sábado, 12 de julio de 2025

Serguei Esenin (Rusia, 1895 - 1925)

 

Homenaje a Serguéi Esenin a cien años de su muerte (1925-2025)

LA CONFESIÓN DE UN GRANUJA

SOBRE SÍ MISMO

Nací en 1895, el 21 de septiembre, en la Gobernación de Riazán, vólost (1) Kusminskaya, en la aldea Konstantinovo.

A los dos años fui entregado para mi educación al abuelo materno, persona bastante acaudalada, que tenía tres hijos mayores con los cuales transcurrió mi infancia. Mis tíos eran muchachas traviesos y audaces. A los tres años y medio sentaron en un caballo sin silla de montar y luego lo lanzaron al galope. Recuerdo que casi el sentido y me aferré fuertemente a los crines. Después me enseñaron a nadar. Un tío (Sasha) me llevó consigo en bote, se alejó de la orilla, atragantándome, mientras él gritaba: “¡Eh, idiota! ¿Para qué sirves tú?”. “Idiota” era para él una palabra afectuosa. Más tarde, más o menos a los ocho años, a menudo servía a otro tío como perro de caza, nadando por los lagos tras los patos derribados. Trepaba con mucha destreza a los árboles. Entre los chiquillos siempre fui cabecilla, gran pendenciero y constantemente andaba lleno de rasguños. Por mis picardías me regañaba sólo la abuela; en cambio el abuelo mismo me incitaba a pelear y a menudo advertía a ésta: “Tú, tonta, no me lo toques, así crecerá más resistente”. La abuela me quería inmensamente y su ternura no tenía límites. Los sábados me lavaban, cortaban las uñas y ondulaban el pelo con aceite de quemar, pues ningún peine penetraba en los cabellos ensortijados y aun el aceite servía de poco. Yo siempre chillaba a grito pelado y todavía ahora experimentó cierta sensación desagradable al acercarse el sábado.

Así transcurrió mi infancia. Cuando crecí quisieron hacer de mí un maestro rural y me enviaron a la escuela eclesiástica normalista, al término de la cual debía ingresar al Instituto de preceptores de Moscú. Felizmente, no ocurrió así.

Comencé a escribir versos a temprana edad, más o menos a los nueve años, pero la creación consciente la relaciono con, los 16 y 17 años. Algunos versos de esta época aparecieron, en “Rádunitza”.

A los dieciocho años, sorprendido de que habiendo envidado mis versos a diferentes revistas, no los publicasen, partí a Petersburgo. Allí me acogieron muy cordialmente. Al primero que vi fue a Blok, luego a Gorodkiétski. Cuando miré a Blok comencé a sudar, pues por primera vez veía a un poeta en persona. Gorodiétski me relacionó con Kliúiev, sobre el cual antes no había escuchado una palabra. Con Kliúiev entablé una gran amistad a pesar de todas nuestras diferencias internas. En estos años ingresé a la Universidad de Shiniávski, donde estuve un año y medio y nuevamente partí a la aldea.

En la Universidad conocí a los poetas Semiónovski, Naciédkin, Kólokolov y Filípchenko.

De los poetas contemporáneos me han agradado sobre todo Blok, Bieli y Kliúiev. Bieli me ha dado mucho en la forma y Blok y Kliúiev me han enseñado el lirismo.

En 1919 junto a un grupo de camaradas publiqué el Manifiesto del Imaginismo. El Imaginismo era una escuela formal que quisimos consolidar. Pero no tenía base propia y murió por sí misma al abandonar la verdad por la imagen orgánica.

A muchos de mis versos religiosos renunciaría con gusto, pero éstos tienen gran significado como camino de un poeta hacia la revolución.

Desde los ocho años la abuela me llevó por diferentes monasterios y por su culpa en nuestra casa se albergaban eternamente toda clase de peregrinos y peregrinas. Se entonaban diversos cantos religiosos. El abuelo era todo lo contrario. Le gustaba empinar el codo. Constantemente celebraba bodas que nunca se efectuaban.

Más tarde, cuando me marché de la aldea, debía analizar largamente mi modo de vida.

En los años de la Revolución estuve por entero al lado de Octubre, pero aceptaba todo a mi manera, con tendencia campesina.

En lo que se refiere al desarrollo formal, hoy me siento cada vez más atraído por Pushkin.

En cuanto a los demás datos autobiográficos, ellos están en mis versos.

Octubre 1925

 

 

Hasta pronto, amigo mío…

 

Hasta pronto, amigo mío, hasta pronto,

querido mío, te llevo en el corazón.

La separación predestinada

promete un nuevo encuentro.

Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras,

no te entristezcas ni frunzas el ceño.

En esta vida el morir no es nuevo

y el vivir, por supuesto, no lo es.

