jueves, 9 de julio de 2020
Edmond Jabès (Egipto, 1912 - París, 1991)
Ante el espejo, Sara desnuda contempla su cuerpo. Si se demora en examinarlo con detalle, es porque sabe que se Ie escapa.
¿Quién es dueño absoluto de su cuerpo? Se puede hacer callar o hablar al alma. Podemos refugiarnos enteramente en ella; ¿pero en el cuerpo?
En torno de Sara, mujeres y hombres son detenidos por sus cuerpos; en los registros de policía se los designa como “cuerpos de pertenencia judía”. No hay documento de identidad para las almas.
Ella escruta su rostro enflaquecido que la atemoriza, porque detrás de él ya entrevé el de los nuevos mártires de Ia ideología ambiente.
Estamos en 1942, en Francia.
¿Qué haces Sara ante el espejo, treintaidós años después? ¿Como si el desastre te hubiese omitido?
《Oh, Sara, escribió Yukel, tu cuerpo tiene la belleza sobrecogedora de los lejanos paisajes de la infancia que eclipsan al más reputado de los sitios.》
(¿No sé ya en qué época vivo, en cuál minuto?
Acodado en su ventana, Yukel interroga el vacío. Sara lee una carta de Yukel. Yael se ha apartado de la multitud densa que cruza en todos los sentidos la plaza de la ópera y me hace señas con esa misma mano que antaño alineaba palabras de amor sobre papel azul, destinadas a su amante.
—Antaño, es decir en aquel tiempo sorprendente que el libro desmonta para desperdigar las partes.
… en ese tiempo sorprendente de nuestro otoño tapizado de misivas miserables.)
《Nuestra historia jamás será otra cosa que la historia de un libro en la transparencia de los días difuntos, donde se hojea la semejanza》, escribió Sara a Yukel.
En El libro de las semejanzas.
Alfaguara
Trad. Saúl Yurkievich
(Fuente: Las microfisuras)
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