La caza
A mayor impertinencia
el tiempo castiga con sus manos
pulcras, pone a escurrir las
galas
del difunto y de un sólo trago
se bebe
la pócima.
Si fuera el allegado antiguo
que ha venido a recuperar su
tesoro
enterrado en la grava —un par
de monedas y una alfombra raída,
un coche de guardias y una
muñeca
de yeso—
pero no.
Grita tu nombre y se deja poseer
por la extraña silueta. Se
compara
a quien tú ya sabes de sobra:
idéntico
rostro avejentado, los brazos
que penden,
inútiles, del cuerpo.
Igual que monigote.
Ahora que estamos tú y yo
solos y nadie nos molesta. Ahora
que descubro en tu sombra
picotear
tus dientes un pájaro espantoso
y olvidarte sin ganas.
A tanto amor le acribillan
tres minutos de lluvia.
O no es eso. Sobre tu carne
maldita ellos secan palabras.
A la que falta
(Fuente: Papeles de Pablo Müller)
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