jueves, 6 de julio de 2023

Juan José Rodinás (Ecuador, 1979)

 

 

Te vas a un rincón y te quedas allí: pequeño, insignificante.
Alguno se acerca y te clava 99 alfileres, ve que no funcionas, te patea y se va.
Alguno se acerca te tira basura en la cabeza, se da cuenta que no tienes un agujero circular en la tapa craneana y se aleja molesto.
Alguno se acerca te orina, te acaricia, te patea, se ríe, te acaricia, te patea y se va muy, muy misteriosamente.
Tu habitación entera se convierte en una entidad externa (en un perro pitbull, por ejemplo, te arranca la pierna). Y se va. Te quedas sin habitación y sin realidad, pero no importa: sales en el periódico del barrio.
Tu casa entera se convierta en tu bully más persistente. Te orina, te acaricia, te patea, se ríe, te acaricia. Te vuelve a orinar. Y se va. Y te quedas orinado y sin casa.
El universo entero se convierte en el padre que no te quiso. Te orina, se ríe, ora por ti, se ríe. Y te orina una vez más. Y vuelve a desaparecer. Y te quedas, como siempre, sin padre, pero muy orinado.
 
Te gustaría que el mundo seas tú junto a un trébol de jardín, contemplativo, raro, de cuatro hojas (como el que pusiste en un libro de Horacio Quiroga) pero no es frecuente.
 
El planeta es un cabeza con audífonos y la única canción que suena es “Chickenshit conformist” de Dead Kennedys: “eres una mierda conformista igual que tus padres”.
 
Mi padre, el de verdad que es el de mentira, entonces, pide que no lo incluya, que él nunca recibió su regalío para participar en este experimento social que soy yo y que, por favor, no lo incluya en mis estupideces.
Dice que va a demandarme y luego, pide, por favor, si puede volver a orinarme: yo, por supuesto, digo “muchas gracias, nunca he recibido tanto amor en lo que llevo de existencia”.


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario