sábado, 6 de junio de 2020

Blaise Cendrars (Suiza, 1887- Francia, 1961)



PROSA DEL TRANSIBERIANO Y DE LA PEQUEÑA JUANA DE FRANCIA



Ded­i­cada a los músicos

En aquel tiempo estaba yo en mi adolescencia
Tenía ape­nas dieciséis años y de la infan­cia ya nada recordaba
Me hal­laba a dieciséis leguas de mi lugar de nacimiento
Me hal­laba en Moscú, en la ciu­dad de los mil y tres cam­pa­narios y de las siete esta­ciones de tren
Pero mi ado­les­cen­cia era de tal modo ardi­ente, de tal modo loca
Que mi corazón, vuelta a vuelta, se incen­di­aba como el tem­plo de Éfeso o como la Plaza Roja de Moscú
Cuando se pone el sol
Y mis ojos se ilu­mina­ban de caminos antiguos
Y yo era ya tan mal poeta
Que no sabía lle­gar hasta el final.

El Krem­lin parecía un inmenso pas­tel tártaro
Todo cro­cante de oro
Con las grandes almen­dras de las cat­e­drales entera­mente blancas
Y el oro meloso de las campanas…

Un viejo monje me leía la leyenda de Novgorod
Tenía sed
Y descifraba car­ac­teres cuneiformes
Luego, repenti­na­mente, las palo­mas del Espíritu Santo volaron sobre la plaza
Y mis manos volaron tam­bién con un rumor de albatros
Y esto fue el recuerdo último del último día
Del último viaje
Y del mar.

Sin embargo era yo demasi­ado mal poeta
No sabía lle­gar hasta el final
Estaba ham­bri­ento
Y hubiera querido beber y quebrantar
Todos los días y todas las mujeres en los cafés y todos los vasos
Y todas las vidri­eras y todas las calles
Y todas las casas y todas las vías
Y todas las ruedas de los coches de plaza rodando en tor­bellino sobre el mal pavimento.
Hundir­los hubiera querido en una hoguera de espadas
Y hubiera querido trit­u­rar todos los huesos
Arran­car todas las lenguas
Licuar esos grandes cuer­pos extraños bajo enlo­que­ce­dores vestidos…
Yo pre­sentí la venida del gran Cristo rojo de la rev­olu­ción rusa…
Y el sol era una herida maligna
Abrién­dose como un brasero.

En aquel tiempo estaba yo en la adolescencia
Tenía ape­nas dieciséis años y de mi nacimiento ya nada recordaba
Estaba en Moscú, donde intentaba ali­men­ta­rme de llamas
Y no había sufi­cientes tor­res ni esta­ciones que con­ste­laran mis ojos
En Siberia tron­aba el cañón, era la guerra
El ham­bre el frío la peste el cólera
Y las aguas cenagosas del Amor acar­re­ando mil­lones de carroñas
En las esta­ciones veía la par­tida de los últi­mos trenes
Nadie con­seguía via­jar pues estaba can­ce­lada la venta de boletos
Y los sol­da­dos que se iban bien hubiesen preferido quedarse
Un viejo monje me cantaba la leyenda de Novgorod.

Yo, el mal poeta que no quería ir a ningún lado, podía ir a todos
Y tam­bién los mer­caderes con­serv­a­ban dinero suficiente
Para ten­tar fortuna
Su tren partía en la mañana cada viernes
Se comentaba que había muchos muertos
Uno de aquél­los llev­aba cien cajas de des­per­ta­dores y relo­jes cucú orig­i­nar­ios de la Selva Negra
Otro, ataúdes de Mal­moe llenos de latas de con­serva y de sar­di­nas en aceite
Pero había además muchas mujeres
Mujeres cuyas entre­pier­nas de alquiler podían asimismo servir
Como ataúdes
Todas ellas esta­ban patentadas
Se decía que había muchos muertos
Las mujeres via­ja­ban por pre­cios reducidos
Y cada una era dueña de una cuenta bancaria.

