Orfeo
Orfeo nunca puede darse vuelta para mirar a la mujer de verdad que lo sigue mientras desanda el
camino del infierno, la mujer que cualquiera podría ver con sus ojos comunes y corrientes. Orfeo
tiene que clavar la vista en la Eurídice imaginada que va delante suyo, a quien luchó por alcanzar
toda su vida. No es imaginaria, para nada, es mucho más verdadera que cualquier simple
apariencia, que cualquier acto momentáneo de la vista. Tiene que avanzar todo el tiempo en pos
de esa imagen perfecta de su esposa, y por eso no le queda otra que seguir, seguir cantando.
Si llega a darse vuelta, es decir, si vuelve a ver a su esposa como una mujer común y corriente,
la pierde. Y se pierde él.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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