viernes, 7 de mayo de 2021

Alejandro Michel (Mar del Plata, Argentina, 1958)

 

 


LA HORMIGA PLATEADA DEL SÁHARA

 

 
and who ever got to any sort of understanding with ants?
H. G. Wells, The First Men in the Moon
 
...
¡Yo te adoro, hormiga plateada del Sáhara!
Me he aprendido de memoria tu nombre científico,
Cataglyphis bombycina, y lo invoco cada mañana al despertarme
y cada noche al acostarme. Tomo vodka puro para saludar tu pureza.
Yo adoraba a la Virgen María antes de conocerte,
tenía su estatuilla de plástico fosforescente sobre la mesita de luz
y esa fosforescencia era como un faro para los navíos de mi insomnio.
Pero no hay amores incondicionales ni, mucho menos, eternos:
perdida la gracia, la Virgen Parturienta solo daba a luz la desgracia.
Un crepúsculo, la tiré sin pena ni gloria a las aguas del Riachuelo
(me han dicho que esas aguas, como las de Chernóbil, hierven de bagres
y serpientes mutantes, y que la gente de las villas se alimenta con su carne).
Volví a casa en una bicicleta robada. Era roja, casi bolchevique.
Hacía un calor infernal y el cielo, o lo que fuera, chispeaba.
Estoy en el Sáhara, pensé. Tenía hambre y tenía sed.
Me sacié, me bendije a mí mismo y dormí como un bendito.
Soñé que me soñabas y que en el espejo de nuestros sueños
tu rostro era mi rostro. Me vi con las mejillas cubiertas de vello plateado,
los ojos enormes, saltones, bello, plateado, náufrago en el mercurio
vertiginoso de tu belleza física. Y entonces te amé con desesperación.
 
Los sueños son efímeros, la eternidad se dice siempre con palabras.
Te supliqué que me hablaras, quería escuchar en tu voz lo indecible del universo.
 
Nuestro amor es especial porque somos especies diferentes ―dijiste al fin―,
ya has amado a criaturas de tu propia especie y a criaturas amigas de tu especie:
mujeres, aeroplanos, hombres, lluvias, gatos, libros, anzuelos descarnados…
Me amarás solo a mí ahora, querrás emularme (correr a 640 kilómetros por hora
sobre la arena recalentada del desierto al mediodía, tener no más de 10 minutos
para dar con tu única comida de la jornada, algún bicho infortunado y ya reseco,
por ejemplo); a toda costa querrás ser a mi imagen y semejanza. No lo serás.
Serás con dolor quien nunca querrías ser. Aprenderás, amante, a odiarte en paz.
 
Así dijiste (si comprendí bien porque mi dominio de tu lengua es aún imperfecto)
y así predico tu palabra por las calles de Buenos Aires. Pronto llegará el nuevo otoño.
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LA ISLA DEL DOCTOR MOREAU
 

Dejamos el puerto de Buenos Aires a fines de abril,
hace ya meses, y ahora estamos a salvo en esta isla remota.
El doctor Moreau nos ha recibido con los brazos abiertos.
(Ustedes son como el hijo y la hija que nunca he procreado,
nos diría tiempo después, son la sombra luminosa de mi sangre).
Desembarcamos hacia el anochecer, la cena estaba lista.
La hiena-cerdo se ocupaba de traer y servir la comida,
guiso de tiburón azul al ajillo y ensalada de plátanos y menta.
M’ling, el mayordomo, una mezcla de buey, oso y perro,
escanciaba el vodka, Juana y yo bebimos en abundancia.
La sobremesa fue agradable, fumamos una hierba rojiza
y dulzona que nos provocó una ensoñación benigna.
Hablamos de viejos recuerdos y contamos historias.
Al cabo, el doctor puso una grabación de La Cumparsita
y pidió a M’ling y la hiena-cerdo que la bailaran para nosotros.
Fue conmovedor, disfrutamos mucho del espectáculo.
Nos acostamos poco antes del sol, deseosos de amarnos.
Somos felices en esta isla, hemos vuelto a reír por nada.
La piel de mi amiga huele a mango recién cortado.
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En "La guerra de los mundos" (Obra en progreso)
 
 
 
(Fuente: Meta poesía)

 

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