 

 

Las flores me dicen adiós…

 

Las flores me dicen adiós

inclinando sus cabezas,

y dicen que nunca más veré

su rostro ni mi tierra natal.

¡Qué le vamos a hacer, querida, qué le vamos a hacer!

Ya he conocido las flores y la tierra

y el estremecimiento ante la muerte

lo tomo como una nueva caricia.

Porque he comprendido la vida

y pasé sonriendo junto a ella,

puedo decir que cada instante

que todo en este mundo se repite.

Qué le vamos a hacer, llegará otro,

la pena no agobiará al ausente,

y el nuevo huésped cantará una canción más bella

a la amada inolvidable.

Y al oírla ella en silencio

junto a su nuevo amor,

quizás se acuerde de mí

como de una flor irrepetible.

 

 

Arde, estrella mía, no te caigas…

 

Arde, estrella mía, no te caigas,

esparce tus rayos escarchados.

Ningún corazón viviente

llama a la puerta del cementerio.

Brillas como agosto en el centeno

y anegas el silencio de los campos

con el temblor sollozante

de las grullas que no partieron.

Levanto mi cabeza

por sobre el bosque y la colina;

de nuevo oigo la canción

de la casa y el campo paterno.

El otoño de oro encendido

apaga el zumo en los abedules

y su follaje llora en la arena

por quienes ha amado y olvidó.

Lo sé, sé que muy pronto,

no por mi culpa ni la de nadie

también yo deberé yacer

tras una tapia sombría.

Se extinguirá la llama acariciante

y el corazón será solo cenizas.

Mis amigos pondrán una piedra gris

y una alegre inscripción en versos.

Pero al oír la tristeza de mi entierro,

yo escribiría mi propio epitafio;

“Amó su patria y su tierra

como un borracho la taberna”.

 

 

La risa sonora de los lejanos años…

 

La risa sonora de los lejanos años

no podrá disipar esta tristeza.

Ya no florece mi tilo blanco

y enmudeció el alba del ruiseñor.

Todo era nuevo aquel entonces para mí

y el corazón desbordaba sentimientos;

hoy aún la palabra de amor

se desprende de los labios como un fruto amargo.

Y el paisaje conocido de la infancia

no es tan hermoso bajo la luna.

Barrancos, cañamales y laderas

entristecieron los campos rusos.

El espejo grisáceo del agua

es opaco, achacoso y desvalido.

Todo esto me es querido y entrañable

y por eso es tan fácil sollozar.

La isbá desvencijada, el llanto de la oveja,

y un caballo que en la lejanía

se contempla en el estanque huraño

agitando su pobre cola al viento.

A esto llamamos tierra natal,

y por eso los que moran en ella

beben y lloran junto con la nevasca

esperando días acogedores.

Por eso el reír de los años idos

ya no podrá disipar esta tristeza.

Ya no florece mi tilo blanco

y enmudeció el alba del ruiseñor.

 

 

Todos nos marchamos lentamente…

 

Todos nos marchamos lentamente

al país del silencio y la quietud.

Quizás yo muy pronto deba

preparar mi equipaje mortal.

¡Queridos bosques de abedules!

¡Tú, mi tierra y arenas de las llanuras!

¡Cómo ocultar mi tristeza

ante la multitud de los que parten!

Amé demasiado en este mundo

todo lo que troca el espíritu en carne.

¡Paz a los pobos que alargan sus ramas

para mirarse en el agua rosada!

¡Cuántas cosas he pensado en el silencio!

¡Cuántas canciones compuse a mí mismo!

Y soy feliz porque respiré y viví

sobre esta tierra sombría.

Feliz porque besé a las mujeres,

ajé las flores y me revolqué en el pasto,

y a los animalillos, nuestros hermanos menores,

jamás golpeé en la cabeza.

Sé que allá no florecen los abedules

ni tintinea el centeno su cuello de cisne.

Por eso siento pena

ante la multitud de los que parten.

Sé que en ese país no existirán

estos trigales que brillan en la oscuridad.

Por eso me son tan queridos

los que viven conmigo en este mundo.

 

 

¡Sí! Lo he decidido. Abandoné…

 

¡Sí! Lo he decidido. Abandoné

para siempre los campos natales.

Nunca más tintineará sobre mí

el follaje alado de los álamos.

Ya mi casa se encorvó con los años,

mi viejo perro pereció hace mucho.

Quizás Dios a morir me ha condenado

en las calles retorcidas de Moscú.

Amo esta ciudad fangosa

aunque está avejentada y obesa.

El Asia dorada y soñolienta

ha quedado prendida a sus cúpulas.

Cuando brilla la luna,

cuando brilla la luna… ¡el diablo sabe cómo!

inclinando la cabeza me encamino

por la callejuela hacia la cantina.

Entre el alboroto de esta madriguera

toda la noche, en un vuelo hacia el alba,

leo mis versos a las putas

y quemo alcoholo con los delincuentes.