Así, un viernes de mañana, llegó por fin mi turno
Yo partía además para acom­pañar al mer­cader de alha­jas que debía lle­gar hasta Karvina
Teníamos dos com­par­ti­men­tos del expreso y treinta y cua­tro cofres con joyas de Pforzheim
Baratija “Made in Germany”
Mi ropa era nueva pero subi­endo al tren perdí un botón
–Lo recuerdo, lo recuerdo, he pen­sado a menudo en este incidente–
Me recostaba con­tra los cofres y era feliz pues podía jugar con la Brown­ing nique­lada que el via­jante de joyas me había regalado.

Estaba muy feliz despreocupado
Imag­in­aba jugar a los ladrones
Habíamos robado el tesoro de Golconda
E íbamos, gra­cias al tran­si­beri­ano, a ocul­tarlo del otro lado del mundo
Debía defend­erlo de los ladrones del Ural que habían ata­cado a los saltim­ban­quis de Julio Verne
De los kun­guzes, de los bóx­ers de la China
Y de los rabiosos pequeños mon­goles del Gran Lama
Alí Babá y los cuarenta ladrones
Y los fieles del ter­ri­ble Viejo de la Montaña
Y, sobre todo, debía defend­erlo con­tra los más modernos
Las ratas de hotel,
O los espe­cial­is­tas de expre­sos internacionales.

Y sin embargo, sin embargo
Iba triste como un niño
Los rit­mos del tren
La moëlle chemin-de-fer de los psiquia­tras americanos
El ruido de puer­tas de voces de ejes chirri­antes sobre rieles congelados
El oro de mi porvenir
Mi Brown­ing el piano las maldiciones de los jugadores de car­tas en el com­par­ti­mento vecino
La sobrecoge­dora pres­en­cia de Juana
El hom­bre de anteo­jos azules que se paseaba nerviosa­mente en el corre­dor mirán­dome al pasar
Roce de mujeres
El sil­bido del motor
El eterno ruido de las ruedas en locura por los car­riles del cielo
Los vidrios esta­ban congelados
¡Nada de naturaleza!
Y detrás la plani­cie siberi­ana el cielo bajo y las grandes som­bras de los tac­i­turnos que suben y descienden

Estoy acostado sobre una manta escocesa
Y la Europa entera obser­vada de pronto desde un tren expreso a todo vapor
Ape­nas es más rica que mi vida
Mi pobre vida
Esta manta
Deshi­lachada sobre los cofres reple­tos de oro
Con los cuales ruedo
Sueño
Fumo
Mien­tras el único fuego del universo
Es ape­nas un pobre pensamiento…

Desde lo íntimo de mi corazón las lágri­mas acuden
Si pienso, Amor, en mi querida
Ella no es sino una niña que encon­tré así de
Pál­ida, así de triste en el fondo de un burdel.

No es sino una niña, rubia, rei­dora y triste
Que jamás son­ríe, que no llora jamás;
Pero en el fondo de sus ojos, cuando ella, ahí, les per­mite beber,
Tiem­bla un dulce lirio de plata, la flor del poeta.

Ella es dulce y callada, sin ningún reproche
Con un pro­lon­gado sobre­salto cuando alguno de ust­edes se aproxima
Pero cuando soy yo quien va hacia ella, de aquí, de allá, festivo
Hace entonces un paso, después cierra los ojos  –y hace un paso
Porque ella es mi amor y las demás mujeres
No tienen sino ropa­jes de oro sobre grandes cuer­pos flameantes
Mi pobre amiga en cam­bio está tan abandonada,
Toda desnuda, no tiene cuerpo –ella es tan pobre.

Mi amiga no es sino una flor cán­dida, delicada
La flor del poeta, pobre lirio de plata
Un lirio frío, soli­tario y tan marchito
Que vienen a mí las lágri­mas si pienso en su corazón.

