LO
QUE VI a través del ventanal;
el muñeco de nieve
derritiéndose
como si soportara el peso de
millones de cosas.
Me sentí culpable de lo que
equivaldría a su muerte.
Entré en la cocina y encontré
una jarra de agua sucia,
busqué un vaso, lo hallé al
subir al trineo
en donde ella manipulaba un
bibilot;
si lo agitaba, los pájaros
muertos que flotaban en el lago
regresaban al cielo en
estampida.
Lamenté no haber insistido para
que me llevara con ella.
Antes de irse me dijo:
«hay
que colocarlos bien, si no el viento los tira al suelo»
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TE
CAES DE un caballo que cierra los ojos
y lo
siguiente que sé
es que
tu cuerpo descansa desnudo
sobre
un piano de cola
junto a
un búcaro de flores recién cortadas.
¿No
sería más fácil extender los brazos
antes
de guardar la bicicleta
en el
hueco de la escalera?
Sonaría
una música distinta.
Al
aproximarme a la mesilla de noche
(donde
la luz es aún más tenue)
me doy
cuenta de que el caballo respira con alivio.
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OTRO
PAISAJE ES este;
latentes
árboles
hombre-sueño,
mariposa en reposo
disfraces
de todas las muertes.
Seda
cruda sobre los codiciosos escalofríos.
De La
mujer abolida
El
Desvelo ediciones
(Fuente: Papeles de Pablo Müller)
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