Derecho de autor
¿Para qué la poesía si los barcos
no pueden volar a contramano,
Si la virgen no encuentra su adagio
en el inspirado beso del semental?
Crédulos (o no) los relojes
deberían ser pájaros y piedras a su modo
¿Por qué no camaleones de un solo color?
Cada poema una isla dentro de otra isla
Un libro desierto donde el náufrago se escriba a sí mismo
Y nosotros, meros bastardos del Dante,
espantapájaros de nieve en un infierno
que embriaga sus nueve lenguas en agua bendita
¿Para qué la poesía entonces
si la palabra no se desnuda en público,
unta las sábanas con su esperma negra
o copula con el mar dentro de una botella?
Es derecho de autor dejar
último en la fila entre paréntesis
al creador del tajo y la cicatriz
Hacer que el mundo vuelva a ser nuevo
e igual de cuadrado
Una hoja en blanco donde los ciegos lean
La poesía es la ley y también la trampa.
(Del libro Tupé)
Eslabones
En el ancestral mecanismo de ese insecto
que se repliega como el revés de la rosa
de cara al peligro inminente (el pie o la rueda)
leo a un hombre y a una mujer repitiendo
su misma estratagema de supervivencia.
Con las herramientas que manipula el instinto
tratan de salvar un castillo en medio del mar
por ser de arena esa red de amor que destejieron.
Así hasta que una gaviota irrumpe desde la postal
de una tempestad ajena y audaz despeña su ansia
hacia el capullo de piel en que ambos tornaron.
Con la caligrafía de los desesperados
hombre y mujer, insecto o gaviota, deciden legarnos
la enseñanza de que el ciclo de la vida
también aquí deberá cerrar con final abierto.
(Del libro Placebos)
Ojodrilos
Ojo con esas miradas
que te muerden
como los espejos que se salen
de cuadro para ser parte
de la foto
Yo les llamo ojodrilos
Y a los ojodrilos hay que temerles
como a las piedras
que no responden a la física
o a las amantes que se desentienden
de la química
Los ojodrilos son peores
que el hambre
Mucho peor que un secreto o el óxido
Te comen sólo para saber qué gusto
tiene lo que tenés
trabajando en la punta de la lengua.
(De Ojodrilos, inédito)
Un poeta por día
El perro que en mí ladra vale un hombre que reza
Gabriel Celaya, Lo demás es silencio
Anoche soñé con perros
No los románticos de Bolaño
ni los de la melancólica lluvia de Waits
Mastines del Doctor Moreau eran
Esa rara especie de bestias que llevan la rabia por bandera
y sólo se permiten comer un poeta por día
Los soñaba saboteando el osario de mi amada
Y mientras yo me dejaba guiar por el faro del celo
ellos mordían desgarraban masticaban
hasta que al tragar mi corazón atiborrado de tinta
despertaron de golpe y ya no volvieron a ser los mismos
¡Volaban! Atravesados de plumas volaban.
(De La lengua del ahorcado)
(Fuente: El poeta ocasional)
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