Y esta noche es seme­jante a otras cien mil noches cuando un tren horada la oscuridad
–Los cometas caen–
Y el hom­bre y la mujer, todavía jóvenes, se entre­tienen hacién­dose el amor.
El cielo es como la des­gar­rada tienda de un circo pobre en una aldea de pescadores
En Flan­des
El sol es un quin­qué humeante
Y en lo alto del trapecio una mujer forma la luna
El clar­inete el pistón una agria flauta y un mal tambor
He aquí mi cuna
Mi cuna
Que estaba siem­pre mecién­dose cerca del piano cuando mi madre, como Madame Bovary, tocaba las sonatas de Beethoven
He pasado mi infan­cia en los jar­dines col­gantes de Babilonia
Y las horas de pinta en las esta­ciones viendo par­tir los trenes
Ahora hago cor­rer los trenes a lo largo de mi vida
Madrid-Estocolmo
Pero he per­dido todas mis apuestas
Y no queda para mí sino la Patag­o­nia, la Patag­o­nia que con­viene a mi inmensa tris­teza, la Patag­o­nia y un viaje por los mares del Sur
Estoy en ruta
He estado siem­pre en ruta
Estoy en ruta con la pequeña Juana de Francia

El tren hace un salto peli­groso y reb­ota sobre sus ruedas
El tren reb­ota sobre sus ruedas
El tren reb­ota siem­pre sobre todas sus ruedas.

“Di, Blaise, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

Esta­mos lejos, Juana, tú ruedas desde hace siete días
Estás lejos de Mont­martre, de la Butte donde te has ali­men­tado, del Sacré-Coeur con­tra el cual te acurrucabas
París desa­pare­ció y su inmensa llamarada
No hay sino la con­tinua ceniza
La llu­via que cae
La turba que se infla
Siberia que gira
Pesadas capas de nieve más altas cada vez
Y el cas­ca­bel de la locura que tin­tinea como un último deseo en el aire azulado
El tren pal­pita en el corazón de plomi­zos horizontes
Y tu tris­teza insiste…

“Di, Blaise, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

Pre­ocu­pa­ciones
Olvida las preocupaciones
Las agri­etadas esta­ciones se incli­nan sobre la ruta
Los postes ges­tic­u­lantes se con­tonean y las estrangulan
El mundo se alarga se recoge y de nuevo se estira igual que un acordeón ator­men­tado por una mano sádica
En las des­gar­raduras del cielo las loco­mo­toras en furia
Se escapan
Y en los huecos
Las ruedas ver­tig­i­nosas las bocas las voces
Y los per­ros de la des­gra­cia lad­rando a nues­tras grupas
Se han desa­tado los demonios
Chatarra
Es todo un falso acorde
El brun-brun de las ruedas
Choques
Rebotes
Somos una tor­menta en el crá­neo de un sordo…

“Di, Blaise, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

Sí, me ener­vas, lo sabes bien, esta­mos lejos
La locura sobre­ca­len­tada aúlla en la locomotora
La peste el cólera se inter­po­nen en nues­tra ruta como brasas ardientes
En plena guerra desa­pare­ce­mos por un túnel
La ham­bruna, la puta, se aferra a las nubes en desbandada
Y al excre­mento de las batal­las, los mal­olientes mon­tones de cadáveres
Haz como ella, haz tu trabajo…

“Di, Blaise, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

Oh sí, lo esta­mos, lo estamos
Las víc­ti­mas prop­i­ci­a­to­rias han reven­tado sobre este desierto
Escucha el cencerro de la tropa sarnosa
Tomsk Che­li­abinsk Kansk Obi Tai­jet Ver­jne Udinsk Kurgán Samara Pensa-Tulún
La muerte en Manchuria
Y nue­stro desem­bar­cadero y nue­stro último reparo
Ter­ri­ble es este viaje
Ayer en la mañana
Iván Utlich tenía los cabel­los blancos
Y Kolia Nico­lai Ivanovitch roe las uñas de sus dedos desde hace quince días…
Haz como ellas la Muerte la Ham­bruna, haz tu trabajo
Tu tra­bajo cuesta cien mon­edas, en tran­si­beri­ano, cuesta cien rublos
Fiebre en las ban­que­tas, enro­jec­imiento debajo de la mesa
El dia­blo está al piano
Sus dedos nudosos exci­tan a las mujeres
Nat­u­raleza
Gubias
Haz tu trabajo
Hasta Karv­ina…

