El desierto no tiene sombras, por lo que en él no puede medirse el tiempo a no ser que el propio cuerpo haga oficio de gnomon. El tiempo de las cosas se mide por su sombra; sólo el que no tiene sombra es eterno. El desierto por eso, es eterno. Con el sol en el cenit alguien pierde su sombra. Puede decirse que entonces se le otorga la posibilidad de estar en su propio centro, de no distinguirse de sí mismo. Por un instante, es un iluminado. Pero a la luz le gusta jugar en la llanura. Basta que levante un brazo: hallará su sombra debajo. Cualquier movimiento lo devolverá a su ser de tiempo. Si, queriendo comprobar la ausencia de su sombra, se inclina lo más mínimo, se encontrará con ella a sus pies. Nadie puede ser iluminado y verse a sí mismo. El ser y el conocer no pueden darse al unísono si existe una llanura o una línea de horizonte. Ser y conocer simultáneamente sólo es posible en el vacío porque en el vacío no hay nadie.
De: En un principio era el hambre: antología esencial 1990-2015
(Fuente: Liliana Hayat)
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