Canción segunda
El olivo maduro,
caído,
da las gracias al árbol
que lo hizo crecer.
Agradece el tronco,
las ramas, las raíces,
la corteza que tuvo.
Era sólo un olivo como hay tantos
y el árbol lo tomó en sus manos
siendo un brote indeciso.
Era un olivo que no sabía
que lo era
hasta que el árbol se lo dijo
con la madera y las hojas.
Se supo olivo
y no pudo imaginarse
nacido para otra cosa.
Se supo árbol desde entonces
hasta el último día
con cada nervadura,
y ahora, caído, tumbado por el rayo
no se arrepiente
de ningún fruto y de ningún pájaro.
(Fuente: Alicia García Bergua)
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