ENTIERRO EN CHARLEVILLE
Para José María Alvarez, in memoriam.
Cada uno con su vela en la mano derecha,
veinte huérfanos rezan una oración antigua.
Las lágrimas de plata, sobre las colgaduras,
dan a la escena un aire solemne. Las campanas
siguen tocando a muerto. Hay pompa y circunstancia.
Concelebran el rito funerario los cuatro
curas de la parroquia y un coro de ocho niños
hace vibrar sus voces. Brillan todas las luces
del altar con la fuerza de su esplendor siniestro.
Funeral de primera. Son las diez y hace frío.
La misa de difuntos es por un muerto oscuro
que blasfemó a menudo y sin remordimientos
traficaba con armas y esclavos en Adèn.
Aventura y desgracia, dolor y desamparo
se unieron en sus días y asolaron sus noches.
Quiso ser sacerdote y mago o alquimista
y acabó en traficante en tierra de abisinios.
Misterio y desventura fueron sus compañeros.
¿Fue un mártir o un canalla?
Pasó su vida entera ardiendo en el infierno.
Despilfarró el dinero, el tiempo y el talento,
hizo de los fracasos un lugar habitable.
Escribió algunos versos que lo habían convertido
en el mejor poeta del siglo diecinueve.
Diecinueve años frágiles tenía aquel rebelde
cuando dejó los versos y montó caravanas
de fusiles y esclavos que cruzaban desiertos.
Sufrió meses dolientes, con la pierna amputada
y un cáncer agresivo que corrompió su cuerpo.
Salvo los mercenarios -huérfanos y cantores-,
nadie asistió a su entierro.
Sólo la madre fría y la hermana devota.
Estaba allí tan solo como cuando vivía,
como cuando en Marsella agonizaba insomne,
tumbado entre el letargo morado y la morfina.
En los últimos días lloraba como un niño,
decía barbaridades, soñaba con Argel.
Nevaban treinta y siete años sobre su rostro
y quedaban muy lejos sus iluminaciones.
Fotografía: Rimbaud en Harar, 1883.

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