sábado, 10 de abril de 2021

Luis Bacigalupo (Buenos Aires, 1958)

 

 

CAMINO AL CEMENTERIO

 
El rocío en la gramilla
bajo el caracol que acaricia el sol rasante
mientras la bruma disuelve la mañana
con lentitud temprana pero con actitud
los pájaros
entonan una heroica cantata de Prokofiev
y un ladrido proveniente del bosque amortaja
el aire frío y luminoso
ahora luctuoso
 
basta no mirar
para que los pensamientos se evaporen al sol
como el rocío en la gramilla bajo el caracol
el rumor persiste en la mañana
de un gusano que ríe y roe
su manzana
 
las aguas
empiezan a entibiarse
por no morir
no hay razón para decir cuándo, en fin
terminarán de hacerlo
siempre es mejor empezar que deambular
de una orilla a otra
llega una música sencilla
y su adversidad
 
un complejo de percepciones vagas alienta
las peripecias del aire, simples por invisibles
cuerpos tiznados de muerte, aquí
la ausencia es percibida en toda su extensión
en el colmo de sus profecías
de una forma y un temblor de hoja, de ala
de beso
 
en el mismo sitio el caracol está y no está
y su blanda voluntad surca el borde de lo verde
nada en él permanece en nada
gramilla con rocío aún hay y no hay
no es un modo de permanecer en la terquedad
de una evidencia
no es manera de que la marea dé con la verdad
siendo que los pensamientos no son impulsos
de una sola corriente, siendo que
fluyen y no fluyen en ella, afloran
a través de otra, salvaje y divergente
las que no lo son no corren
aguas tiesas
bajo estado de ataraxia
por un instante creo estar allí
tardo en despertar, pero despierto estando
aún dormido
todavía quieto en las aguas yertas
olitas de pensamientos lanceolados rompen
contra la calma que adopta la forma
de una rompiente y su métrica
 
materia
de mi oreja fraguada en el oleaje
de una espuma viscosa
verde salpica mi pie y lo cuece
crecen mis pensamientos como hojas
de un tallo endeble
 
a veces es preciso hacer el intento
nadar o hacer como
ya que todo es olvido en la bañera
sopor o ensoñación entre vapores
de una cocción letal
luego, en el espejo empañado por azar
u olvido, el nadador se ahoga,
entre técnica y tenacidad,
en su propio estilo
 
el follaje
impide ver algún vestigio de verdad
pero el viento sopla
como queriendo apagar un fuego
sopla su misericordia
esa música que enervara
los acontecimientos mínimos del mar
su amarga quietud
en la sacra prudencia del esternón
 
y a continuación acontece un aire quieto también
y en los confines del bosque esa calma trae
mares de una lluvia vaciada de inminencia
fría, copiosa y lenta esta lluvia al fin se atonta
 
adiós, sin más, adiós
y yo me alejo con la parsimonia del caracol
y el triunfo al fin de la tristeza
sobre la resignación.

 

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