“Di, Blaise, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

Pero no… déjame en paz… déjame ya tranquilo
Tus caderas angulares
Tu agrio vien­tre, tu gonorrea
Es todo lo que París ha puesto en tu regazo
Tam­bién un poco de alma… puesto que eres desdichada
Siento piedad, piedad, ven hacia mí, ven sobre mi corazón
Las ruedas son moli­nos de viento en el país de Jauja.
Y los moli­nos son las mule­tas que un mendigo hace girar
Somos nosotros los bal­da­dos del universo
Rodamos sobre nues­tras cua­tro heridas
Devo­radas nues­tras alas
Las alas de nue­stros siete pecados
Y el dia­blo juega al balero con los trenes
Cor­rales
Mundo mod­erno
Pero la veloci­dad ahí no puede
Mundo mod­erno
Las lejanías son demasi­ado lejanas
Y en el final del viaje resulta ter­ri­ble ser un hom­bre junto a una mujer…

“Blaise, di, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

Siento piedad, piedad, ven hacia mí, te con­taré una historia
Ven a mi cama
Ven sobre mi corazón
Te con­taré una historia…

¡Oh ven!, ¡ven!

En las Fidji reina la eterna primavera
La pereza
El amor detiene a las pare­jas entre la alta hierba y la cál­ida sífilis rueda bajo los bananeros
Ven a las islas per­di­das del Pacífico
Ellas lle­van el nom­bre del Fénix, de las Marquesas
Bor­neo y Java
Y Célebes tiene la forma de un gato.

No podemos lle­gar hasta el Japón
¡Ven a México!
Sobre sus altas mese­tas flo­re­cen los tulipanes
Las lianas ten­tac­u­lares for­man la cabellera del sol
Se diría la paleta y los pince­les de un artista
Los col­ores atur­den como el sonido de un gong
Rousseau ha estado ahí
Ahí su vida fue un deslumbramiento
Es el país de los pájaros
El ave del paraíso, el pájaro-lira
El tucán, el pájaro burlador
Ahí el col­i­brí anida en el corazón de los lirios negros,
¡Ven!
Nos amare­mos en las ruinas majes­tu­osas de un tem­plo azteca
Serás tú mi ídolo
Un ídolo pin­toresco infan­til un poco feo y pere­gri­na­mente extraño
¡Oh ven!

Si pre­fieres tomare­mos un aero­plano y sobrevolare­mos el país de los mil lagos
Allí las noches son desmesurada­mente largas
El ance­s­tro pre­histórico se espan­tará de mi motor
Ater­rizaré
Y con los hue­sos de un mamut con­stru­iré un hangar para mi avión
El fuego prim­i­tivo entib­iará nue­stro pobre romance
Samovar
Y muy bur­gue­sa­mente nos amare­mos cerca del polo
¡Oh ven!

Juana Juanita Niñita niní ninón nichón
Mimí miamor mimuñeca mi Perú
Dodó dondón
Carita caquita
Con­sen­tida
Putita
Mi querida cabrita
Peca­dito pequeña
Cucú
Con­cón
Se duerme

Ella duerme
Ella, de todas las horas del mundo, no ha atra­pado una sola
Los ros­tros entre­vis­tos en las estaciones
Los relo­jes
La hora de París la hora de Berlín la hora de San Peters­burgo y la hora de todas las estaciones
Y en Ufa el ros­tro ensan­grentado del cañonero
Y el cuad­rante idio­ta­mente lumi­noso de Grodno
Y la mar­cha per­petua del tren
Todas las mañanas se cor­rige la hora del reloj
El tren avanza mien­tas el sol va retardándose
Nada que hacer, oigo el sonido de las campanas
El pesado bor­do­neo de Notre-Dame
La agridulce cam­pana del Lou­vre que tocó la Barthélemy
Los oxi­da­dos car­ril­lones de Bruges-la-Morte
Las son­erías eléc­tri­cas de la bib­lioteca de Nueva York
Las cam­panas de Venecia
Y las cam­panas de Moscú, el reloj de la Port-Rouge que me con­taba las horas cuando estaba en una oficina
Y mis recuerdos
Tru­ena el tren sobre las plazas metálicas
Rueda el tren
Un gramó­fono gan­gosea una mar­cha gitana
Y el mundo, como el reloj del bar­rio judío de Praga, gira per­di­da­mente, a contrapelo.

Deshoja la rosa de los vientos
He aquí que resuena la tor­menta desatada
Ruedan los trenes en tor­bellino sobre las embrol­ladas redes
Monig­otes diabólicos
Hay trenes que jamás volver­e­mos a encontrar
Y otros que se extravían en su ruta
Jefes de estación jugando al ajedrez
Tric-trac
Bil­lares
Caram­bo­las
Parábo­las
La vía fér­rea es una nueva geometría
Sir­a­cusa
Arquímedes
Y los sol­da­dos que lo decapitaron
Y las galeras
Y los navíos
Y los prodi­giosos aparatos que inventó
Y todas las matanzas
Y la his­to­ria antigua
Y la his­to­ria moderna
Los tor­belli­nos
Los náufra­gos
Aun los del Titanic sobre los que he leído en el periódico
Tan­tas imágenes-asociaciones que con mis ver­sos no alcan­zaré a nombrar
Pues todavía soy tan mal poeta
Que el uni­verso me desborda
Y he olvi­dado ase­gu­rarme con­tra los acci­dente del camino
Y no he apren­dido a lle­gar hasta el final
Y tengo miedo.

Tengo miedo
No sé lle­gar hasta el final
Como mi amigo Cha­gall podría com­poner cuadros dementes
Pero no he tomado notas de viaje
“Per­do­nen mi ignorancia
Perdó­nenme porque desconozco el antiguo arte de los versos”
Como dijo Guil­laume Apollinaire
Todo lo que concierne a la guerra puede leerse en las Memo­rias de Kuropatkin
O en los per­iódi­cos japone­ses tan cru­el­mente ilustrados
Entonces a qué documentarme
Mejor yo me abandono
A los sobre­saltos de la memoria.

A par­tir de Irkutsk el viaje se hizo muy lento
Bas­tante más largo
Íbamos en el primer tren que con­torne­aba el lago Baikal
La loco­mo­tora lucía ador­nada con ban­deras y faroles
Qued­a­ban en la estación los tristes acen­tos de un himno can­tado para el Zar
Si yo fuese pin­tor der­ra­maría mucho rojo, mucho amar­illo sobre el final del viaje
Pues tengo la seguri­dad de que estábamos un poco locos
Y que un inmenso delirio hacía subir la san­gre a los ros­tros ener­va­dos de mis compañeros
Como nos aprox­imábamos a la Mongolia
Que crepitaba como un incendio,
El tren había retar­dado su paso
Y yo percibía en el per­petuo chirrido de las ruedas
Los locos acen­tos y los sollozos
De una eterna liturgia.

He visto
He visto los trenes silen­ciosos que regresa­ban del Extremo Ori­ente y que pasa­ban como fantasmas
Mi ojo, como el fanal trasero, corre aún persiguiéndolos
En Talga cien mil heri­dos agon­i­z­a­ban por falta de cuidado
He vis­i­tado los hos­pi­tales de Krasnoiarsk
El Kilosa pasamos frente a un largo con­voy de sol­da­dos dementes
He visto en los lazare­tos las lla­gas abier­tas de heri­dos que san­gra­ban ostentosamente
Y miem­bros amputa­dos dan­zando alrede­dor o desa­pare­ciendo en el aire enronquecido
El incen­dio estal­laba sobre todas las caras y en todos los corazones
Dedos idio­tas tam­bo­rilea­ban sobre los cristales
Y bajo la pre­sión del miedo las miradas reventa­ban como abscesos

En todas las esta­ciones se prendía fuego a todos los vagones
Y he visto
He visto trenes de sesenta loco­mo­toras escapar a toda veloci­dad  persegui­dos  por el hor­i­zonte y por ban­dadas de cuer­vos que vola­ban deses­per­ada­mente atrás
Desa­pare­cer
En direc­ción a Puerto Arturo.

