Mientras camino sobre un charco al final del invierno, pienso en un antiguo gobernante chino
¿Y cómo puedo yo, nacido en malos días
y recién salido del fracaso, exigir alguna bondad
al destino?
—Escrito en 819 d. C.
Po Chu-i, calvo y viejo político,
¿de qué sirve?
Yo pienso en ti,
entrando con dificultad en las gargantas del Yangtsé,
cuando eras conducido por los rápidos
hacia uno u otro de tus trabajos
en la ciudad de Changshou.
Lo hacías, supongo,
en la oscuridad.
Pero es 1960, ya casi primavera de nuevo,
y las altas rocas de Mineápolis
construyen mi propio negro crepúsculo
con cuerdas de bambú y aguas.
¿Dónde está Yuan Chen, el amigo a quien amabas?
¿Dónde está el mar, que alguna vez salvó la completa soledad
del Medio Oeste? ¿Dónde está Mineápolis? No puedo ver nada
más que el gran y terrible roble oscureciéndose con el invierno.
¿Hallaste la ciudad de hombres aislados más allá de las montañas?
¿O has estado sosteniendo el extremo de una soga raída
por cientos de años?
§
Estadías en un viaje al Oeste
1.
Comienzo en Ohio.
Aún sueño con mi hogar.
Cerca de Mansfield, enormes caballos entran a los oscuros establos en otoño,
donde pueden ser perezosos, donde pueden comer pequeñas manzanas,
o dormir de corrido.
Pero para esta noche, en las filas del comedor de caridad mi padre
merodea, no puedo encontrarlo: tan lejos,
1.500 millas más o menos, y aún
no puedo dormir.
En harapos azules el viejo hombre cojea hasta mi cama,
conduciendo un caballo ciego
de dulzura.
En 1932, sucio con maquinarias, él me cantaba
una canción de cuna acerca de una gansa.
Afuera de la casa, las pilas de escombros esperaban.
2.
En Minnesota Oeste, justo ahora,
me dormí otra vez.
En mi sueño, me agazapé ante una fogata.
Los únicos seres humanos entre el océano Pacífico y yo
fueron los viejos indios, que querían matarme.
Se ponían de cuclillas y contemplaban durante horas pequeñas fogatas
lejos en las montañas.
Las cuchillas de sus hachas estaban sucias con la grasa
de enormes y silenciosos búfalos.
3.
Amanece.
Estoy temblando.
Incluso debajo de una enorme frazada.
Llegué anoche, borracho,
y dejé la vieja estufa fría.
Escucho por un largo rato, ahora, las ráfagas.
La nieve aúlla a mi alrededor, afuera de las abandonadas praderas.
Suena como las voces de vagos y apostadores,
sacudiéndose a través del desnudo prostíbulo del siglo diecinueve
en Nevada.
4.
Derrotado en la reelección,
el sheriff casi analfabeto de Mukilteo, Washington,
ha estado bebiendo de nuevo.
Él me conduce al acantilado, tambaleándose.
Ambos borrachos, nos paramos en medio de las tumbas.
Los mineros se detenían aquí en el camino hacia Alaska.
Furiosos, ellos enterraron los cuerpos lacerados de sus mujeres
en zanjas de malezas.
Me recuesto entre las lápidas.
En el fondo del acantilado
América está acabada.
América,
sumida en los oscuros surcos
del mar otra vez.
§
Mineros
1.
La policía está investigando esta noche los cuerpos
de unos niños en las negras aguas
de los suburbios.
2.
Bajo los rifles químicos del río Ohio,
ganchos de amarre
dragan delicadamente, entre cascos de esquife y bancos de arena,
hasta que cierran
los dedos.
3.
En alguna parte de una vena de Bridgeport, Ohio;
profundo en una colina de carbón con el nombre de Hanna;
debajo de los volcaderos, y oscuro como una somnolienta marmota;
un hombre, solo,
tropieza con las cerraduras exteriores de una tumba, susurrando
oh déjame entrar.
4.
Muchas mujeres americanas montan largas escaleras
en los pozos de las casas,
se quedan dormidas, y emergen de repente en palacios tambaleantes.
§
En Ohio
Yeguas blancas tiran de los sulquis
trotando suavemente
alrededor de las desmanteladas ferias
cerca del lago Buckeye.
