No se cumple hoy ningún aniversario de Malcolm Lowry
pero amanecí con ganas de publicar esta nueva versión
de un poema en su nombre.
CARTA AL CÓNSUL
(Una nueva versión)
Usted está muerto
antes de vivir
el día de los muertos.
Antes de tener insectos
en el termitero del corazón
como el gusano
que se ahoga
en un pozo de mezcal.
Es el suyo un anticipo,
la víspera de una fuga
envuelta en una luz
amorosa y doliente.
No fue a México
como el amargo señor Bierce
buscando una eutanasia
en medio de la Revolución.
Ni siquiera llegó atraído
por la Serpiente emplumada
y el sueño de ser devorado
por Cuculcán.
Menos aún como
el bebedor de la noche,
San Malcolm Lowry,
que quería morir
tocando el ukelele.
Usted fue a Morelos
el año de desgracias de 1936
tras las huella de otras huellas.
No supo cómo llegó a vivir
-y a morir-
en la parpadeante noche
de un día de difuntos,
de cementerios
poblados de cirios
como lenguas de fuego.
¿Cómo llegó arrastrado
por el demonio del alcohol
y su ciego lazarillo
hasta un poblado
visitado por una primavera
que cubre de jazmines
infiernos secretos?
¿Cómo fue a parar
a la pequeña ciudad
que duerme como un perro
a las faldas de un volcán?
Cuauhnáuac
entró al mapa de su fiebre
gracias a la llave maestra
de sus pasos. Un villorrio
al que su alma seguirá
visitando en sus 18 iglesias
y en sus 57 cantinas.
Usted está muerto.
Le deseo planicies de agave
y puertas abiertas a las cantinas
del sueño.
La vida, una inmensa errata
en el libro del Creador,
lo llevó a su destino
como si las manos de Orlac,
un transterrado, un hombre trunco,
“un artista con manos de asesino”
con el que habrá de tropezar
en la sala del teatro Ocampo,
lo condujera como un fardo
hasta el último abismo.
¿Quién es usted, señor Firmin?
Una luz apuñalada,
el fraguador
de un códice de la ebriedad
y de la muerte, un Cónsul
vestido de etiqueta
pero sin calcetines
que pide asilo en las cantinas.
Del Salón Ofelia
al Farolito, del Farolito
al camastro,
no es bueno bailar
el vals de los ausentes.
Usted es un hombre
que despluma ángeles
en la penumbra
y mete restos de alas
en vasos de mezcal.
He ahí su talante
de hombre vivo
en la noche de los muertos,
de hombre muerto
en el día de los vivos.
La sombra de Yvonne
es una sombra más dulce
que el sacramento del mezcal,
No vale la pena,
Geofreyy Firmin,
que intente afinar
la orquesta del diablo,
sus oscuro orfeón.
A usted lo persigue
un dios vagabundo
calzado con guaraches,
un dios campesino
oloroso a jengibre y limón
que aparece
a la puesta del sol.
Usted está muerto,
requetemuerto
bajo el Volcán.
Lo está
con un Popocapetl de azufre
que humea en su cerebro.
Sus ojos nerviosos
ven cruzar puebluchos
con iglesias encorvadas
como picos de urracas,
como esos hijos
que llevan a su padre
cargado en las espaldas
desde nunca hasta siempre.
¿Y si la muerte fuera
esa anciana de Tarasco
que juega dominó en la cantina
a las 7 de la mañana?
¿Y si usted fuera
la ficha marcada
de un dominó siniestro,
el nervioso animal
que una anciana oculta
bajo su huipil
o su negro blusón?
¿Y si el demonio
vestido de ranchero
solo quisiera crucificar sus palabras?
Quién si no la muerte
es una sombra que le envía
sus guiños maliciosos
desde una cantina sin nombre,
una cantinucha
que abre y cierra sus puertas batientes
a la noche que deja caer
unas cuantas migajas de milagro.
Usted está
en Cuauhnáuac,
y puede esperar
que brote de la niebla
un caballo blanco.
Usted está muerto,
bien muerto,
así lo anuncia
un caballo sin jinete
en medio de la tempestad.
No importará
el santo y seña indicado.
Esconda bajo el saco
las cartas de amor
de un presente ya gastado.
No importa si dice “no”
cuando le preguntan:
si quiere la salvación de México.
Lo que usted quiere
es la salvación de su alma
y cree que el mezcal
puede ser su Cristo Rey,
una salvación fugaz.
Vaya enterándose
de que está muerto,
como lo estará su cuerpo
arrojado a la negra barranca.
Usted está muerto,
como quien dice
a las puertas de vivir
su Noche Triste.
Usted está muerto, admirable
y digno Cónsul del Olvido
y lo estoy yo,
aunque siga en la lista de espera.
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