En Chita tuvi­mos algún tiempo de descanso
Detenidos durante cinco días por la obstruc­ción de los rieles
Lo pasamos en casa del Señor Yankele­vitch que insistía en darme en mat­ri­mo­nio a su única hija
Luego el tren volvió a partir
Y esta vez fui yo quien tomó su lugar frente al piano, enfermo de los dientes
Ahora, cuando quiero, veo otra vez este inte­rior tan calmo, el almacén del padre y los ojos de la hija que lle­gaba de noche hasta mi cama
Mus­sorgski
Y los lieder de Hugo Wolf
Y las are­nas del Gobi
Y en Kailar una car­a­vana de camel­los blancos
Segu­ra­mente estuve bor­ra­cho durante más de quinien­tos kilómetros
Pero me senté ante el piano y esto es todo lo que vi
Cuando se viaja se debería cer­rar los ojos
Dormir
Tanto hubiese querido dormir
Puedo recono­cer cualquier país con los ojos cer­ra­dos por su olor
Puedo recono­cer todos los trenes por su ruido
Los trenes de Europa son de cua­tro tiem­pos mien­tras que los del Asia son de cinco o siete tiempos
Algunos marchan en sor­dina como can­ciones de cuna
Y otros con el monótono ruido de sus ruedas me hacen pen­sar en la prosa de Maeterlink
He descifrado todos los tex­tos con­fu­sos de las ruedas y he reunido los ele­men­tos dis­per­sos de una vio­lenta belleza
Que poseo
Y que hace fuerza en mí.

Sisika y Karvina
No iré ya más lejos
He aquí la estación terminal
Desem­bar­qué en Karv­ina en el momento en que acaba­ban de incen­diar las ofic­i­nas de la Cruz Roja

Oh París
Gran hogar cálido con las entre­cruzadas ascuas de tus calles y con tus vie­jas casas que se incli­nan y toman calor
Como ancianos
Y he aquí carte­les, el rojo y el verde mul­ti­col­ores como mi breve pasado amarillo
Amar­illo, el orgul­loso color de las nov­e­las de Fran­cia leí­das en el extranjero
Me gusta fro­tarme en las grandes ciu­dades con auto­buses en marcha
Los de la línea Saint-Germain-Montmartre me lle­van al asalto de la Butte
Bra­man los motores como si fue­sen áureos toros
Mien­tras las vacas del crepús­culo pacen el Sacré-Coeur
Oh París
Estación cen­tral desem­bar­cadero de vol­un­tades encru­ci­jada de inquietudes
Sólo los bot­i­car­ios tienen todavía un poco de luz en su puerta
La Com­pañía Inter­na­cional de Coches-Cama y de los Grandes Expre­sos Europeos me ha envi­ado su prospecto
La igle­sia más bella del mundo
Tengo ami­gos que me rodean como parapetos
Pues cada vez que me voy ellos temen que jamás regrese
Todas las mujeres que encon­tré se diri­gen hacia los horizontes
Con gestos de lamento y con miradas tristes como semá­foros bajo la lluvia
Bella, Inés, Catalina y la madre de mi hijo en Italia
Y ésta, la madre de mi amor en América
Hay gri­tos de sire­nas que han des­gar­rado mi alma
Y en Manchuria hay un vien­tre que todavía se agita como en un parto.
Quisiera
No haber jamás real­izado mis viajes
Pero esta noche me ator­menta un gran amor
Y a mi pesar recuerdo a la pequeña Juana
Y es por una noche de tris­teza que he escrito este poema en su homenaje.

Juana
La pequeña prostituta
Estoy triste, triste
Iré al Lapin agile a recor­dar mi juven­tud perdida
Y a beber unas copas
Para volver más tarde, solo.

París

Ciu­dad de la Torre Única del Gran Patí­bulo y de la Rueda.



Ver­sión de Raúl Dorra





(Fuente: La Raíz invertida)

No hay comentarios:

Publicar un comentario