Y PEDIR CAFÉ
Cien veranos muriendo
en mi ojo izquierdo. Cuatro
o cinco inviernos clavados en las nubes
de mi cabeza.
Los mejores errores se
comparten en familia.
Salgo del hotel barato:
espero que no tenga que volver
a pisar la alfombra mugrienta de la entrada.
La calle es caos conocido. Ese ruido
de las máquinas
que se mueven llevando gente y objetos
útiles para algunos, inútiles para otros.
Camino mirando, a veces, el suelo,
a veces, las caras de los peatones que caminan
en dirección contraria a mí. También hay perros
y árboles con las hojas latiendo
como secretos ahogados en el humo
de los caños de escape.
Cada uno tiene su campo biográfico, pienso, y
no sé muy bien a dónde quiero llegar
con esta mercadería.
Sé una cosa: no quiero que
nadie llore adelante mío. ¿Quién
es responsable y quién no?
Me gustan los trenes y los barcos.
Los aviones, no. Bueno, en realidad, los
aviones me gustan cuando los veo muy alto,
muy lejos.
Es hora de elegir una mesa
y pedir café.
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