EL BAYO (un cuento en verso)
podía ver el majestuoso paso de los caballos.
Estaba el negro, delgado y brioso;
el blanco, que me parecía de poca fuerza;
el marrón, el favorito de papá, pagaba muy poco;
dos jaspeados indefinibles,
y el bayo, cuyo color y crin me fascinaban.
Elegí ese.
Mi elección no fue especulativa, fue estética.
Bajamos a las taquillas y vi claramente
que papá compraba 20 billetes del bayo
y 10 del marrón —años después
supe que era para defender la apuesta arriesgada.
Ganó mi caballo. Papá estaba feliz y yo más.
Salimos de Monterrico y nos fuimos
a un restaurante tradicional de Surco viejo
a comer lomo saltado con coca-colas heladas.
Al caer la noche, papá me llevó a casa
y prometió volver al día siguiente
para ir a comprar libros y ropa. Me dejó
diez soles en el bolsillo de mi casaca de marroquín.
Dos días después,
entendí que los libros y la ropa
era mejor conseguirlos por mi cuenta.
Y que el color bayo de aquel caballo ganador
era más bien el signo del peculiar futuro que me esperaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario