Los
peones
No
bien salen del antro turbio de la cocina
se
pierden en la noche con grave pesadumbre
camino
a los galpones, y se los adivina
del
popular “Brasil” a la rojiza lumbre.
Y
caen en sus yacijas, sin sueños ni oraciones,
en
el cuerpo pegados polvo y briznas del día.
En
torno dan su tufo acre las guarniciones
y
yergue su esqueleto la maquinaria fría.
Duermen
en pobres catres, con almohadas sin funda,
entre
cobijas rotas y pellones de oveja,
una
alpargata cerca y la otra errabunda,
y
pendiente de un clavo alguna pilcha vieja.
Aquel
que tiene cuarto por ser un peón viejo
lo
adorna con retratos y estampas caprichosas,
una
cola de vaca y un pedazo de espejo,
un
fonógrafo verde y muchas otras cosas.
Visten
con abandono, con nómada desgano,
camisetas,
bombachas, al cinto faja o piola,
sombreros
heteróclitos, lo que tengan a mano,
desde
el chambergo criollo a la boina española.
Un
relojito suelen traer en los bolsillos,
pero
generalmente, sobre el desgarro gris,
sólo
brillan los cabos simples de los cuchillos
y
los dientes con rústica limpieza de maíz.
Los
feriados conciertan con otras peonadas
rudos
e interminables partidos de fútbol;
se
pechan como toros, ruedan en oleadas,
las
hierbas malheridas dan su perfume al sol.
En
sus gambronas nuevas sudan a grandes gotas,
y
a pie desnudo enfilan la pelota hacia el arco:
un
par de damajuanas, si no dos tiesas botas…
La
pampa y los patrones suelen servir de marco.
Cuando
cae una linda sirvienta ciudadana
se
entreveran de guiños, y entonces hay que ver
cómo,
momentos antes de sonar la campana,
se
acicalan un poco para ir a comer.
Cuelgan
un espejito de un poste de quebracho,
y
acabado el guisote, en la mesa de codos,
se
quedan taciturnos, las horas, bajo el gacho,
mientras
la forastera coquetea con todos.
Hay
uno, como este que dicen Juan Cantera,
cortado
de los otros, cambado y cabizbajo,
que
al morir de una tarde se acercó a la tranquera
y
con buenas palabras solicitó trabajo.
Dijo
que padecía algo de reumatismo
y
que por esa causa se encontraba sin medios,
y
que se quedaría, todo le era lo mismo,
sólo
por el puchero, la pieza y los remedios.
El
negrito Morales fue vendedor de diarios
y
una noche de perros cayó a la policía.
Vagó
de pueblo en pueblo, ensayó oficios varios,
y
hoy su sonrisa alegra la cocina baldía.
Trabajó
en el invierno en el tambo vecino,
el
barro a media pierna, amén del madrugón,
echó
después el resto en la trilla del lino
y
aun le faltan dos años para la conscripción.
Y
el Francés, que se ha roto veinte veces los huesos
y
que es un lamentable nudo de arriba abajo;
y
Domingo, que un día heredó algunos pesos,
pero
quiere vivir sólo de su trabajo.
Y
Martín, que maneja como ninguno el hacha,
y
se llena de brazos tumbando un algarrobo;
y
Jacinto, que tiembla cuando ve una muchacha,
para
los unos, vivo; para los otros, bobo.
Ayer
se despidieron los dos checoeslovacos
y
hoy los hemos traído en auto a Chascomús,
gigantescos,
macizos, en el hombro los sacos,
y
un flequillo de paja sobre el casi testuz.
Hemos
cenado juntos en lo de Barreneche,
con
las manos cuadradas que juntaron la mies;
los
dejé en el andén entre tarros de leche…
Formábamos
un grupo muy curioso los tres.
Columnas
de peones de infinitas estancias,
músculos
esculpidos, sin un grumo de grasa,
hombrones
que conservan infantiles fragancias,
muchos
sin un recuerdo siquiera de su casa.
Hoscos
analfabetos, cansancios en cuclillas,
esfinges
del alambre, sombras del corredor:
a
pesar de guitarras, pañuelos y bombillas,
yo
conozco, peones, todo vuestro dolor.
[De
Buenos Aires / Ciudad, pueblo, campo,
Editorial
Kraft, Buenos Aires, 1941]
(Fuente: El trabajo de las horas)
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