
Palomas al amanecer
Amigo mío, se hacen esfuerzos denodados por ocultarnos cosas. Algunos se desvelan hurgando en sus conciencias y otros se desvisten mutuamente en sus cuartos, a oscuras. El antiguo ascensor, entre chirridos, primero nos llevó hasta el sótano helado para mostrarnos un balde y un trapeador, hasta que decidió subir de nuevo con un suspiro de exasperación. Bajo el inmenso cielo de las primeras horas del alba, la ciudad yace en silencio ante nosotros. Todo detenido: los tejados y las torres de agua, las nubes, las volutas de humo blanco. Paciencia, nos dijimos, veamos si las palomas van a zurear ahora para la que vendrá hasta la ventana a darles bizcochuelo, casi invisible, salvo por el brazo.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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