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Todas la voces que nos habitan
sobre Cuando veas a mi madre, sácala a bailar, Joan Baez (Seiz Barral, 2025)
Como páginas de un diario febril y luminoso, Cuando veas a mi madre, sácala a bailar reúne los poemas que Joan Baez acumuló en cuadernos y papeles a lo largo de las décadas. Testimonio de una época y de una personalidad indispensable de la contracultura de los años sesenta, su escritura recrea experiencias que la formaron con la gracia y libertad de quien asume su vida y sus circunstancias. Una joven y luego una mujer para la que durante mucho tiempo no hubo zonas grises, y que recién cumplidos los cincuenta, crisis y terapia mediante, se pudo zambullir en las profundidades de su historia y entender que “lo que vivía dentro de mí era un diamante”.
Ícono del folk para el cual música y activismo siempre fueron de la mano, Baez comenzó su carrera en 1960 y logró un éxito inmediato. En 1959, con 18 años, actuó en el Newport Folk Festival y su vida cambió. “Por la razón que fuera, tenía la voz adecuada en el momento adecuado. Y eso me catapultó a la estratosfera”. Invitó entonces a cantar a artistas por entonces desconocidos, entre ellos un joven Bob Dylan, con quién mantendría una breve relación sentimental y una productiva colaboración artística. Siendo parte del renacimiento del folk estadounidense, en noviembre de 1962 aparece en la portada de la revista Time.
Joan Báez fue de las mayores figuras de la canción de protesta, desde su activismo en contra de la guerra de Vietnam, los derechos civiles y de las minorías, hasta la defensa del medio ambiente. Su padre, Albert Baez, un reconocido físico de origen mexicano, le había inculcado a Joan y a sus dos hermanas la conciencia social. Su madre, irlandesa, era una comprometida pacifista. Su primer acto de desobediencia civil fue negarse a abandonar una clase en la escuela donde iba a organizarse un simulacro de ataque aéreo. En 1956 escuchó por primera vez a Martin Luther King y varios años después fueron amigos.
Como la propia Baez cuenta en un texto introductorio del libro, comenzó en 1990 una terapia donde se le diagnosticó un trastorno de identidad disociativo, una forma bastante habitual de lidiar con traumas del pasado: “algunos de los poemas de esta colección están fuertemente influenciados por, o de hecho escritos por, algunos de los autores internos. Juntos, nos dejamos llevar sin esfuerzo por una oleada de imágenes y palabras y descubrimos lo que ya sabíamos: que la poesía es como el amor, no se puede forzar.”
Viajes, mudanzas, amigos, padres, una infancia donde marcada por las burlas de sus compañeros de escuela, el primer beso, el mar, la relación con su hermana menor, la cantautora Mimi Fariña, y sus contemporáneos, algunos célebres como Judy Collins, Jimi Hendrix o Leonard Cohen, que aparece como destinatario de un texto donde Baez le recomienda los poemas que de un joven amigo de un modo que podría aplicarse a ella misma: “¡No sabes las ganas que tengo de que los leas, Leonard! Hacen honor a tu nombre, creando tanta belleza a partir de una oscuridad tan grande.”
Aunque en la nota que abre el volumen Baez le advierte al lector que su libro “está lleno de técnicas improvisadas, frases indisciplinadas, pensamientos al azar y mucha canalización de fuentes que residen en mí y de fuentes desconocidas”, lo cierto es que estos poemas – cuyos primeros borradores se escribieron entre 1991 y 1997- tienen una dicción precisa, una construcción sólida, cierto espíritu beat que sobrevuela todo.
Textos intensos, que integran alegría y dolor, que tienen casi siempre algo de encuentro y de liberación, de empatía hacia aquellas personas que mal o bien la acompañaron, y también hacia ella misma, hacia todas aquellas que fue. Una pulsión que la lleva a apostar casi siempre por algún tipo de renacimiento, aun reconociendo la nostalgia de lo que no volverá.

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En I Am a Noise, un documental de 2023, Baez repasa su carrera y revela hechos desconocidos: como pasaba de la euforia al desmoronamiento, su enganche con los ansiolíticos, sus fobias y ataques de pánico.Entre imágenes junto a Martin Luther King marchando en las protestas contra la guerra de Vietnam, habla de su proceso terapéutico y de cómo a través de la hipnosis pudo desbloquear el recuerdo del abuso por parte del padre.
Baez se retiró de las giras en julio de 2019, años antes había comenzado a mostrar su faceta de artista plástica a través una serie llamada Mischief Makers (Hacedores de travesuras), donde presentó retratos de figuras como Bob Dylan, Dalai Lama, Nelson Mandela, Kamala Harris, Greta Thunberg o Patti Smith. Su relación con la literatura siempre fue estrecha: en Baptism un álbum conceptual, leyó y cantó poemas de poetas como James Joyce, Federico García Lorca y Walt Whitman. También grabó un hermoso disco en español, Gracias a la vida, con versiones de autores como Victor Jara y Violeta Parra.
