VENTANAS
VI
La ciudad es apenas un poema envejecido
con grandes anteojos dorados sobre dos derivas
silenciosas.
Los trasnochados pasean con el ruido de las calles
como un manto que los aplasta;
las aves se sustraen del aire absortas
sobre el mármol blanco
que se levanta frente a ellas como un cementerio.
En el fondo de la calle, un niño juega con una rama;
será pirata, director de orquesta, ciego.
Vuelven sin cesar los pájaros, las olas,
la pequeña flor nacida entre las piedras.
El verano es un verbo extraviado
que tiene un poco de agonía y de nostalgia.
Entonces recuerdo que estoy de pie frente a tu casa,
y que la habías abandonado hace tiempo.
Me visto de extranjera y empiezo a caminar
hacia las ruinas de Babilonia.
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MISMIDAD
I
Miro el lugar que sonríe
cuando llegan los pájaros
a tomar agua y a mirar el cielo
Miro el cielo que se abraza
triste
después de callarse
porque cuando el cielo calla
parece un niño dormido
Miro al niño
huérfano como un cielo
como una huella
¿Cómo no perdonarse
si cualquier lugar
es un niño doliendo?
II
No puedo estar conmigo,
ni siquiera
mirarme a los ojos,
me humillo
para no acercarme,
no me soporto,
me ignoro viva,
siempre
Rompí todos los espejos,
junté los pedazos,
también los míos,
los guardé en una caja
azul como el fondo de mis manos,
bajo siete llaves
o diecisiete
como la desgracia
Llega la claridad,
sigo despierta
Ni siquiera
el mundo de los sueños
me recibe,
me he fallado:
no renací lo suficiente
Todos los tiempos,
todos los verbos
han muerto.
***
En La hora suspendida
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