El corazón late más y más a prisa,

y yo murmuro a tontas y a locas:

“Soy un perdido como usted,

me es insoportable volver atrás”.

Ya mi casa se encorvó con los años,

mi viejo perro pereció hace mucho.

Quizás Dios a morir me ha condenado

en las calles retorcidas de Moscú.

 

 

Sólo me queda una diversión…

 

Sólo me queda una diversión:

los dedos en los labios y un alegre silbido.

Ya se ha esparcido mi mala fama

de peleador y escandaloso.

¡Qué ridícula mala fama!

Hay muchas caldas tontas en la vida.

Me avergüenzo de haber creído en Dios,

y me entristezco de no creer ahora.

¡Remotas lejanías doradas!

Todo arde en la rutina cotidiana.

Si blasfemé y fui escandaloso

fue para arder con mayor fulgor.

Acariciar y fustigar es el don del poeta,

lleva sobre sí un signo fatal.

Yo quise enlazar sobre este mundo

a la rosa blanca y el sapo negro.

¡Qué importa no se hayan realizado

estos designios de los días buenos!

Si los demonios anidaron en mi espíritu

es porque los ángeles vivían en él.

Por estos alegres desvaríos,

yo quisiera en el postrer instante

antes de partir hacia otras comarcas

pedir a todos los que me acompañen

que por mis pecados mortales,

por no creer en el paraíso,

con mi camisa rusa me amortajen

y bajo los iconos me dejen expirar.

 

 

Soy el último poeta de la aldea

 

Soy el último poeta de la aldea,

mis cantos son humildes como un puente de madera

Asisto a la misa final entre abedules

que inciensan el aire con sus hojas.

Se extinguirá la dorada llama

de este cirio de cera humana

y el remoto reloj de la luna

gruñirá mi postrer campanada.

Pronto saldrá el huésped de hierro

al sendero del campo azul,

sus negras manos recogerán

la avena derramada por la aurora.

¡Muertas manos, palmas extrañas,

no vivirán entre vosotras mis canciones!

Sólo los corceles de las espigas

llorarán por los viejos amos.

El viento acallará sus relinchos

mientras baila la danza del adiós…

Y el remoto reloj de la luna

Gruñirá mi postrer campanada.

 

 

SERGUÉI ESENIN

Por: Vladimir Maiakovski (1893-1930)

A Esenin lo conocí hace mucho, unos diez o doce años atrás.

La primera vez que lo encontré andaba con láptis y camisa con ciertos bordados en cruz. Esto sucedió en un cómodo departamento de Leningrado. Sabiendo con qué gusto el verdadero mujik, no el decorativo, cambia su vestimenta por botas y vestón, yo no le creía a Esenin. Me pareció operesteco, impostado. Tanto más cuanto que él ya escribía versos que agradaban y, evidentemente, disponía de rublos para botas.

Como persona que ya en su época había usado y luego abandonado la blusa amarilla, inquirí en todo experimentado sobre el traje:

-¿Esto para qué es? ¿Para publicidad?

Esenin me respondió con voz, con la cual hablaría, quizás, el incienso que revive:

Algo así como:

“Nosotros somos aldeanos, no comprendemos esto de ustedes… de alguna manera… a nuestra manera… en lo antiguo… remoto…”

Sus muy competentes y aldeanos versos para nosotros, los futuristas, eran por supuesto, hostiles.

Pero él era algo así como un muchacho estrambótico y querido. Al partir, le dije, en todo caso:

¡Apuesto a que usted dejará todos los láptis y gallerías!

Esenin rebatió con convencida vehemencia. Lo llevó hacia un lado Kliúiev, como una mamita que disuade a la hija pervertida cuando teme que está no tenga fuerzas ni deseos de resistirse.

Esenin aparecía y desaparecía. Me encontré de cerca con él ya después de la revolución donde Gorki. De inmediato y con toda mi innata falta de tacto le espeté:

¡Pague la apuesta, Esenin! ¡Anda usted de vestón y corbata!

Esenin se enrabió y quiso pelearse.

Después comenzaron a llegar a mis manos los versos y estrofas eseninianos, que no podían no agradar, tal como:

Querido, querido, ridículo tontuelo…, etc.

El cielo es una campana, la luna un badajo…, etc.

Esenin se desprendía del aldeanismo idelizado, pero se desprendía, por supuesto con dificultades y punto con

Mi madre es mi patria,

soy bolchevique…

apareció la apología de “la vaca”. En lugar de un “monumento a Marx” se exigía un monumento bovino. No a la vaca lechera a la Sosnovsky, sino a la vaca-símbolo, a la vaca que arremetía contra una locomotora.

A menudo disputábamos con Esenin, censurándolo principalmente por el imaginismo que se agrupaba a su alrededor.