Los bloques de arsénica de un manantial
enfrían el musgo verde oscuro.
El sol flota bajo, un pequeño limón dorado se disuelve
en el agua.
Sueño, mientras me inclino en el borde, con boca de cangrejo.
Las bodegas de las casas embrujadas son como antiguas ciudades,
caídas detrás de una gran pila de manzanas.
Una viuda en el porche frunce sus labios
y susurra.
Poemas originales
As I step over a puddle at the end of winter, I think of an ancient chinese governor
And how can I, born in evil days
And fresh from failure, ask a kindness
of Fate?
—Written A.D. 819
Po Chu-i, balding old politician,
What’s the use?
I think of you,
Uneasily entering the gorges of the Yang-Tze,
When you were being towed up the rapids
Toward some political job or other
In the city of Chungshou.
You made it, I guess,
By dark.
But it is 1 960, it is almost spring again,
And the tall rocks of Minneapolis
Build me my own black twilight
Of bamboo ropes and waters.
Where is Yuan Chen, the friend you loved?
Where is the sea, that once solved the whole loneliness
Of the Midwest? Where is Minneapolis? I can see nothing
But the great terrible oak tree darkening with winter.
Did you find the city of isolated men beyond mountains?
Or have you been holding the end of a frayed rope
For a thousand years?
§
Stages on a journey westward
1.
I began in Ohio.
I still dream of home.
Near Mansfield, enormous dobbins enter dark barns in
autumn,
Where they can be lazy, where they can munch little apples,
Or sleep long.
But by night now, in the bread lines my father
Prowls, I cannot find him: So far off,
1 500 miles or so away, and yet
I can hardy sleep.
In a blue rag the old man limps to my bed,
Leading a blind horse
Of gentleness.
In 1932, grimy with machinery, he sang me
A lullaby of a goosegirl.
Outside the house, the slag heaps waited.
2.
In western Minnesota, just now,
I slept again.
In my dream, I crouched over a fire.
The only human beings between me and the Pacific Ocean
Were old Indians, who wanted to kill me.
They squat and stare for hours into small fires
Far off in the mountains.
The blades of their hatchets are dirty with the grease
Of huge, silent buffaloes.
3.
It is dawn.
I am shivering,
Even beneath a huge eiderdown.
I came in last night, drunk,
And left the oil stove cold.
I listen a long time, now, to the flurries.
Snow howls all around me, out of the abandoned prairies.
It sounds like the voices of bums and gamblers,
Rattling through the bare nineteenth-century whorehouses
In Nevada.
4.
Defeated for re-election,
The half-educated sheriff of Mukilteo, Washington,
Has been drinking again.
He leads me up the cliff, tottering.
Both drunk, we stand among the graves.
Miners paused here on the way up to Alaska.
Angry, they spaded their broken women’s bodies
Into ditches of crab grass.
I lie down between tombstones.
At the bottom of the cliff
America is over and done with.
America,
Plunged into the dark furrows
Of the sea again.
§
Miners
1.
The police are probing tonight for the bodies
Of children in the black waters
Of the suburbs.
2.
Below the chemical riffles of the Ohio River,
Grappling hooks
Drag delicately about, between skiff hulks and sand shoals,
Until they clasp
Fingers.
3.
Somewhere in a vein of Bridgeport, Ohio;
Deep in a coal hill behind Hanna’s name;
Below the tipples, and dark as a drowsy woodchuck;
A man, alone,
Stumbles upon the outside locks of a grave, whispering
Oh let me in.
4.
Many American women mount long stairs
In the shafts of houses,
Fall asleep, and emerge suddenly into tottering palaces.
§
In Ohio
White mares lashed to the sulky carriages
Trot softly
Around the dismantled fairgrounds
Near Buckeye Lake.
The sandstone blocks of a wellspring
Cool dark green moss.
The sun floats down, a small golden lemon dissolves
In the water.
I dream, as I lean over the edge, of a crawdad’s mouth.
The cellars of haunted houses are like ancient cities,
Fallen behind a big heap of apples.
A widow on a front porch puckers her lips
And whispers.
Trad. Diego L. García
(Fuente: Jámpster)
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