jueves, 20 de mayo de 2021

Ángela Gentile (Berisso, Pcia. de Buenos Aires, 1952)

 

 

Madrás
 
 
1
 
Hablaré de la forma en que nacían mirtos en los techos
y caían sobre nuestras cabezas como
 
las lluvias o el cosmos.
 
Sucedió en tiempos poco afortunados para el trueque de
palabras.
 
─Solo en Madrás ─me aseguró─ se pierde el perfil de
nuestras sombras.
 
Hoy ha caído el último verde cercano a los árboles, allí
donde el rocío y las cenizas son el
 
preludio de su nombre.
 
 
2
 
No he podido contarle todo, su oído era antiguo y alojaba
palabras en tamil, la lengua que une
 
los tiempos.
 
Los mares morían en su brevedad; en tanto mi voz nadaba
como pez hasta su resistencia
 
y se detenía en el aceite de las lámparas.
 
 
4
 
Mencionaba Madrás y me decía que las lluvias sobre ese
nombre caían en idioma drávico
 
desde latitudes ancestrales; también que era sagrado
aguardar el nacimiento de un jazmín.
 
Recuerdo su cuerpo como el aire del monzón, cayendo en
los suburbios de su antigua belleza.
 
 
5
 
No habían identificado mis huellas en su camino. Quizá no
fuese mi tiempo. La geografía ya había trazado los
trópicos y diseñado sus guijarros y sus costas. Excusas
para hablar de nuestra isla y de todas las que le sucederían.
 
Sus hábitos eran celebraciones, cantos infinitos, órficas
nocturnidades, exilios de una lengua desconocida.
 
 
8
 
Nunca he sabido por qué ya no existe esa ciudad al sur del
mundo, aquel lugar de la costa de Bengala donde los
dedos de los pescadores desgranaban plegarias; tierra de
rostros agrietados de café y canela, donde escribir era
descender por la columna de un ángel sin nombre.
 
 
9
 
La profundidad de sus ojos recorría el monte, tumba de
dioses vencidos y de senderos que
 
iluminaban sus pies de cometa.
 
Era octubre o simplemente el mes donde un poema
comenzaba a escribirse.
 
En lo no dicho encontré un tiempo habitable.
 
–¡Sigue! –le rogué.
 
Y su nombre dejó de pronunciarse.
 
 
13
 
Me aseguró que el tiempo antiguo está en el presente y
que quien siembre dos veces
 
cosechará indiferencia.
 
Luego cayó el azul sobre sus cabellos; y fuimos parte del
mar y de los astros.
 
 
14
 
Nuestro lugar habría sido amado por Eliot. También allí
nacían lilas de la tierra muerta.
 
Me pregunto cuánto tardaría hoy en caminar hacia el
Índico y encontrar la corriente que ya no
 
la recuerda.

 

 


 
En:  Madrás, Ángela Gentile, Éditions L'Harmattan, París, 2021.

 

(Fuente: Los poetas no van al cielo)


 

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