Después Esenin partió a América u otros lugares, regresando con una clara tendencia hacia lo nuevo.

Lamentablemente, en este período tocó encontrarlo con mayor frecuencia en la crónica policial que en la poesía. Rápida y seguramente se apartaba de la nómina (habló del mínimo que se exige de un poeta) de trabajadores sanos de la poesía.

En esta época me encontré con Esenin varias veces; estos encuentros fueron elegiacos, sin la menor discordia.

Con satisfacción observé la evolución de Esenin: del imaginismo de la VAPP. Con curiosidad hablaba de los versos ajenos. Había un nuevo rasgo en el vanidoso Esenin: con cierta envidia se refería a todos los poetas que se habían fusionado orgánicamente con la revolución, con la clase y veían ante sí una ancha y optimista ruta.

En esto, según mi opinión, está la raíz de la ataxia poética de Esenin y de su descontento consigo mismo, ahondados por el vino y las insensibles y torpes relaciones de quienes lo rodeaban.

En el último tiempo en Esenin apareció hasta cierta simpatía hacia nosotros (lievvistas): visitaba a Aséiev, me telefoneaba, a veces simplemente trataba de encontrarme.

Estaba un poco obeso y flácido, pero todavía era esenianamente elegante.

El último encuentro con él me produjo una penosa y gran impresión. Encontré en la caja de Gosizdat (4) a un hombre que se precipitaba hacia mí. Su rostro estaba inflamado, la corbata removida y su gorro se mantenía casualmente sobre su cabeza, aferrándose al mechón claro. Él y sus dos insignificantes (para mí en todo caso) acompañantes olían a alcohol. Con trabajo lo reconocí. Con trabajo eludí su inmediata exigencia de ir a beber, reforzada por gesticulaciones con billetes de diez rublos. Durante todo el día estuve recordando su mal estado y en la tarde hablé largamente (por desgrada, para todos tal siempre se limita a eso) con los camaradas sobre la necesidad de preocuparse de Esenin de alguna manera. Ellos y yo despotricamos contra “el medio” y nos separamos con la convicción de que a Esenin lo cuidaban sus amigos, los eseninistas.

No resultó así. El fin de Esenin me amargó, me amargó sencillamente, humanamente.

(V. Maiakovski: ¿Cómo hacer versos?)

 

SERGUÉI ESENIN

Por: Boris Pasternak (1890-1930)

Nunca, desde los tiempos de Koltsov, la tierra rusa había producido nada más connatural, más arraigado, más oportuno y congénito que Serguéi Esenin, don ofrecido a su época con rara desenvoltura, sin gravámenes de celo populista. Además, Esenin era una partícula viva, palpitante, de esa condición artística que definimos siguiendo el ejemplo de Pushkin, como principio superior mozartiano, elemento mozartiano.

Esenin consideró su propia vida como un cuento. Como Iván, el hijo del zar, sobrevoló el océano montado en un lobo gris; como en El Pájaro de Fuego, agarró por las plumas a Isadora Duncan. También sus versos los escribió a la manera de los cuentos, ya haciendo solitarios con las palabras igual que si fueran naipes, ya escribiéndolas con sangre del corazón.

Lo más precioso en él era la imagen de la boscosa naturaleza de la tierra natal, de la Rusia central, de la zona de Riazán, transmitida con sorprendente frescura, como solo le había sido dado en la infancia. En comparación con Esenin, el don de Maikovski es más pesado y tosco, pero acaso más profundo y amplio. El lugar de la naturaleza eseniana está tomado del laberinto dela gran ciudad, donde el alma solitaria de nuestros tiempos se ha extraviado y confundido. Maiakovski pinta su drama, su pasión y su falta de humanidad.

Quien llega a la determinación del suicidio se pone sobre sí mismo una cruz, vuelve la espalda al pasado, se declara a sí mismo fracasado, anula los recuerdos. Los recuerdos no pueden alcanzarlo, socorrerlo. La continuidad de la existencia interior se  hace trizas y la personalidad se termina. Acaso uno se mate, no por fidelidad a la decisión tomada, sino porque es insoportable esta angustia que no se sabe a quién pertenece, este sufrimiento no tiene quién lo sufra, esta espera varia que no llena la vida que continúa. A mi entender Maiakovski se mató por orgullo, por haber condenado algo en sí o en torno suyo, algo con lo que no podía conciliar su amor propio. Esenin se ahorcó sin haber reflexionado bien las consecuencias, pensando en el fondo del alama: “¡Quién sabe! Tal vez éste no sea todavía el fin, nada se sabe, la abuela pronunció dos presagios al mismo tiempo”.

(en: Vida.)

 

Traducción: GABRIEL BARRA y JORGE TEILLIER

La confesión de un granuja. Santiago. Editorial Pfeiffer. 2012. 

 

(Fuente: La Mecánica Celeste) 

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