miércoles, 12 de mayo de 2021

Gabriel Ferrater, (Reus, Tarragona, 1922 – San Cugat del Vallés, Barcelona, 1972)


Los juegos

 

Vivir en un barrio periférico nos induce
a caminar inquietos, como si quisiéramos
encontrar un asomo de certeza, algún
sentido más firme que el tabique
y la montaña de vigas comidas por la costra
de polvo y antiguas lluvias, y la tienda
de los helados, con las nenas que patinan
en la acera, y son seis para un par
de patines estridentes. Llego hasta
el club de tenis Barcelona, que es
un club de ricos, y voy mirando los coches
estacionados en la puerta, llenos
de la buena voluntad de ser coches
de ricos: es decir, de tener
una cierta alma. Hay un MG
deportivo, del nuevo modelo reducido
que no hace mucho leí que ha sido
hecho para une certaine cauche d'achateurs
qui trouvent les modèles existants trop chers:
es decir los ricos barceloneses, supongo.
Voy bordeando la reja. En una esquina
hay una cancha descuidada a la que confinan
a los niños principiantes, y siempre se les van
las pelotas afuera. Sale el niño, ruborizado
(y de blanco immaculado, pues en el juego
no pone demasiada convicción). Se asusta
cuando ve afuera unos algarrobos dramáticos
y unos niños muy sucios que juegan al fútbol
tan torpemente como él al tenis: aunque
con más viveza, eso sí. Ya conoce el miedo
y desde la puerta, busca con la mirada
la pelota y no abandona su refugio
hasta que la ve. La coge, y vuelve
corriendo, muerto de vergüenza si tropieza
y se eleva el grito jubiloso de los niños
ante una mancha en su ropa inmaculada.
Sigo paseando, y ya sé adónde me dirijo.
Hay otro campo de juego, en el patio de una
fábrica de productos farmacéuticos.
Aquí al atardecer se juega al básquet.
Hombres y mujeres, juntos, alargan
el día tanto como pueden, bajo los flecos
de seca grisura que se adensa.
Pero no juegan para reírse. Se ríen,
pero juegan al básquet, y se entrenan
para el juego en equipo, prueban posiciones
en el campo, las cambian, las combinan.
Me gusta la forma de jugar
de una chica. Demasiado alta. Lleva una remera
a rayas finas, amarillas y rojas.
No es buena para tirar a la canasta:
con suerte la pelota se duerme
en la anilla de hierro, demora
la caída. Si cae dentro, vencida,
la chica lanza un grito y una risotada:
tiene la voz áspera, como las grandes aves.
Pero combina bien, y tiene un buen amigo
en el juego: el mejor de los que allí juegan.
Recibe la pelota de la chica, y no
la juega: ella, de golpe, se larga a correr,
recibe la pelota desmarcada y, precisa,
la devuelve y, preciso, él tira suavemente.
Yo, que soy un doctrinario, lleno
de odios intelectuales, no puedo convencerme
de que no quieran decir nada cuando juegan,
hartos de hacer paquetes o de escribir a máquina.
Si ahora los miro y siento simpatía
por ellos, quiero creer que ellos me dan un sentido
dentro del juego de los sentidos con que me distraen
aunque los tenga tan mal trabados. Quiero creer
que los movimientos precisos de estos cuerpos
son un buen antecedente, no sé de qué.

 

Traducción de Edgardo Dobry y Andrés Ehrenhaus.
 
 
 
(Fuente: Ricardo Ruiz)

 

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