viernes, 7 de mayo de 2021

Horacio Castillo (Ensenada, Buenos Aires, 1934 - La Plata, 2010)

 

 

CLAUSURA DEFINITIVA DEL ZOOLÓGICO MUNICIPAL
 
 

“He that made this knows all the cost,
For the gave all his heart and lost”
“Never Give all the Heart”, William Butler
Yeats 
 
 
Estuve tan cerca de algunas personas
que, de elegirse a sí mismas, sólo saldrían
de sus agujeros mostrándose equivocadas.
No hay que dejarse llevar por las apariencias:
cuando caiga la tarde, la noche se volverá
un recuerdo de la luz eléctrica. De un momento
a otro, me encontrarán del todo despierto,
escuchando mi propia voz de lunático, como
si arrojara cáscaras de maní contra una lámpara
de 60 watts, sin transcendencia. Las palabras
se pisan los talones una a otra, y caen como piezas
de dominó apiladas para un juego que dura apenas
un vistazo. Después de un tiempo, el viejo mono
de Horacio Castillo continúa con las manos
en la cara delante de la tumba del cuidador,
que durmió por pereza y sigue dormido. Antes,
se ponía furioso y amargado, hecho un mar
de lágrimas toda vez que me burlaba de él,
mientras unos sujetos solían avisarse por señas
cuando estaba cerca. Es muy natural, no pueden
reconocerme, cambié de golpe, como si al mismo
tiempo me salpicara una gota de ácido en la cara
y con ello abrirme paso a una nueva experiencia,
una que sepamos todos. Si cuando tenía diecisiete
años, por alguna fantasmagoría, hubiera podido
ver mi vida tal como es ahora, ¿qué habría sentido?
Hay gente que tiene la delicadeza de esconderse
entre las cabezas de ganado, y después asomar
como si nada, con un registro completo de nuestras
acciones futuras. Ni siquiera intervienen cada vez
que observan una mosca en la telaraña. Mi fantasía
trabajó tanto para alejarla, que ya no la encuentro.
 
 
 
(Fuente: Mario Arteca)

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