INSTRUCCIONES PARA DIBUJAR UN ÁNGEL
A Roberto Márquez
Santa Teresa de Ávila
.
Para dibujar el Ángel incida con violencia sobre su silueta en movimiento.
Atáquelo en pleno vuelo, jamás cuando duerme; todo Ángel
duerme siempre con los ojos abiertos. Lance un delicado arpón, un garfio sutil.
Comience la búsqueda
en todo sitio luminoso, descubra
en las paredes del aire la huella turbia
de su sangre imposible. No
se anuncie, no entre por la puerta,
no establezca benévolas alianzas:
podría sucumbir en el intento. Mantenga
con lucidez una consigna:
Nunca enamorarse del Ángel. Recuerde
que quien cede al hechizo
carga para siempre el fardo de esa lenta desdicha.
Proceda como un ladrón, trabaje en secreto, no confíe a otros ese
proyecto insensato. Familiarícese
con la paciente labor de los alquimistas: juegue con fuego, meta las manos
en la llama de la vela;
quémese las ingles, el vientre, escáldese
la lengua: acostúmbrese
a ser un incendio ambulante. No olvide
los ojos, empiece con alfileres
calentados al rojo vivo: prepárese a mirar
en la luz.
Frecuente la compañía de aciagos personajes: viejas rameras,
contrahechos, manipuladores de cadáveres; no excluya a los ciegos
ni a los santones callejeros: ellos saben,
ellos han visto. Visite los
más sórdidos tugurios, revuélquese
en el fango, consígase un alma
perversa. Recuerde constantemente
la consigna, para dibujar al Ángel
es necesario resistirlo. No se entregue
a la promesa de una plenitud
espuria.
Persiga cierta clase de silencios, en ellos
-se dice- habita
por un instante la quietud del Ángel.
Pero desconfíe, dude siempre;
ésa sombra que ahora cruza por la página
podría ser sólo una mentira
del Ángel, una de las infinitas artimañas
de las que se vale para
confundirlo. Siga, sin embargo, todas
esas pistas falsas: la mayor de
todas es usted mismo. Usted mismo
es el principal instrumento del
Ángel. Tema siempre, el temor le pudrirá
el corazón y alimentará su
búsqueda.
Haga las cosas más inusitadas: converse
con los muertos, recuerde que el Ángel
no distingue. Conserve en todo momento
una atención exacerbada, vigile, no duerma:
el sueño es otra trampa,
uno más de los múltiples rostros del Ángel.
(Si acaso soñara despierto,
si en ese agitado sueño se viera frente
al lienzo convénzase de que
aquella imagen que su mano traza
con habilidad es la de un Ángel
falso, un mero espejismo que le fragua
el desierto en el que se ha
convertido su vida.)
En las tardes inútiles contemple largamente los espejos, cubra
con ellos un cuarto de su casa, construya
las perspectivas más equívocas,
disuelva todo límite entre reflejo
y objeto, coloque una lámpara votiva
en el centro de ese laberinto: observe,
siga la trayectoria
inagotable de la flama, acostúmbrese
a la fascinación del vértigo.
Está usted preparado para recibir al Ángel. Disponga
cuidadosamente las armas: el agudo escalpelo, los ganchos, las mor-
dazas: el látigo romano, los lápices, la tela inmaculada. No olvide
la consigna, proceda con temor, sólo
ese temor lo salvará.
Abandónese. No mire: ábrase al tacto de ese cuerpo deslumbrante
Piérdase en la llaga de esa carne amadísima, como el barco se
precipita en el remolino del naufragio.
.
De: «𝘋𝘦𝘴𝘤𝘳𝘪𝘱𝘤𝘪ó𝘯 𝘥𝘦 𝘶𝘯 𝘣𝘳𝘪𝘭𝘭𝘰 𝘢𝘻𝘶𝘭 𝘤𝘰𝘣𝘢𝘭𝘵𝘰»
(2008)
Jorge Esquianca es un poeta mexicano 
(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)
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