sábado, 10 de abril de 2021

Anna Ajmátova (Rusia, 1889-1966)

 

 



Llega la noche y en el oscuro cielo
donde no hace tanto el templo de Jerusalén
brillaba misterioso y magnífico,
tan sólo dos estrellas brillan entre confusas ramas,
y la nieve no parece caer, sino
volar de todos lados despegándose del suelo,
perezosa, cariñosa y con cautela.
Aquella tarde fue extraño mi paseo:
cuando salí, golpeó mi vista
una luz transparente en los rostros, en las casas,
como si por doquier yacieran pétalos
de aquellas rosáceas-amarillas diminutas rosas
cuyo nombre ahora he olvidado.
El aire seco, quieto, de la helada
tanto guardaba y mimaba cada sonido
que pensé por un momento: no existe ya el silencio.
Y sobre el puente, a través del oxidado barandal
los niños metían sus manos enfundadas en guantes
y daban de comer a hambrientos patos de variadas pintas
que se bañaban en un agujero de hielo, negro como tinta.
Y me dije: no puede ser que alguna
vez llegue a olvidar esto.
Y si me espera un camino difícil
ésta es la carga, ligera, que se aviene a mis fuerzas,
que podré llevar conmigo: y en la vejez, enferma,
quizá en la indigencia, recordar
este ocaso llameante, cuán plena era
mi alma entonces, y cuánto encanto encerraba la vida.

(1914-1916)

Trad. José Manuel Prieto González

***

 

(Fuente: Ada lírica)

 

 

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