sábado, 8 de mayo de 2021

María Gainza (Buenos Aires, 1971)

 

 

La abuela
 

Esto me lo contó Beatriz 
y no sé si es verdad
pero es en ese “quizás” 
donde las cosas se vuelven
interesantes.
Cuando su abuela 
empezó a envejecer 
se encerró en su departamento 
de la calle Lafinur custodiada 
por la boisserie y los candelabros 
de plata.
No volvió a salir. 
Si su nieta iba a visitarla
la esperaba en cama 
entre sábanas limpias de algodón.
Acercáte, chiquita, no seas tímida.
Beatriz, con sus manos apretando la falda 
de su vestido de organza y los ojos fijos 
en los arabescos de la alfombra, 
daba unos pasos hacia ella.
La anciana recorría con dedos anudados
el rostro fresco en busca de imperfecciones.
Maldita juventud, murmuraba 
entre dientes y apretaba los labios 
hasta hacerlos desaparecer
 
 


Una misa
 

Adentro se celebra una misa, 
“¿cuándo tocan la campana, mamá?”,
pregunta y balancea su vestido rosado.
Salta de una lápida a otra,
con la delgada pierna izquierda
recogida como flamenco,
pisando sin pudor los nombres 
grabados en la piedra
toc toc toc,
de las cosas tristes
siempre queda
un ruido de fondo
 
 
 


Un punto fijo
 

Imaginá que con la última luz del día
un colibrí picotea 
el vidrio de tu ventana.
Sus alas furiosas abanican
el aire tibio, su cuerpo azulado
se sostiene en un punto fijo.
Imaginá entonces 
que el silbido de la pava 
hace estallar en pedazos la visión
cuando ésta más urgente parecía,
y que vos mecánica 
apagás el fuego 
hasta que todo enmudece 
y algo dentro tuyo 
vuelve a comprimirse 
a su tamaño habitual
 
 


En Un imperio por otro,
Mansalva,
Buenos Aires, 2021
 
 
 
(Fuente: Campo de maniobras)


 

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