viernes, 9 de abril de 2021

Atila Luis Karlovich (Colombia, 1953) Reside en Buenos Aires

 

 

TRISTEZAS DE LOS MUSEOS 
 
 

aquí están las momias de los cocodrilos,
las niñas sacrificadas en las alturas de la cordillera,
las narices de las diosas,
la cincha de páez y el rebenque de güemes,
sesudas instalaciones y conceptos pueriles,
los palmos milesimales de las cámaras de imhotep,
(les morts et ses machines á habiter),
expresionismos y maestros antiguos,
los oros que no alcanzó a fundir españa,
la pipa de magritte y el urinario de duchamps,
cariátides lascivas y sarcófagos rapiñados,
emergentes testimoniales
de las caletas de tanto vampiro filántropo,
los arcángeles arcabuceros,
las gruesas lágrimas de las vírgenes,
los cristos azotados,
arrancados sin piedad de sus altares andinos.
 
del otro lado estamos
nosotros,
los que hojeamos el pasado,
sorbiendo sus utilidades y sus perjuicios,
absortos y hastiados algunos,
frívolos e interpretativos otros,
perplejos todos,
turistas como los de la fábula de nietzsche,
sacándonos selfis
en los polvorientos depósitos de la historia.
 
aquí no se llora, aquí no se reza:
mandan los celadores
y todo huele a conservantes permitidos y emoción acotada.
 
hay veces que nos aflige el destino de las obras encumbradas,
tan solitarias en sus altos y lábiles sitiales,
la pietá de los martillazos,
la venus acuchillada,
los nenúfares que se esconden aterrados del ácido vivo,
la monalisa y su sonrisa que persiste pertinaz
a pesar de las filas insolentes,
a pesar del blindex irrespirable,
las centrípetas meninas y sus sueños secretos de saltar por el marco,
el horror vacui que aprieta los cuerpos de las gordas de fernando botero,
el guernica estremecido,
las súplicas que su arrodillado eleva al ventanuco,
su caballo carnivorescente,
sus grises corrosivos que brincan,
por mis insomnios.
 
a veces hay rebeldía en las piezas menores:
es como si un maestrico anónimo del cuattrocento me sonriera bellaco,
como si una humilde urna del cáucaso
me interpelara insolente,
como si al freno que mordía una jaca velluda
que emerge de entre las cien mil tropillas mongoles
urgiera hablarme en impacientes lenguajes esteparios,
como si me recriminara malamente su destino de expuesto numerado
una hebilla que en la espesa cabellera flagrante de una druida
reflejaba gloriosa la luna en noches de robledal,
o como si furiosa interpusiese acción de tutela la nariguera
que un orfebre forjó para que el acezo excitado
de una ñusta enturbiara de pasiones oscuras
la frialdad residual del calenturiento metal.
 
por regla, sin embargo, prevalece
entre los expuestos
el rictus mediomanañero de las señoritas
en las esquinas del barrio santa fe,
las que anhelan redención
al paso agobiado de la pantera de rilke en su jaula,
desfilando resignadas su languidez de trabajadoras exhaustas,
pisando frágiles, doloridas,
callando su destiempo
tras tanto andar y desandar barrotes e intersticios.
 
en aquellos recintos
el arrume de estas tristezas
que pasan encima de mí.
.
¡que diosito se apiade de ellas!

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario