domingo, 5 de octubre de 2025

Ana Martins Marques (Belo Horizonte, Brasil, 1977)

 


* * *

Lugar para pensar

Me gusta pensar en la oscuridad
fumando
mirando los pulpos en el acuario
del restorán chino
o con la cabeza apoyada en el vidrio del ómnibus.

Me gusta pensar con las manos en el agua
con anteojos oscuros
en la escalera mecánica
viendo la ciudad huir
por el espejo retrovisor.

Me gusta intentar adivinar
el pensamiento de las personas
me gusta pensar que el pensamiento
es un inquilino incendiario.

Una cosa que nunca entendí es por qué
se piensa en general que el poema
no es un lugar para pensar.

 

El deseo

Soy alérgica al deseo
como al moho, al mar,
los gatos, la leche,
los lugares cerrados, ciertas flores.
Soy alérgica al deseo –
me duelen los ojos
se me hinchan las piernas,
el sexo arde
como una caja de abejas
lacrada.
El deseo me enciende
como una caja incendiada;
el deseo me deja
sin más nada.

 

Mensaje

Te dejé un mensaje sobre la mesa para cuando despertés. Tuve que salir muy temprano y no sabía exactamente qué palabras dejar. Te quería decir varias cosas sobre la noche, cosas que empezarían con palabras claras y dulces, aunque ligeramente ácidas y luego un pequeño secreto y una declaración firme y discreta y al final una frase que sería fría por fuera y caliente por dentro como postre francés. Pero fue tan difícil, el sol pegaba apenas sobre la mesa, dormías tan cerca y yo aún no me había calzado, lo que interfirió un poco en mi caligrafía. Tu departamento aún decorado por la mañana con los restos de la noche. No sabía qué decir, y la única birome que encontré era roja, podés suponer mi sobresalto y entonces apenas escribí.

Es tan tarde, pero
estoy lista
si lo estás
y dibujé distraída en el rincón izquierdo del papel
un pequeño velero.

Alegría

                                                                     para Ludi

En los días en que el día
parece coincidir con tu deseo,
esperás entre cosas que esperan
y ardés entre cosas que arden.
Aprendiste con los bichos el nombre de los bichos
y con el mar
el amor enorme del mar.
Y entonces estás alegre como un jardín
como un objeto de arcilla
puesto sobre la mesa.
Tenés en las manos un libro ardiente
de cosas para cantar.
Toda la geografía del verano.
Disponés de suficientes palabras
para tu propio mundo,
y tu edad coincide con la que tenés,
y las horas del día equivalen
a las horas de tu cuerpo levantado,
y a eso llamas alegría.
Pero también hay días de desenfrenado desencuentro
en que tus manos incendian lo que tocan
y tu boca sobrepasa las palabras
y tu amor no sabe lo que es el amor
y tu cuerpo está intenso y tropieza
y no cabe en el mundo,
cuerpo de viruta y noche sibilante.
Y a eso llamás también alegría.

 

La vida submarina

Te lo tenía que decir.
Tengo casi treinta años
y una vida marítima que no ves,
que no se puede contar.
Empieza así: fui engendrada en la espuma,
como una Venus aún sin belleza,
sobre la piel nacían corales,
piel de ballena, calcárea y dura.
O así: la luz marítima trabaja lentamente,
los peces empiezan a consumir por dentro
la sal del deseo,
están amoldados a la sal.
Cuando mirás, el agua inundó los pulmones,
en ellos crecen algas íntimas,
los ojos se vuelven hacia dentro,
al sueño infinito del mar.
Las manos se mueven a un ritmo sumergido,
los pensamientos se guían por la noche
del Océano, una noche mayor que la noche.
Tengo casi treinta años y una vida antigua,
anterior a mí.
De ahí mi silencio, de ahí mi turbación,
de ahí mi rechazo a la promesa de ese día
que me ofrecés,
ese día que es como una cama
que se ofrece al pez
(no deberías querer
un pez en tu cama).
¿Quién le atribuiría al mar
la culpa por la soledad de los corales
por las vidas imperfectas
de los peces amoldados al abismo,
monstruos secretos
sólo de sal silencio y sueño?
Te lo tenía que decir,
mientras las palabras aún resisten,
antes de convertirse en moluscos
en las espinas de la noche,
antes de perderse del todo
en el esplendor de la vida
submarina.

 

Barcos de papel

Los poemas en general se hacen de palabras
en papel
sería mejor si fuesen de tela
porque podrían mojarse
o de madera
porque sostendrían una casa
pero en general se hacen de palabras
en papel
y por eso sirven para poca cosa
entre las que no cuentan 
mojarse
o sostener una casa.
Doblados sobre sí mismos,
se lanzan al mundo
con el coraje suicida
de los barcos de papel.

 

sobre LA VIDA SUBMARINA, Ana Martins Marques, (traducción Agustina Roca, prólogo Andi Nachon) (Bajo La Luna, 2025)

***

Hay un conocimiento en el desorden, dice Ana Martins Marques en uno de sus poemas, algo que se revela en la atención a ese conglomerado de materias, circunstancias, imprevistos, como la vida impura que las olas del mar arrastran a la playa: “plástico, estrellas, valvas, cabellos. /Ofrendas para la luz /inútil / del día".

Nacida en Belo Horizonte en 1977, autora de siete libros de poesía traducidos a varias lenguas,  Ana Martins Marques es parte de una luminosa tradición de mujeres poetas (Ana Cristina Cesar, Hilda Hilst,  Adélia Prado), que sigue renovando la lírica brasileña. Desde su primer libro, que hoy se traduce por primera vez al castellano, su poesía llamó la atención dentro del panorama de sus contemporáneos.

Lo escribió cuando aún no tenía 30 años, cosa sin importancia sino fuera porque ella misma lo destaca en el poema que da título al libro, y porque de ese modo nos recuerda que el tiempo de las vivencias y de las percepciones transcurre y se acumula en una dimensión ajena a las cronologías: “Te lo tenía que decir./Tengo casi treinta años / y una vida marítima que no ves, / que no se puede contar.” (…)  “una vida antigua, / anterior a mí”. (LA VIDA SUBMARINA)

Como la mítica Penélope que titula varios de los poemas, Marques atiende a las cosas cotidianas, teje y desteje, observa y retrocede, y en esa espera activa hay más fulguraciones que en las innumerables peripecias de Odiseo. Su atención está puesta en lo cercano y fugaz, en las cosas calladas, en los ínfimos gestos que tienen consecuencias impensables.

Dividido en siete series que actúan como campos semánticos de una constelación en movimiento, La vida submarina va abriendo un abanico de cuestiones en donde la mirada se entrega a lo presente, en donde los recuerdos, paisajes y personas se afectan mutuamente. Poesía de la inmediatez, pero también de las profundidades abisales que laten detrás de lo evidente, “la vida debajo, la vida que está ahí, aunque no podamos ni debamos hacerla visible todo el tiempo”, dice Andi Nachon en el prólogo.

Mediante versos breves, de impronta concretista, que actúan como inventarios visuales o instrucciones de uso, alternados con otros que urden derivas interiores, lo que importa para esta poesía es lo que hay en el entre, lo que asoma huidizo a través de lo dicho; los objetos cuentan historias, los gestos representan un sentido que se expande en el fondo inacabado. Como una fruta dulce y agria al mismo tiempo, las relaciones con los demás a menudo se escurren de lo esperado, suceden a destiempo o de un modo distinto,-como el mensaje trunco que alguien escribe a su amante antes de salir -  y aun así (o quizá por eso), conservan el sabor de lo posible.

Marques es de esas poetas que saben intuir y desplegar las relaciones secretas que hay entre las cosas;  también de lo imposible de domar las fuerzas que nos habitan. En este libro que opera como umbral a la poética que la autora desplegará posteriormente, nombrar es un deleite pero también un peso, las palabras son algo que por momentos cansa, algo que resiste “antes de perderse del todo, en el esplendor de la vida submarina”.

La traducción atenta y delicada de Agustina Roca potencia ese  lirismo parco y cierto desparpajo (“Soy alérgica al deseo /como al moho, al mar/los gatos, la leche, /los lugares cerrados, ciertas flores”), una voz que rehúye el tono sentencioso, que puede ser enérgica y a la vez ser consciente de su propia ignorancia, de los malentendidos y la fragilidad de todo (“ignoramos, sin embargo / el nombre de las cosas que compartimos”, “inventamos opiniones / discrepamos por placer”). Aun en el desconocimiento y la precariedad, aun en esos días en que el cuerpo “tropieza y no cabe en el mundo”, aun así vivimos: “Y a eso llamás también alegría”.

Mario Nosotti (Revista Ñ, Octubre 2025)

 

 

 (Fuente: Música Rara) 

 

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