miércoles, 14 de abril de 2021

Rocío Silva-Santisteban (Lima, Perú, 1963)

 

 

Tiempos de carencia

 

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Domingo. Despierto con el ruido del mar
golpeando la pared del acantilado
tengo el libro de Eliot sobre las piernas
al frente, en la cuna, la niña infla los cachetes y parece
que va a pronunciar la magnífica palabra.
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Pero sólo gime y solloza. La llamo por su nombre
ella restriega sus ojos con las manos regordetas
y desde mis piernas la extraña sonrisa de Mr. Thomas Stearn
es una censura, una amenaza
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la niña lanza un grito
aprieta los dientes, las encías enrojecen
y yo apaciblemente sentada sobre una manta
me convierto en la voyeur de ese placer.
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Puja, hija mía, puja
esperemos con los dedos entrelazados
la sentencia.
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Mr. Thomas Stearn partido en dos por la solapa del libro
me mira fijamente
el iris claro típico de los perversos
y la sonrisa de los bancarios, agestada.
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Dime algo, por qué no me dices nada. Habla
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y sigue pujando hasta que puedas contar
tus excrementos o tus muertos
no se sabe cuántos son ya, mantienen
un sabor misterioso que sólo se siente
en el fondo del paladar.
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Las plazas se llenan de visiones y de sombras, ojeras
tras ojeras en las colas por un kilo de azúcar
una miga de pan.
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Todos estamos aquí con nuestras manos lacradas.
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Extiende una vez más esas manos. Implora. Reza.
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Yo abro las piernas y dejo
que él fornique sobre mí como un cerdo
como un cerdo rosado
-frota tu sucio placer, ¡frótamelo!-
por un kilo de azúcar
una lata de leche.
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Puja, hija mía, puja
es lo único que me interesa, eso
y rayar esta hoja en blanco
el olor de amoníaco en la batea
y la mitad de un pollo muerto.
 
 
 
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En Las hijas del terror. Copé. Perú. 2007. 
 
 
(Fuente: Griselda García)

 

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