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XXVII
Y dentro mío decía el exilio: estoy en otra.
En aquella semana era el día de ajustarse
la barriga prominente y hacerse el hambriento; darle
la moneda más grande al mejor mendigo, el que
hablaba de crack y cachaça, sin pedazo de
pan. Cosas que no engordan: cocaína,
cigarrillos, dieta. Cosas que engordan: casata
de mujeres en jarabe, cubierta de vulvas. ¿Y
adónde se esconde el cuerpo? En la morgue. El
cartel me decía: el pasado no nos reserva
nada. Orejas, ustedes son lindas. El cartel no
para de decirme cosas y llego a pensar si
aquel no era mi tío Alcides, que no traía
chocolates nunca y que después se hizo albañil.
Sobre qué hablábamos, me
pregunta, y yo sospecho que era sobre ser de
otro lugar, hablar de otra manera, y tener un
acento que no es el de los padres, pero sí el de los
vecinos. Pero él dijo que hablábamos de morir sin todavía
habernos hecho amigos de los vecinos, y sin haber
encontrado a aquellos de los nuestros, que creen que
te has muerto solo porque empezaste a mandar
cartas con palabras extrañas desde un lugar
adonde ninguno de los tuyos se
perdió jamás. Y dentro de mí hay silencio y todas
las cosas quedan olvidadas.
XXIX
Jabaculady de cabeza orlada, una
guirnalda y dos almohadones y la dote
que te ofrezco para pasar la noche, la sangre de
mis labios y un vaso de cachaça.
Jabaculady de miradas rebosantes y de pechos
profundos, muéstrame cómo es allá en
en lo profundo, adonde se crian los bebés, juro
que es en la distancia, adonde los cuerpos se encuentran.
Amada meretriz y hada, con la esencia de
tu jugo lavo mi lengua y la casa, y
vamos a deslizarnos mojados. Tu cruda
lengua quiero cocinar, porque ahora
voy a devorar los menudos. Tus
entrañas, oh amante salada, voy
a rellenar noche adentro, con farofa,
vegetales y algas, y contigo me arrojo al aceite
hirviendo. Hinco los dientes en tu superficie
aceitada, con aceitunas y aros de cebolla.
Prueba de mi soberbio chorro para
condimentarla. Que no nos importe más el
mundo de la gente, nos saciaremos con
nuestra carne, libres de los ojos de la multitud,
de la risa torpe de los otros. Ven, Jabaculady,
infame, ingente, aguda, que la madrugada es
corta y el apetito urge.
XII
Dos voces que hablan y una tercera que comenta; esta
es la que desdobla el lenguaje, hace que la cadena
se rompa incesante, como restos que el habla
deposita en el suelo. Si sacara fotos de la voz, serían
continuas, como partir rumbo a la nada. Aquel que
habla en mi cabeza me contradice, en la desesperación
que me desata. Las obviedades dichas desde afuera,
desde adentro parecen geniales; pero no hubo
manera de que el cuerpo aguante la patada del espejo
que deshace las imágenes. El corte era sin cesar, el
que llevaba a la oscuridad y al cero, para
partir del mismo lugar. Dos semanas durarán los
momentos breves, y estará condenado a la
circunstancia de que el cuerpo no se puede habitar.
Hasta la misma muerte es más saludable que la trama de las
voces. El comentador espiará por siglos y el
esqueleto no se moverá. La galería con vista a la
locura es adonde ahora permanezco, contemplando la miseria
de una lengua hecha de trabas, que no puede tejer más
utopías o gritos.
Traducción Jose Ioskyn
Placer
de traducir a un amigo al que admiro. Poeta, novelista, traductor. Su
traducción de El peletero, de Luis Gusmán, ganó el Premio Jabuti. En
estos días publicó una biografía de Horacio Quiroga: El anarquista
solitario. Estos poemas son de su libro Vertigens (2015)
(Fuente: José Ioskyn)
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