Autorretrato con la trenza de Sylvia Plath
Algunas mujeres van en peregrinación a verla a la biblioteca de Indiana que la tiene en custodia. No agarré el auto para ir hasta allá; la soñé, la gruesa trenza ovillada en mis manos, más pesada que el plomo. Yo también tuve el pelo largo muchos años. Después me obsesioné con cortármelo, y así lo hice, hasta dejar las orejas al descubierto. Si el pelo es la belleza, yo ya no soy hermosa. ¿Sylvia era hermosa, o no? Y, como las demás, ¿no hacía, acaso, de su belleza un arma? Y después se casó y guardó el arma, y cuando la traicionaron la volvió a sacar, era un arma de palabras, la espada del poema. En el sueño me calzo la trenza sobre mi propio pelo, en la nuca. Después salgo a la calle, al mundo de los hombres, y la hago serpentear detrás de mí como una cola.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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