Autorretrato como orificios de salida
Que sea, en cambio el eco de cada paso que la lluvia ahogó, que mutile el aire como un nombre que se arroja a un barco que se hunde, que salpique la corteza de la ceiba y atraviese lo podrido y el hierro de una ciudad que trata de olvidar los huesos bajo las veredas, & recorra después el campamento de refugiados con el aire viciado de humo & himnos a medio cantar, una casucha ennegrecida de óxido & alumbrada con la última vela de Bà Ngoại, las caras de los chanchos que alzábamos & confundíamos con hermanos, que entre en una habitación iluminada por la nieve y amueblada únicamente con risas, pan lactal & mayonesa que se acercan a los labios rajados en calidad de testamento a un triunfo del que nadie se acuerda, que roce la mejilla sonrosada del recién nacido al que levantan en los brazos de su papá, envuelto en tripas de pescado & Marlboros, mientras todo el mundo festeja cómo otro vietnamita más se desmorona bajo la M16 de John Wayne y Vietnam arde en la pantalla, que les entre por un oído y les salga por el otro, limpio, como una promesa, antes de rasgar el póster de Michael Jackson que brilla encima del sillón, hacia el supermercado donde una mujer mezclada está dispuesta a creer que cualquier hombre blanco que tenga su nariz es su papá, que cante, un ratito, adentro de su boca, antes de acostarla entre frascos de tomate & cajas azules de pasta & de que la manzana rojo oscuro salga rodando de la palma de su mano, después al calabozo donde su marido se sienta a mirar la luna hasta que se convence de que es la última hostia que dios le negó, que le pegue en el mentón como un beso que olvidamos cómo darnos los unos a los otros, silbando en el aire de vuelta al 68, a la bahía de Ha-Long: fuego en lugar de cielo, el cielo que sólo los muertos pueden ver, que llegue hasta el abuelo que se está cogiendo a la campesina embarazada en la parte de atrás de su jeep del ejército, con el pelo rubio parpadeando en la ventolera del napalm, que lo sujete contra el polvo del que surgen sus futuras hijas, con los dedos ampollados de sal & Agente Naranja, que le arranquen los pantalones verdes de fajina & agarren en un puño el nombre que le cuelga del cuello, el nombre que aprietan contra la lengua para aprender de nuevo la palabra vivir, vivir, vivir – pero aunque sea, déjenme enhebrar este rayo de la muerte como una ciega vuelve a coserle un retazo de piel en las costillas a su hija. Sí: déjenme creer que nací para desamartillar este rifle, brillante & terso, como un verdadero Charlie, como pasos de fantasmas condensados por la lluvia mientras me arrodillo entre las miras –& rezo por que nada se mueva.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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