacas y cilantros
amarillos de luz hacia la muerte.
Hacinadas en cestas y pilastras,
espinacas, lechugas, berenjenas.
Paltas, nabos, acelgas, zanahorias
que murmuranigual
que las acequias.
En cacharras de greda llenas
de agua, apio, ruda, matico,
paico, orégano.
Achicorias, arvejas, alcachofas
con el limpio rocío del silencio.
Labradores más tiernos que la lluvia
los repollos, espárragos, pimientos.
Chicoreo, pepinos, betarragas
que navegan inmóviles el viento.
En callanas tan viejas como el trigo,
toronjiles, culén, yerba platero.
Bailahuén, canchalagua, anís, hinojo,en canastos de mimbre ceniciento.
¡Ay, el clavo de olor, la nuez moscada,
las humeantes tisanas de agua perra!
Las bombillas en suaves calabazas,
el cedrón, la vainilla, la canela.
Cuando cierro los ojos las granadas
chispean su rosada agua silvestre
y unas brevas transidas de ternura
me miran con sus bueyes ojos viejos.
Agua lumbre, pesada, alquimia pura
de las napas umbrías,
flor de yemas.
Tunas, peras, membrillos, caquis, nísperos
y frutillas, damascos y cerezas.
Resplandecen las cáscaras golosas
de castañas, piñones y ciruelas
y sandías, duraznos y melones,
hortelanos del sol y de la niebla.
Ay, naranjas tomadas
con la escarcha de una rama desnuda del invierno,
cómo duelen los ojos y las uñas
que liberan los gajos de su encierro.
Por las moras y el maqui van las manos, por almendras y pasas
van los dientes
y me azota de nuevo el calofrío
medular de la sal en las ciruelas.
Hebras finas, hirsutas de alcayota,
mermelada de murtas y grosellas.
Alfajores, rosquillas, empolvados,
miel de palma y melón, dulce
de peras.
Manjar blanco, berlines, mantecados,
flan, huesillos, turrón, tarta
de nueces.
Chocolate relleno, maní cálido,
leche asada, nevada, arroz con leche.
Tantas horas pasadas en tu reino
de navío encallado, fiel despensa,
ignorante de toda la abundancia
que guardaban tus rumas
y paredes.
En mi casa de Bulnes tus delicias,
en la mesa de antaño. ¡Qué tristeza
regresar por aromas taciturnos
hasta el dulce país de las abejas!
Abejas del azul día extendido
que zumba más allá de la despensa
y en la gran cordillera de la noche
duerme al fin su color de silbo
y sueño.
Cuando los años eran
como un túnel larguísimo
perdido entre cipreses
y el verano una furia de la sangre
interminable como un río inmenso.
¡Manzana y uva juntas se me vuelve
la infancia sumergida en la despensa!
(Fuente: Marcelo Sepúlveda Ríos)
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