Hoy, a los 83 años, en su casa de Los Ángeles, Báez se levanta temprano, practica gimnasia, medita, y después desayuna los huevos frescos que le dan sus propias gallinas. Aunque sigue de cerca los asuntos mundiales, dice haber encontrado refugio en el silencio y parece haber saldado sus cuentas. Cuando veas a mi madre, sácala a bailar nos reconcilia con lo humano, con el paso del tiempo, con lo que fuimos y lo que pudimos ser. Quizás sea también una puerta de entrada para las generaciones que aún no la conocen, una forma de asomarse a la trayectoria de quien encarnó como nadie una época heroica e inquieta, con música y palabras que cantaban a un mundo posible, más justo, que parece cada vez más lejano.
Mario Nosotti (Revista Ñ, Julio 2025)
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POEMAS
(Traducción del inglés Elvira Valgañon)
PAN DE ORO
¡Claro! ¡Eso es!
Todos los hombres y los chicos con los que hice el amor
estaban bañados en pan de oro,
y se les despegó
cuando me di la vuelta en la cama
y saqué un pie porque me daban calor.
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JIMI
Tocaste justo antes que yo en la isla de Wight
y, de alguna manera,
hiciste
arder
el
escenario.
Yo iba después
y toqué
mientras aún se sentía tu influjo
flotando en la luz
de los focos.
Canté
«¡Enciende otra cerilla y empieza de cero!»
y «Atención, llegan los santos!».
Tú no eras un santo,
pero desde luego que llegaste.
Irrumpiste
como un
magnífico
desastre
natural
como un puto volcán.
En Woodstock,
destripaste el himno nacional
y lo hiciste tuyo.
No hubo explosiones ni cohetes
ni estelas rojas en el aire.
Solo tu guitarra
sonando con las primeras luces del alba
y cuatrocientas mil almas electrificadas
allí, en el barro
allí, en la ceniza del volcán.
Y solo tenías veintisiete cuando te fuiste.
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CANCIONES DE DIOS
Las canciones de Dios
que lanzan al aire
gargantas minúsculas
envueltas en abrigos de plumas
resuenan, persuasivas, al alba,
y siempre
me conmueven.
Ojalá sepa yo afrontar hoy
la vida y el amor
con tanta elocuencia
y tan fielmente
como ellas.
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OLAS
Todos mis bebés murieron
y se convirtieron en las olas diminutas
de un mar que ondulaba suavemente.
Y mientras
en alguna tierra lejana,
crueles vientos airados
azotaban mi torturado corazón,
mis bebés
flotaban
como patitos de goma
y dormían.
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ESCRIBIR
La poesía es como el amor,
no puede forzarse
o se acaba consumiendo.
La poesía es como el amor,
no puede forzarse
o se acaba convirtiendo
en cemento
dentro de un tubo de pasta de dientes.
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SILENCIO
En la era más ruidosa desde que existe el tiempo
aún quedan maneras de estar en calma:
rezar en voz baja antes de comer,
recorrer las calles de una ciudad y cruzar nuestras
miradas
con las de los taciturnos y los solitarios…
Tenemos que llevar con nosotros el silencio.
El único cruce de mi ciudad, que antes apenas tenía
tráfico,
ahora bulle de coches y de gente.
Pronto pondrán un semáforo.
El otro día, una de las cada vez más escasas familias
de ciervos
que viven en las colinas se aventuró a cruzarlo,
y todos nos quedamos mudos, cautivados por sus
cautelosos pasos.
Levaban con ellos el silencio.
Rodeada del bullicio del campo que hay frente a mi
casa, cogí,
un ramo de flores amarillas y lo puse en la
chimenea, en un florero azul.
Olía a la humedad silvestre de todas las estaciones.
De pronto, dentro del ramo, sonó el canto de un
grillo,
un canto tan escandalosamente alegre que me
detuve en seco.
Y lo escuché con el cuerpo entero.
Pero lo que resonó en mis oídos
fue el eco del sosiego que vendría después.
Me cerqué a la chimenea y esperé y esperé.
Contuve el aliento.
El grillo traía consigo su silencio.
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GIMNASIA DE MANTENIMIENTO
En clase de gimnasia de las seis de la mañana
unas señoras de piel muy arrugada
con redecillas para los rulos,
pequeñas chepas abultadas,
suaves telarañas en los codos
y culos inexistentes,
hacen power walking,
sentadillas y elevaciones de piernas
sorprendentes, al ritmo de
I Will Survive, canción cuidadosamente
elegida por
una monitora sonriente de veintitrés años, cuya piel
es firme y lustrosa y cuya cabeza está llena de
pájaros
que les grita ¡Vamos, chicas! ¡Vamos, chicas!
Ellas no se rinden,
cumplen con la labor y aguantan la hora entera.
Después, un ratito estupendo en el sauna.
Y, tras ducharse y secarse, se echan polvos de talco
en sus partes,
y se vuelven a embutir en su ropa de calle.
Se quitan los rulos y se peinan,
se maquillan labios, ojos y mejillas,
meten las toallas mojadas en sus bolsas de deporte
fosforitas,
y, con unos niveles de endorfina
que dejarían en ridículo a sus hijos de mediana
edad
salen, como una rosa, a saludar al sol invernal.
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