Poemas de
Quebrada de la Virgen
1
Fray
Angélico pintaba
a Jesús y
a la Madona
de
rodillas.
¿Qué daría
yo,
minúsculo
monje
laico, fraile menor
de alguna
Orden extinta
por
prosternarme ahora
que
intento describir
este olor
inocente de la tierra,
la
redonda castidad
que
perfuma hoy este mundo
donde
hasta el ruido torpe del camión,
el canto
lejanísimo del gallo
e incluso
el sudor, feliz,
de mis
axilas
se confunden
en un
aroma hímnico, en la antífona solar
que
entona el aire virgen?
2
“…el cantus firmus, la
melodía central
en torno a la cual cantan las otras voces
de la
vida”
Dietrich Bonhoeffer
Adoré
antes cada dádiva de Eros
Ahora sé
que en todos mis deseos
ardes Tú
-invicto y detergente-
como la
luz, delfín pulquérrimo,
nada y
salta en los colores
sin
mancharse con ellos
3
Lezama,
hoy voy a orar contigo:
todo es
metáfora de todo.
Las
cosas, mirándose las unas en las otras,
son
espejos en el reino de la imagen.
Por
ejemplo, aquella acacia sola,
como si
en verdad me adivinara,
enseña
ahora, bajo el silencio cóncavo del cielo,
el
tiritante,
el
retorcido,
el exacto
crucifijo de dos ramas
que ya no
ampara el follaje.
Pero un
poco más allá, un eje calmo
en la
corriente clara del arroyo
me revela
de pronto la naturaleza
del
tiempo (y la resurrección):
no
arrastra a la piedra el agua ávida,
¡sólo la
pule!
4
Lugar
común desinfectado,
hoy
resplandece lo humilde
de tan obvio:
sólo en
silencio
descubro
que
Suenas
5
“Belleza....santa perra”
Juan Sánchez Peláez
Lo
aprendo aquí, sobre estos cerros,
bajo
estas nubes buenas: ahora existe
una
fiesta celebrándose en la carne
de la
intemperie triste de las cosas
(¿dónde
duele ese picotazo de la luz,
cuándo
vibra esa cadencia de las formas?)
Momentos
al garete en que la yerta,
insultada
materia se vuelve ceremonia,
liturgia
móvil de líneas y volúmenes
incendiándote
los ojos que no aguantan,
que no
soportan ya tanto ladrido
de la
perra feliz, incandescente,
llamando
enamorada a su Señor,
a la
ebria presencia de su Amo.
6
“Treinta años hace que no te invocaba”
Dámaso
Alonso
Aunque
poeta menor, no soy el inocente
Berceo
que conversaba contigo sobre el pan
cotidiano
y moreno de los pobres.
Apenas
soy un Epulón, que ya presiente
el fasto
final de su miseria: la mirada
de Lázaro
colmada.
Tú sabes
que el
camello, gordo y de buen precio,
mira con
horror la puerta estrecha
del ojo
de la aguja.
Torre de
Marfil, con la que mido
mi
risible Babel de biblioteca, puntual mesa,
neón
oficinista, limpia cama
(¿quién
podrá aherrojar el Arca de la Alianza
donde
nace el Pacto con los últimos,
humillados
y
proscritos,
Mater
Páuperum?
¿no está
ya la Rosa Mística
plantada
para siempre en “Nazareth” -así se llama
la
escuelita de un barrio de Caracas-?)
Pero
quizá no es tarde, todavía:
frente al
Dios masacrado que arrullaste,
olvidado
de sí el rostro de Narciso
contempla
en el agua de las lágrimas
el Espejo
de Justicia, tu
óvalo
perfecto
9
Me
recuerdo
a
expensas de las ráfagas de música
mientras
aquel terco, helado espejo
devolvía
mi rostro iluminado
donde el
alcohol ya empezaba a dibujar
la náusea
de caer, harto de mí,
en
cualquier cuerpo, como en mi propia tumba.
Como
entonces, apronta Tú mañana y siempre
aquella
flor menuda junto al piano
-imposible
loto zen en el bazar-,
la flor
que nadie mira, erguida sólo
para
arrasar de lágrimas mis ojos
con el
estupor feliz, con la vergüenza.
10
El sabor
del agua después de gustar la picadura
holandesa
de mi pipa.
El rojo
asoleado del capó de un automóvil
donde
canta la salud del siglo XX.
La terca,
muda, compacta verticalidad de la pared
sacramento
de la paciencia de las cosas
soportando,
día tras día, el desorden de mi cuarto.
Los
tristísimos ojos de Charles Baudelaire
-fotografiados
ahí, sobre la mesa-
mendigos
aún de la hermosura.
La
silueta del gato visto anoche
jadeante
y sigilosa como la luna de Edith Piaf.
La
torpeza de aquel piano -tres apartamentos más abajo-
donde las
manos de alguna pálida vecina
ensayaban a Chopin
(bendito
seas, Señor, en esta tarde cargada de misiles,
porque
resuenan fragantes todavía la tos almidonada
y el frac
y el malabar y la lavanda musical de Federico).
Aquel
epicúreo rectángulo de sombra bajo el porche.
El color
de la trinitaria en el crepúsculo
recordándome
otra tarde en Nicaragua
en que
bebí morado líquido (un jugo casual de pitahaya)
La risa
de Miguel, para saber que existe el Paraíso
en la
franja tropical de la memoria.
Haría
falta también nombrar el cuento múltiple
de lo que
me hace más sabio a su contacto:
el 3er.
movimiento de la 9a. de Beethoven,
el
cósmico juguete que son los dedos de Thelonius
tocando
“Round Midnigth”, un solo lentísimo de Parker
-por
ejemplo, “Lover Man”- en la mañana
cuando el
abrazo se demora, insiste, recomienza
aquel
poema de Ezra Pound, el que termina:
“…la
aurora entra en el cuarto,
con
pasitos menudos,
como una
dorada Pavlova…”,
ciertas
páginas calientes de Lezama
en que
huele a malecón, las olas rompen
e incluso
el mar tiene un color de daikirí,
aquella
última secuencia de la película de Chaplin
(la
ex-ciega y el mendigo se consuelan
de su
imposible amor, con la mirada).
Enumeraría
igualmente esos instantes
inocentes,
su gloriosa mansedumbre
que no
vistió, desde luego, a Salomón:
el
momento más justo del acorde,
la
simetría sedante del paisaje,
la
esbeltez japonesa de la curva,
la
gravidez sonora del volumen,
la santa
promiscuidad de los colores:
me
refiero a Tus poemas menudos dibujando
la
infinita secuencia de la anécdota
que le
cuenta a mi muerte Scherezada
en la
penúltima, horrenda, bella noche.
(A Miguel
Martínez)
(Fuente: La Parada poética)
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